Día Internacional de la Alfabetización (8 de septiembre)

La presente entrada del blog no está dedicada a una persona, sino a muchas. Al menos a tantas como me he encontrado en los diferentes espacios formativos por los que he pasado (Valencia Acoge, la EPA de Paterna, la EPA Vicent Ventura y el CEPA Pitiüses) y que se esforzaban día a día por alfabetizarse. Bajo su inspiración, y con la ayuda de los compañeros Josep Miquel Arroyo y Ramón Paraíso, hemos escrito el siguiente texto coincidiendo con el 8 de septiembre, Día Internacional de la Alfabetización. 

alfabe

Analfabetismo cero, un reto pendiente

Desde 1966, la UNESCO celebra el 8 de septiembre el Día Internacional de la Alfabetización. Y más de 50 años después, la alfabetización sigue siendo aún una cuestión importante. Sí, posiblemente a la clase política mundial no le interese el tema, pero las cifras no engañan. Según fuentes de la UNESCO*, en 2015 había en el mundo 745 millones de adultos analfabetos. Esta cifra es más alta incluso que en 1950, ya que se calcularon 700 millones. El dato es aún más inquietante si se tiene en cuenta que desde 1950 hasta ahora se han llevado a cabo campañas educativas, los gobiernos han desarrollado planes de alfabetización, y se han facilitado el acceso a materiales impresos y a las tecnologías de la información. Esto significa que en 75 años las cifras de alfabetización se han mantenido más o menos constantes.

En España, y según datos del Instituto Nacional de Estadística publicados en 2016**, hay 669.400 personas analfabetas funcionales de más de 16 años. Eso en porcentaje es un 1,7%, de los cuales –y esto es lo más grave– sólo 12.800 realizan alguna formación. Puede que casi 700.000 personas no signifiquen nada, pero es una cifra que debería llegar a cero. Nadie debe quedar excluido por no estar alfabetizado, ya que hablamos de personas vulnerables frente al mundo al no poder comprender, analizar y reflexionar críticamente el entorno que las rodea. Así que, por ellas y por los casi 750 millones de adultos, es imperativo acabar con el analfabetismo.

Además, la globalización, las migraciones y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación están generando mayores desigualdades, sociedades cada vez más multiculturales y unas oportunidades sin precedentes para acceder de manera rápida y ubicua a la información. Por ello, los requerimientos a los que debe hacer frente la ciudadanía son cada vez más diversos y desbordan los límites de la alfabetización tal y como se entendía hace sólo unas décadas. En definitiva, hoy nos encontramos ante un concepto de alfabetización más dinámico y plural. En consecuencia, no cabe entender la alfabetización únicamente como el proceso de aprendizaje de la lectura y la escritura sino que existen diferentes tipos de alfabetización.

Uno de ellos es la llamada alfabetización funcional. Tiene como objetivo, una vez conseguido un nivel mínimo de alfabetización, que los alumnos aprendan conocimientos para acceder a puestos de trabajo o facilitar el salto a otros estudios superiores. Esta tipología se torna más compleja cuando llega Paulo Freire y su idea de la alfabetización como primer paso a la libertad, al empoderamiento del alumno. En esencia, la concepción de la alfabetización de Freire aporta conciencia al hecho del aprendizaje y cuestiona su finalidad domesticadora. Sus ideas son aún vigentes, más cuando han continuado apareciendo otros tipos de alfabetización para adaptarse al signo de los tiempos. Aún así, si los motivos de la alfabetización son aprender a leer y escribir, perfeccionar conocimientos, obtener un trabajo o tener espíritu crítico, debemos dar respuesta a todos ellos.

Y es que no hay otra salida. La alfabetización es la llave que puede posibilitar el aprendizaje a lo largo de la vida. En este sentido, la alfabetización no supone un punto y final sino más bien un punto y seguido hacia la formación básica. De ello sabemos mucho en los centros de formación de personas adultas. Son, sin duda, espacios clave donde librar la batalla, instituciones que además de contar con profesionales formados, capacitados y con amplia experiencia en las tareas de alfabetización, también ofrecen un amplio programa de propuestas formativas que van mucho más allá de la lectoescritura y que pueden tener un impacto considerablemente positivo en el desarrollo tanto profesional como personal de las personas. Arte, historia, ciencias, cultura y gastronomía locales o cursos de introducción a las nuevas tecnologías son sólo algunas de las formaciones que pueden contribuir a enriquecer el bagaje cultural de los estudiantes, ofreciendo, además, espacios para la interacción social y en muchas ocasiones intercultural.

Por tanto, la tarea central de un centro de educación de personas adultas consiste en dotar a sus participantes de las herramientas necesarias para leer y escribir su propia historia (construyendo sus propios proyectos de vida), la sociedad (ejerciendo sus derechos y obligaciones como ciudadanos/as) y el mundo (descubriéndolo e interpretándolo). Aunque si bien es cierto que en algunas comunidades las formaciones en  alfabetización se están viendo relegadas a un segundo plano por parte de la administración, no lo es menos que muchos centros que sí que cuentan con cursos de alfabetización viven con desesperación el declive en el número de inscritos. Y todo ello, sabiendo a ciencia cierta que existe una clara necesidad social en su entorno inmediato. ¿Qué hacer?, ¿cómo llegar a este alumnado que no se acerca a los centros?

Un elemento a tener en cuenta es el perfil de los alumnos sin alfabetizar. En el estado español ha cambiado mucho en las últimas décadas. Junto a mujeres mayores –participantes habituales de los programas de alfabetización–, las recientes migraciones esconden, en algunos casos, un buen número de jóvenes sin alfabetizar. Los centros de educación de personas adultas –con la colaboración de las entidades sociales y otras administraciones– deberían estar atentas a estas nuevas realidades y ofrecer respuestas integrales (que incluyan itinerarios formativos completos), atractivas (contextualizadas y útiles) y flexibles (permitiendo la conciliación laboral y familiar).

Pero, ¿y los centros?, ¿qué podemos hacer desde los centros para afrontar este enorme reto? En primer lugar, y no es poca cosa, estar atentos a las necesidades del entorno. ¿Qué formaciones necesita nuestra comunidad? Encuestas de intereses y necesidades formativas, diálogo con las asociaciones locales y con los departamentos municipales que corresponda o con otros centros educativos de la zona pueden ser algunas de las vías para conocer cuáles son las necesidades de nuestro entorno inmediato. A partir de aquí, y en la medida de lo posible, se trata de ofrecer (consensuar, incluso) propuestas adaptadas a estas necesidades. En este sentido, algunos centros tendrán margen de actuación, otros no. En el primer caso, se trata de adaptar las formaciones a las necesidades de los colectivos implicados, tratando de que sean efectivas y, por supuesto, estableciendo un compromiso inexcusable de exigencia de resultados. En caso contrario, se trata de establecer un diálogo con la administración educativa competente para definir de manera coordinada los programas formativos necesarios para el desarrollo local.

Entendiendo la administración que el objetivo debe ser el “analfabetismo cero”, existen, sin lugar a dudas, líneas de trabajo que pueden llevarnos a erradicar este peso que cargamos como sociedad. Y para ello, parece evidente que son las administraciones educativas las que deben dar un paso adelante para situar el “analfabetismo cero” como uno de los objetivos clave del sistema educativo. Para ello, cabe dotar de recursos humanos, económicos y organizativos a los centros para que puedan desarrollar programas de alfabetización eficaces, flexibles y adaptados a las necesidades del entorno. Por otro lado, debe promoverse la formación del profesorado y la investigación en nuevas metodologías que aporten nuevos modelos formativos que contribuyan a reducir las tasas de analfabetismo. Otra línea de actuación importante por parte de las administraciones, en nuestra opinión, implicaría eliminar programas de alfabetización duplicados y evitar “lanzar” esta formación desde distintos departamentos y/o esferas administrativas. El trabajo transversal es necesario, sin duda, pero consideramos que el hecho de promover y duplicar múltiples ofertas desde distintas áreas contribuye a generar incomprensión y a desorientar al alumnado. Por último, la administración educativa debe velar por prestigiar, visibilizar, potenciar y comunicar esta oferta formativa. En este sentido, no estaría de más una campaña de comunicación autonómica y/o estatal junto con el desarrollo de políticas de sensibilización sobre la cuestión, además del diálogo permanente con los centros de formación de personas adultas.

En conclusión, la alfabetización sigue siendo a día de hoy una asignatura pendiente. Y el 8 de septiembre debemos reivindicar a administraciones, agentes, educadores y profesores que la cifra de analfabetismo sea cero. Pero, además, debe ser el día para reivindicar el valor de la palabra escrita, de la palabra oral, de la palabra digital. El 8 de septiembre es el día de reivindicar una actitud crítica ante el mundo que nos rodea y que se va (re)descubriendo con cada aprendizaje. Es el día de reivindicar que aprender es construir algo más que un futuro. Vamos entonces a superar el reto que tenemos pendiente con esos millones de personas. Hagamos todo lo que esté en nuestras manos para poner el contador a cero y que empiecen su camino hacia el empoderamiento real.

 

*Fuentes: UNESCO. Base de datos del UIS (UNESCO Institute for Statistics).

**Fuentes: INE Encuesta de Población Activa, Sexo, Nacional, Analfabetos, 2016 del INE (Instituto Nacional de Estadística).

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Raghav Mehta

Foto Mehta 3Para un docente hay pocas satisfacciones comparables al hecho de encontrar a un exalumno/a al cabo del tiempo y comprobar que las cosas le van bien, razonablemente bien, y que ha logrado alguno de sus sueños. Eso es lo que me pasó hace ya casi un año con Raghav Mehta. Fue entonces cuando me lo encontré de manera casual en el negocio que acababa de abrir en una céntrica zona de la ciudad. Con la sencillez que le caracteriza, fue poniéndome al día respecto a todo lo que había pasado por su vida desde que dejó la escuela Vicent Ventura hasta ese presente tan ilusionante que entonces vivía.

Una de las señas de identidad de la Escola de Persones Adultes Vicent Ventura es la atención a las personas migrantes. Durante años han poblado sus aulas cientos de personas que buscaban aprender alguna de las lenguas oficiales y también infinidad de jóvenes que no encontraban acomodo en el sistema educativo ordinario (por un dominio incipiente de las lenguas de aquí, Foto Mehta 1por razones de edad, por cuestiones relacionadas con su situación administrativa o por otros motivos de índole personal). Mehta fue uno de ellos. Podríamos decir que la Vicent Ventura fue para Mehta ese espacio cálido en el que gestionar de manera positiva algunas de las transiciones asociadas a todo proceso migratorio y en el que además poder formarse. De aquellos años Mehta dirá: “recuerdo a toda la buena gente que encontré y que me ayudó todo lo que pudo”. De los profesores recuerda que eran “muy profesionales y dedicados a su trabajo”. A mí me dedica estas cariñosas palabras: “me gustaba mucho que siempre estuvieras ayudando a todos y que ahora mantengas el contacto con tus estudiantes”. Por mi parte, recuerdo a un alumno muy trabajador y extremadamente amable y colaborador. Del valor que Mehta da al esfuerzo dan fe estas palabras: “los estudiantes que estaban concentrados en sus estudios y en su futuro ya están viviendo la vida mucho mejor”. En mente imagino que tendrá su propia historia y la de otros compañeros de la Escuela con la que aún mantiene el contacto.

Foto Mehta 4Hasta llegar a ese presente de joven emprendedor, Mehta tuvo que pasar por muchos otros trabajos. Su experiencia no debe distar mucho de la de millones de personas que, movidas por la necesidad o por las ganas de prosperar, emigran en busca de un futuro mejor. Así relata su paso por el mundo del trabajo:
Es muy difícil encontrar trabajo y cuando lo tienes son muchos los que explotan a los trabajadores: no pagan las horas extra, ni pagan toda la Seguridad Social… En esos casos, solo tienes una opción: hacer el trabajo que te dicen –lo que sea– si no te vas a casa. Cuando los jefes se enteran de que no puedes dejar el trabajo por problemas económicos o familiares, te cargan de trabajo hasta que “mueres”. En resumidas cuentas, sabes qué tienes que hacer si no quieres perder el trabajo.

Foto Mehta 2El relato no podría ser más aterrador. Ya lo sabíamos, pero contado de primera mano por alguien que lo ha vivido el testimonio cobra una fuerza inusitada. Con todo, Mehta no perdió la esperanza, ni creo que la pierda nunca. En esos momentos echa mano de la sabiduría paterna que le recuerda que “si han pasado los buenos momentos, estos malos también pasarán”. Al saber lo difícil que es que las cosas funcionen, todo su empeño lo concentra en una única dirección: “como soy nuevo en el negocio, estoy haciendo muchas horas para que funcione”. Con una determinación así, es más fácil que el viento sople a tu favor.

Más pesimista es sobre la marcha del mundo, que “va a seguir como sigue”. La insolidaridad seguirá rigiendo nuestras vidas, pues “la gente hace lo que quiere sin pensar en las consecuencias que ello tendrá para otras personas. Cada uno piensa solo en él”. Por todo ello, “me imagino que el futuro será peor Foto Mehta 9de lo que estamos viviendo. Cada vez hay más gente que roba, cada vez es más difícil encontrar un trabajo…”. ¿A qué asirse en un mundo así? Mehta lo tiene claro: “es la familia quien piensa lo que es mejor para ti. Son ellos los que nos podrán evitar futuros problemas”.

Gracias, Mehta, por tus palabras y gracias por tu generosidad. Te mereces que todo te vaya muy bien. ¡Mucha suerte!

 

 

 

 

Juanma C.: “Este curso no repito”

Juanma Carreño

La profesión docente, con cierta frecuencia, te regala la ocasión de trabajar con fantásticos compañeros/as. Eso es lo que me pasó a mí durante cinco cursos en la Escuela de Personas Adultas Vicent Ventura de Valencia. Para mí, años de formación intensa, debida en buena parte a Juanma. Ahora que se jubila, ha querido compartir con sus compañeros/as y alumnos/as estas palabras a modo de lección final (auqnue a él es posible que este apelativo no le parezca bien). Pero los que hemos tenido la ocasión de conocerlo sabemos de qué hablamos. Hablamos de sabiduría, integridad, humanidad y compromiso. Gracias por todo, Juanma, y para ti también “bon vent i barca nova!”

Primavera de 1967. Con diez años recién cumplidos entro por primera vez en un instituto, mejor dicho en “el Instituto” ya que en aquella época sólo había uno, masculino naturalmente. Bueno, en realidad había otro, pero era para chicas, igual que había “escuelas de niños” y “escuela de niñas”. Voy en compañía de un pequeño grupo al que, como yo, nos presentaban al “examen de ingreso”. Una mañana de pruebas que incluían un dictado, una serie de operaciones matemáticas con la temida división por varias cifras y unas preguntas sobre diversas materias que nos hicieron unas personas muy trajeadas, sentadas detrás de unas mesas en lo que más tarde supimos que era un tribunal examinador.

Los que superaban la prueba comenzaban, después del verano, lo que entonces se llamaba “Bachillerato Elemental”. Desde entonces han pasado 50 años y, con el paréntesis de la Universidad y el año de “servicio militar obligatorio”, toda mi vida ha transcurrido en institutos de “Enseñanza Media”, o como se dice ahora de “Secundaria”.

Primero, siete años como alumno de Bachillerato Elemental, Superior y COU. Con reválida al terminar cada una de las dos primeras etapas y unas pruebas de acceso a la Universidad que en 1974, antes de la Selectividad obligatoria, organizaron en Valencia las diferentes Facultades. Tras el paréntesis comentado, como profesor desde el año 1981 hasta hoy: 36 años, 8 meses y 1 día me han certificado en la solicitud de jubilación.

Y las cosas han cambiado. ¡Vaya si han cambiado!. Para empezar, como ya he comentado toda mi educación secundaria hasta llegar a COU fue en grupos exclusivamente masculinos. Había una segregación total de género en la enseñanza. Los rituales, metodología y, sobre todo, los contenidos eran completamente diferentes. Memorizábamos datos geográficos e históricos sin entenderlos, estudiamos Historia de la Literatura en base a pequeñas selecciones de textos pero sin incentivar el placer de la lectura. Hasta llegar a COU podía contestar preguntas retorcidas sobre la biografía de autores del Siglo de Oro, pero ignoraba a García Lorca, Miguel Hernández o Pablo Neruda. Y a Gabriel Celaya, Goytisolo, Nicolás Guillén o Rafael Alberti los conocí gracias a lo que después se llamaron “cantautores”. Conocía el nombre de las comarcas de Castilla La Vieja, o los afluentes del Duero por la izquierda pero viviendo en un barrio de València, desconocía totalmente nombres, características e historia de l’Horta, que era el entorno en el que vivía. Ni sabía que vivía en L’Horta. El valenciano no existía en la educación. Y la enseñanza de lenguas extranjeras, entonces era el Francés lo que dominaba, se limitaba a leer y traducir, sin escuchar prácticamente nunca una conversación o una frase en el idioma que estudiábamos año tras año. En vez de Educación Física teníamos Gimnasia que era una copia reducida de la que después padecimos en la “mili” obligatoria. Incluso en algunos casos se impartía por militares pluriempleados y, siempre, con el mismo estilo castrense. La Religión, católica por supuesto, era obligatoria en todos los cursos. ¡Hasta COU e incluso en los primeros cursos de la Universidad, aunque aquí se trataba de una matrícula meramente nominal!”. Y el profesor era siempre un cura, nada de seglares “conciliares”. Y teníamos una asignatura de “Formación del Espíritu Nacional” en la que se nos instruía sobre las bondades del régimen y las nefastas consecuencias del sistema democrático de partidos políticos. Y, por supuesto, se ensalzaba continuamente las gloriosas gestas de la Patria preferida por Dios y destinada a salvar los más excelsos valores de Occidente. La disciplina dentro y fuera del aula era férrea y se mantenía con mano dura, literalmente o con ayuda de algún instrumento como la regla o el cepillo de borrar. Hay quien mira hacia atrás con cierta nostalgia, pero lo que añora es su infancia, adolescencia y juventud, no el perverso sistema educativo en que nos educaron.

Aprendimos cantidad de datos enciclopédicos, útiles tan solo para participar en los concursos memorísticos de la televisión o en algunos juegos de mesa, pero muy poco sobre procedimientos, sobre autonomía, sobre trabajo en equipo, sobre búsqueda de información… Es tradicional hablar del descenso de nivel educativo, pero yo creo que la educación no es un depósito de conocimientos en el que hay que medir la cota más alta. Importa la calidad. ¡Y la cantidad!. Entonces a partir de los 12 o 14 años mucha gente abandonaba la escuela por diversos motivos, fundamentalmente económicos. Ahora por suerte se ha universalizado de forma gratuita hasta los 16 años y las dificultades del acceso al mundo laboral la alargan mucho más tiempo. Los contenidos, la metodología y la formación, preparación y dedicación de la mayor parte del profesorado es mucho mejor, así como los recursos y condiciones en que se trabaja. Lo que, desgraciadamente, se está perdiendo es la función de la educación como “ascensor social”, como herramienta compensatoria de desigualdades. El liberalismo político y económico, la globalización, la tiranía de los mercados están haciendo cada vez más difícil a las nuevas generaciones ese progreso con el que soñamos, pese a estar cada vez más preparados. Idiomas, nuevas tecnologías, viajes, cultura…, en tantos campos están mucho mejor preparados y, pese a ello, cada vez es más complicado conseguir sus metas.

Me ha gustado mi trabajo. Tengo y he tenido vocación docente. No sólo me gusta la transmisión de conocimientos. Me encanta el momento en que el alumnado entiende lo que estás explicando y capta el placer del descubrimiento, de que “se puede aprender”. Sobre todo, contagiar la pasión por la Ciencia y que la razón es la luz que nos hace explicarnos el Universo, valorar los logros del estudio sistemático y apreciar cómo el estudio, la investigación y el conocimiento han ido cambiando, modelando y construyendo la sociedad en que vivimos. Y conocer a las grandes figuras y los grandes hitos de la Historia de la Ciencia, explicar cómo hemos llegado hasta aquí y cuánto queda por explorar.

Comencé con 23 años dando clase en BUP y COU nocturno a personas que, la mayoría eran mayores que yo. Y desde el primer momento he intentado no sólo enseñar matemáticas (y en ocasiones, otras materias que me ha tocado impartir). He intentado tratarlos con la mayor cordialidad posible. Y con sinceridad. Ahora, en el último curso que he vuelto a ser tutor de 1º de ESO he vuelto a comprobar qué es lo que más valora el alumnado. El conocimiento de nuestra materia, la sabiduría (a sus ojos), la didáctica, … nos lo dan por supuesto ya que somos profesores. Lo que valoran es el trato amable, la comprensión, la justicia, la flexibilidad,… Cosas que no nos enseñan en la Universidad y que uno, poco a poco, va aprendiendo en su vida personal y familiar.

Y me he implicado, creo. A los pocos años de comenzar en esta profesión conocí y trabajé en los Movimientos de Renovación Pedagógica. Participé desde el primer momento en la Reforma de las Enseñanzas Medias, en los grupos que construyeron materiales de mi asignatura para adaptar los nuevos contenidos, en cursos de formación… He participado en equipos directivos conociendo desde dentro la organización de un instituto como Jefe de Estudios, como Secretario y como Director. Y también en la faceta laboral, desde el principio he tenido una vida activa, como militante de un sindicato de clase que ha luchado y lucha por mejorar las condiciones de trabajo de nuestra profesión.

¿Y qué es lo que falla?. Año tras año, los expertos en Meteorología nos informan de que se han batido todos los récords de temperatura. Sigue habiendo personas, y muy importantes por su poder, que dudan del cambio climático inducido por el aumento del efecto invernadero. Año tras año, los departamentos de personal de los organismos educativos baten récords de solicitud de jubilación anticipada por parte del profesorado de Secundaria. ¿Habrá alguna causa?

Cuando comencé el Bachillerato, la Educación estaba regulada por una ley franquista y confesional que imponía examen de ingreso y reválidas. Cuando acabo mi vida laboral todavía tenemos en vigor, con la oposición de gran parte de la sociedad, una ley educativa, la LOMCE, confesional, clasista y que impone reválidas. En medio, 7 leyes: LGE (1970); LOECE (1980); LODE (1985); LOGSE (1990); LOPEG (1995); LOCE (2002); LOE (2006) . Y actualmente en vigor LOMCE (2013).

Sólo aprender a distinguir las siglas da para varias asignaturas, y supongo que un montón de créditos, en las facultades de Ciencias de la Educación. Para la Sociedad, para el alumnado y para los profesionales de la Educación y las editoriales de libros de texto ha sido un verdadero y caótico laberinto. Itinerarios, cambios en los temarios, en las nomenclaturas, en la metodología, la forma de evaluar, cualitativa, cuantitativa, con decimales, con números enteros, en los criterios, (actitudes, contenidos, procedimientos…, competencias básicas, competencias clave). Ha sido tan laberíntico y esperpéntico que muchos profesionales no se han enterado y han seguido curso tras curso explicando lo mismo, casi con los mismos apuntes y la misma metodología.

A la Sociedad le costó adaptarse a la EGB y el BUP. Luego llegó la REM y la ESO. Los programas para atender mejor a los que se van perdiendo en el laberinto: Diversificación, Adaptaciones, ACI, ACIS, PQPI, FPB, EXIT, PAM, PIM, PMAR,… parece una broma.. ¡Pero no, no lo es¡ Y el maremágnum de documentación: Programaciones, Memorias, Informes… Todo eso cansa. Y mucho más cuando el desinterés impera en las aulas. Es difícil competir armado con una barra de tiza, o con un ordenador o una pizarra digital cuando enfrente, en la propia casa del alumnado tienes competidores en el lugar central de la sala de estar, e incluso en su propia habitación, tan poderosos como una televisión con multitud de canales que, incansablemente, van instruyendo en los verdaderos valores actuales, la telebasura, el triunfo de los mediocres, de los escandalosos, de los que dicen o hacen cualquier barbaridad para tener unos minutos de gloria en la pantalla. O las series diseñadas para atrapar el interés y crear modelos de comportamiento. Y para qué hablar de las consolas de videojuegos, ahora ya conectados por internet para poder jugar con amigos sin salir de la habitación, incluso sin levantarse de la cama. No, la tiza no es suficiente. ¡Y esa desigual batalla cansa, claro que cansa!

Pese a todo soy optimista. Es admirable ver cómo sigue habiendo, en todos los cursos, desde 1º de ESO hasta 2º de Bachillerato, chicas y chicos con ganas de aprender, con ilusión, que encuentran placer en el conocimiento, con curiosidad, con ganas, con buenos modales y hábitos de trabajo. Y terminan bien preparados, muy bien preparados para seguir su vida en la Universidad o la FP o el rumbo que mejor les parezca. Y llegan a ser adultos responsables y profesionales eficaces.

Uno de las satisfacciones que te quedan, después de 36 cursos, es cuando en cualquier sitio te encuentras con alguien que te reconoce y te saluda recordándote que le diste clase. En la mayor parte de los casos, especialmente si son de hace mucho tiempo, te acuerdas vagamente y te alegras de saber que consiguió su objetivo, o que cambió totalmente y ahora se dedica a otra cosa. En otros, los recuerdas perfectamente porque fueron aquellas personas que como alumnas o alumnos te dieron el motivo para seguir aguantando y te compensaban el esfuerzo de entrar al aula hora tras hora, día tras día. Otros también los recuerdas perfectamente porque fueron los que no paraban de molestar, incordiar y reventar las clases… bueno de estos ya no te acuerdas. Y cuando los saludas, después de muchos años ya no se parecen a aquellos adolescentes impertinentes. Ahora, tal vez, podrían asistir de forma positiva a las clases en las que tanto molestaron.

Bueno, no quería alargarme tanto. Sólo comentar que me parece que ya he cumplido. Me gusta dar clase, pero estoy cansado del entorno. Además creo que hay que dejar paso a profesionales más jóvenes. Y además, como he dicho antes, que llegan muy bien formados, dominando las nuevas tecnologías, conectando mejor con el alumnado, con dominio de idiomas y, sobre todo, con muchas ganas. ¡Que vaya todo muy bien! Bon vent i barca nova!

 

Enrique Mascarell Gómez

1Conozco a Enrique desde 2010 y en todo este tiempo el contacto no ha cesado; se ha hecho intermitente, llevado por el vaivén de nuestras vidas, pero se ha mantenido ininterrumpidamente hasta hoy. De ello me alegro, me alegro mucho, pues Enrique –y de paso también Eva– se ha convertido en amigo. Juntos nos hemos alegrado de los éxitos académicos y profesionales y juntos nos hemos dolido de las pérdidas familiares. Pero, ¿dónde comenzó el vínculo? En la Escuela de Personas Adultas Vicent Ventura de Valencia, tal y como el propio Enrique comentará más tarde. Obviamente, no todo encuentro en el ámbito escolar acaba en una amistad. Saber por qué ocurre no es fácil de explicar; sin embargo, en el caso de Enrique lo tengo claro: la confianza que nos ofrecimos desde el primer minuto y la cercanía fueron determinantes.

Uno de los objetivos de este blog es transitar los puentes que nos llevan de la vida a la escuela o de la escuela a la vida –permítaseme esta distinción impropia– para el cual el testimonio de Enrique resulta muy valioso:

2He tenido dos épocas de mi vida muy diferentes en lo que se refiere a mi formación: una primera, durante mi niñez (desde los 5 hasta los 15 años); y otra, siendo ya adulto (a la edad de 47 años recién cumplidos). Para mí, el pasar por diferentes escuelas o institutos me ha supuesto una gran experiencia y una gran satisfacción puesto que, ya de adulto, he podido conseguir las metas que me había propuesto.

De niño sacaba buenas notas, pero solo a partir de los 9 años y solo en algunas materias que me gustaban (matemáticas, trabajos manuales, música, sociedad, francés y, por supuesto, gimnasia). En el caso de gimnasia, si no lo hacías bien, el profesor no te metía en ningún equipo del recreo (baloncesto, fútbol o balonmano). La verdad es que era una clase un poco discriminatoria porque había niños y jóvenes que se quedaban fuera (yo mismo también me quedé fuera alguna vez).

Fui a bastantes colegios. Párvulos y primer curso los hice en un colegio llamado “Balaguer”. Estaba situado en la calle Enrique Navarro y eran todo profesoras. La verdad es que no me fue bien pues repetí el primer curso. Segundo y tercero los hice en el Colegio Cardenal Reig, situado encima de la aún existente Cooperativa de Benimaclet. En estos años nos obligaban a cantar el “cara al sol”. Teníamos un profesor que nos pegaba con la vara en la mano como castigo o si hacíamos alguna cosa que no le pareciera bien. También, si hablaba alguien mientras explicaba, le lanzaba el borrador de la pizarra a la cabeza, y acertaba muchísimas veces. En esos años pude descubrir la opresión a la que éramos sometidos algunos niños por parte de ciertos profesores. Uno de estos años me sentaron en las últimas filas y fue entonces cuando mis padres se dieron cuenta de que necesitaba gafas pues no veía la pizarra. A partir de aquí pasé a ser un “cuatro ojos” (por lo que decimos hoy en día del acoso escolar).

Mi época con más gratos recuerdos –quizá porque ya era más mayor o comenzaba ese cambio que va de la infancia a la adolescencia– fue en cuarto y quinto curso en el colegio llamado “Patronato” (pues se encontraba justo encima del Patronato de Benimaclet, frente al Casino Musical). En cuarto curso me encontré con una materia nueva: el francés. De esos años guardo un grato recuerdo del profesor, don Luis. Nos daba todas las materias, pero además hizo que me gustaran las matemáticas, las enseñaba como si fueran un juego y nos ponía en grupos de cinco para los ejercicios mezclando alumnos con más y menos recursos, de forma que las respuestas de cada grupo las tenían que decir estos últimos y razonarlas (de esta manera, te integrabas en la formación de tus compañeros y viceversa). Generalizando: nos fue muy bien a toda la clase. Decir que el tal don Luis era el que llevaba la única casa de quinielas y lotería que había en el pueblo.

Ya en sexto y séptimo estudié en el Colegio Municipal de Benimaclet. Por primera vez estaba en un colegio mixto. Aunque queríamos llamar la atención de las chicas, siembre se las llevaban los más guapos y los demás seguíamos estudiando, que era lo que tocaba. Finalizado el séptimo curso, cumplí los 14 años y se me ofreció la oportunidad de hacer Formación Profesional en el Instituto del Cabanyal o acabar octavo. Como anécdota decir que a tres alumnos de mi clase (Isidro, José Luis y a mí) al finalizar el séptimo curso, nos dieron por equivocación el título de Graduado Escolar sin haber efectuado el octavo curso. Por supuesto lo devolvimos diciendo que se habían equivocado. La verdad es que la Formación Profesional nos la vendieron muy bien y opté por ella. Me matriculé en Electrónica y acabé el primer curso de primer grado con tres suspendidas (entonces no pasabas con suspensos). Por ello mis padres me dijeron que si encontraba trabajo, pues a trabajar. Y eso pasó, pero esa es otra historia.

Volviendo a los estudios y a mi segunda época de estudiante, recuerdo que sobre el mes de abril del año 2010 me presenté en la Escuela de Adultos Vicent Ventura para informarme sobre qué debía hacer para cursar el acceso a Ciclos Formativos de Grado Medio. Me atendió Maxi y me propuso que por qué en vez de preparar el acceso a grado medio no estudiaba la ESO (de esa manera al final del curso aparte de conseguir el acceso directo a grado medio obtendría el Graduado en Secundaria). A mí no me pareció mal, pues la única titulación que poseía era el Certificado Escolar pero, como yo tenía trabajo en ese momento y las clases eran presenciales, lo dejé ahí. Pero ¡las vueltas que da la vida!, por suerte o por desgracia, el 10 de junio de 2010 me quedé en el paro. Ese momento es uno de los que más me marcó, pues en los tiempos que corren y a punto de cumplir 47 años, me replanteé mi futuro y decidí matricularme en la escuela de adultos y optar por la propuesta que me hizo Maxi, comenzando a estudiar la ESO para la obtención de mi primer título. El paso por la Vicent Ventura me enseñó algunos valores en la vida, que se saben pero que no se usan (un ejemplo: el saber estar con personas de diferentes culturas y tener ese pilar básico que es el respeto, a la persona y a su cultura. Y que ese respeto sea mutuo). Decir que la obtención de la ESO me cambió por completo la vida pues me abrió otras puertas, que de otra forma no se me hubieran presentado. Esa fue una de mis metas marcadas.

3Cuando terminé mi paso por la Vicent Ventura, vi la opción de matricularme en el Instituto Enrique Tierno Galván de Moncada en un grado medio de Electricidad, pero viendo pros y contras y al vivir yo en Valencia decidí probar suerte en el IES Rascanya. Tenía las ideas claras y lo que quería era ser electricista. Este era un instituto un poco especial pues tenía alumnos de todas las edades (decir que yo era el alumno de más edad de ese momento de todo el instituto). En este instituto estuve cursando estudios durante cuatro años: los dos primeros años, cursando el grado medio. Fuimos tres alumnos a los que nos dieron una mención honorifica a propuesta de los profesores porque decían que “éramos los que habíamos tirado del carro” durante todo ese tiempo (comentar que empezamos 42 alumnos y terminamos 12). Cuando finalicé el grado medio conseguí otra de las metas que me había propuesto: ya era técnico electricista con titulación.

Mientras cursaba el segundo curso de grado medio, me volví a matricular en la Vicent Ventura para prepararme las pruebas de acceso a grado superior. Tuve que abandonar cuando mi padre cayó enfermo. Cuando empecé las prácticas en empresa, retomé la preparación de las pruebas. Aprobé dichas pruebas y seguí cursando estudios, pues no encontraba trabajo. ¡¡¡Ahora a por el grado superior!!! Con constancia y trabajo lo conseguí superar satisfactoriamente. El compañerismo en el grado superior era diferente pues las edades eran más igualadas entre nosotros. Esta fue otra etapa de dos años más, y aquí conseguí otra de mis metas.

Para concluir decir que esta época de estudios me ha marcado bastante. He recordado a mis padres para homenajearlos. También quería recordar aquí a mi mujer, Eva, a la que estaré eternamente agradecido por haberse implicado y haber estado conmigo en esta segunda época desde el principio.

Relatos así nos recuerdan cómo la educación y la formación muchas veces salen al rescate de las personas en momentos en los que la vida nos sitúa en una posición comprometida. ¿Cuántas historias como las de Enrique no habrán sucedido en los años más duros de la gran recesión de principios del siglo XXI? Eso no le quita mérito alguno: desde su biografía, Enrique construyó –y sigue construyendo– una historia de superación y esfuerzo que la hacen única. Junto a este periplo escolar, de manera discontinua, también ha transcurrido el laboral. Enrique nos lo cuenta así:

En el año 1978 dejé los estudios para incorporarme a la vida laboral después de que mi padre dejara de hacer horas. A mí ese año no me fue nada bien mi andanza por la FP. Un vecino de nuestra escalera me dijo que si quería trabajar con él. Le contesté que sí y el día 28-08-1978 comencé de aprendiz en la Cafetería San Patricio situada en la Plaza del Ayuntamiento de Valencia. Este fue mi primer trabajo, que me ayudó a formarme como adulto. En esta cafetería estuve trabajando hasta julio del 82 (el año del Mundial de España). Desde julio de ese año hasta julio del año 1983, estuve por primera vez en situación de desempleo, interrumpida por el servicio militar durante 13 meses en Madrid. Cuando acabé la mili, retomé nuevamente el paro.

4Los años siguientes estuve ayudando a un tío mío que tenía máquinas de videojuegos y pimballs. También me inscribí en un curso del INEM de Electrónica de 700 horas en el que te daban una acreditación cuando lo acababas. En el año 1988 entré en una empresa dedicada al transporte especial. Trasladábamos máquinas, silos, cigüeñales de barcos –en general cosas de grandes dimensiones–. Yo era el “coche piloto” e iba delante o detrás dependiendo del tipo de carretera, avisando a los demás conductores del transporte. Antes llevábamos dos banderas de color rojo, tanto en el coche como en el camión. También he estado en una empresa donde fabricábamos lentes de contacto, tanto minerales como orgánicas. De ahí mi siguiente salto fue a una empresa de limpieza. Cambié de empresa y al ser fijo de centro me subrogaron el contrato. En estas empresas estuve desde el año 1993 hasta el año 2000. En el año 2000, se me dio la oportunidad de cambiar de trabajo por medio de un amigo que estaba de encargado en una empresa dedicada a dar baños de níquel, cobre etc… Aquí trabajé de pulidor de metales, casi todo piezas de lámparas y focos tanto tipo downlight como halógenos. Estuve seis años y me fui a otro trabajo, cuando la empresa empezó a ir mal y antes del cierre total de esta, a principios del 2007. Esta nueva empresa era de servicios y nos dedicábamos a la limpieza y mantenimiento de las fuentes ornamentales de Valencia (éramos una subcontrata del IMES).

En esta época es cuando comencé a hacer cursillos de Electricidad por las tardes por medio de FOREM-PV y CCOO. Entre este trabajo y el que estoy desarrollando ahora, he tenido una carencia de empleo de cinco años, que he aprovechado para mi formación. Hoy día trabajo en la empresa donde hice las prácticas del grado superior de Electricidad. Aunque tengo este trabajo, sigo buscando dentro de mi campo: la domótica o automatización, que es realmente lo que me gusta. Esta es otra de mis metas. Sin olvidar que intento sacarme el grado superior en Robótica Industrial, pero ya más despacio.

Para concluir, debo decir que he tenido suerte en la vida laboral en estos casi treinta años. Aunque he tenido trabajos variados, han sido al menos de larga duración, lo cual creo que hoy en día es bastante complicado conseguir. Generalizando: estoy contento con lo que he trabajado y en las diferentes empresas no me ha ido del todo mal.

Es recurrente en este blog, preguntar a sus protagonistas qué es eso que llena sus vidas. Enrique lo tiene claro: “lo principal para mí es la familia, es realmente de lo que me siento orgulloso. Solo tengo a mi mujer, y como madre me queda mi suegra, con la que me llevo y me he llevado bien siempre, y ya van ocho años. Tampoco podía olvidar una pequeña herencia de cuando faltó mi madre: ‘el bicho’. Es nuestro gato, que nos da muy buenos momentos también”. Enrique valora sobremanera el trabajo, como quien ha tenido que vivir sin él durante un tiempo: “también me llena disponer de un empleo, pues me da una pequeña seguridad. Lo digo por haber pasado por una experiencia de cinco años sin empleo”. En cuanto a sus aficiones, dice lo siguiente:

5Como hobby antes tenía uno que realmente me gustaba, aunque fuera peligroso: la pirotecnia. Estuve al menos seis años montando ‘mascletàs’ y algunos castillos de fuegos artificiales. Tengo un amigo, Rigo, que ha trabajado en Pirotecnia Turís y he sido ayudante suyo. Es más, en Fallas de los años 2009 y 2010 estuve dado de alta y trabajando montando fuegos artificiales de forma profesional para Turís. Realmente esto me gustaba y me sigue gustando. Ahora, otra actividad que me fascina son los microcontroladores. Me he hecho con varias placas y le dedico bastantes horas a aprender a programarlas. Con ellas se puede desarrollar la robótica, aunque yo las estoy empleando para hacer automatismos. La verdad es que este campo de la electricidad me apasiona. Las estoy probando en plan profesional para utilizarlas para accionar puertas de garaje y algo de domótica, aunque tiene infinidad de aplicaciones que voy descubriendo. Como hobby, estoy preparando toda la iluminación y movimiento de un belén que montamos en casa todos los años.

Y nuevamente Eva: “todo ello en conjunto es mi día a día y aquello por lo que seguimos luchando. Algunas de las actividades las hago conjuntamente con mi mujer, pidiéndole ayuda, a la vez que la involucro un poquito. Esto es importante, pues si está ella, estoy más contento. La verdad, ¡me siento mejor!”

El diagnóstico que Enrique hace del mundo no podría ser más sombrío:

Pienso que el mundo en estos momentos está montado para la gente que tiene recursos, que encima roba y antepone sus “ambiciones” (aunque creo que esta palabra no es la más precisa, puesto que ambiciones tenemos todos y no robamos). ¿Podríamos hablar de “avaricia”? Pues, visto lo visto, tampoco: los avariciosos quieren conseguir algo de otro y no gastar nada. Hablemos claro: son ladrones, aunque algunos lo llamen “apropiación indebida”. Esta estructura está formada por bancos, empresas multinacionales (que tienen los recursos de la población mundial) y clases políticas (que son los que crean las leyes que las multinacionales les dictan para que esto funcione así). Entre todos se hacen sus normas y, como no hay ninguno limpio, unos no pueden actuar contra los que las quebrantan, pues ellos la han quebrantado anteriormente, tapándose así mutuamente. Además, si alguien quiere cambiar las cosas, sencillamente lo anulan. Esta es la globalización que nos venden: precios abusivos de determinadas primeras necesidades y las personas obligadas a pagar por encima de todas las cosas.

6Respecto al futuro, “no lo imagino, pues como cada día ocurren cambios nuevos que son impredecibles, intento vivir el día a día. Sí tengo planes e intento llevarlos a cabo, como todo el mundo, pero a veces es bastante complicado. Por mi trabajo, vivo situaciones de gente desesperada y me avergüenzo de ello, pero no puedo hacer más, y me siento decepcionado”.

Coincido en muchas cosas con el diagnóstico que hace Enrique, pero no en la misma medida respecto a su percepción sobre el porvenir. Él es la prueba de que, a veces, el futuro nos reserva algo mejor –o el sueño de algo mejor–. En cualquier caso –y esto es lo relevante–, aquí estaremos, desde el apoyo más incondicional y el aprecio más sincero. Gracias, Enrique, por tanto ¡Un fuerte abrazo!

Para saber más:

Blog: Mi Belén 2016 y Arduino Mega.

Patricia

Hace ya más de dos años que nació este blog y el balance no podía ser más positivo: personas reencontradas, lecciones y relatos de vida, reflexiones sobre los oficios de enseñar y aprender… En este tiempo me han dicho cosas extraordinarias –muchas de ellas inmereciIMG_1369das– pero nada como estas palabras de Patricia: “apareces y desapareces de mi vida, pero sé que si te buscase siempre estarías ahí”. Pues sí, he tenido la suerte de estar ahí, más cerca o más lejos, pero siempre ahí: en los años de formación (en el Colegio El Armelar), en los tiempos revueltos del mercado laboral (en FOREM-PV) y en la plenitud que da la estabilidad profesional y el poder vivir de la pasión de un@ (en este caso, la enseñanza del griego y del latín). Cuando Patricia afirma: “te tengo muchas veces presente cuando doy clase o en mis relaciones con mis alumnos. Me abriste el mundo de la poesía, me aconsejaste sobre lecturas y me guiaste en mi formación no reglada, y eso nunca lo olvidaré”, creo honestamente no contar en mi haber con tanto mérito; es más, si ello fuera prueba de algo, lo sería de mi impostura. Las reflexiones de Patricia respecto a la docencia me interpelan y me emocionan a partes iguales: “con el tiempo he aprendido que hay gente que tiene una capacidad para algo… La experiencia te da armas, pero si no lo llevas dentro…”. Está hablando, ni más ni menos, de un cierto don inherente a la profesión docente. Por eso, desde su sinceridad, me conmueve que diga esto: “cuando veo a mis exalumnos y me recuerdan tú me enseñaste… y me cuentan cosas que forman parte de sus vidas y en las que estoy, y sé que de alguna manera les he ayudado a ser quienes son, siento que la educación es lo mío”.

IMG_1384La trayectoria académica de Patricia se desdobla en dos mitades: “tanto el Colegio El Armelar, en el que estuve desde infantil hasta COU, como la universidad me han marcado”. Yo fui testigo de un fragmento de su primera mitad, de la que dirá: “con el tiempo he sido consciente de que el colegio me enseñó a ser tolerante, a aprender a respetar las diferentes creencias, incluso desde un punto de vista ateo. No creer en algo no significa tener que despreciarlo, sino intentar entender que para el otro sí es importante y puede que le molestes. Esto también incluye respetar diversas opciones sexuales, por ejemplo, u otros aspectos, como el aborto, porque la mía no siempre tiene por qué ser la mejor para todo el mundo, aunque siempre defiendo la posibilidad más abierta, que permita ejercer una libertad real”. Me consta que la tolerancia en Patricia no es pasiva –esa que condescendientemente permite que el otro se muestre diferente– sino todo lo contrario, la suya es esa tolerancia que sale al encuentro de la diversidad humana, para comprenderla, sentirla y abrazarla. En su segunda mitad, sus años de universidad, intuyo el gozo que supuso convertir en objeto de estudio lo que por entonces ya era su verdadera vocación: las lenguas clásicas. Hablamos de años marcados por el amor por el estudio, pero también por la decepción respecto a la institución que lo encarnaba. Junto a todo ello, de su paso por la universidad dirá: “me marcó políticamente, me di cuenta de que no puedes estar al margen de las decisiones políticas porque acaban repercutiendo en tu vida”. Si antes hablábamos de tolerancia activa, ahora lo hacemos de conciencia política. Sin ninguna duda, ambos requisitos constituyen el andamiaje moral de nuestra protagonista.

IMG_1487En estos momentos, Patricia se ha hecho un espacio en el mundo del trabajo. No le ha resultado fácil y de ahí su lamento, ese que desdice el discurso de las generaciones anteriores: hoy estar más formad@ no es garantía de nada, y mucho menos si además eres mujer. Ella lo expresa así: “en cuanto a vida laboral, me he llevado muchas decepciones y me he dado cuenta de que no siempre estar capacitado, tener un buen CV, quizá ser la mejor opción para una empresa, te garantiza un trabajo, ni mucho menos ser reconocido laboralmente. También como mujer, te das cuenta de que tus opiniones no siempre son valoradas y aceptadas como las de tus compañeros”. Con todo, Patricia ha logrado vivir de su auténtica pasión, y eso es algo que pocos pueden decir. Su trabajo, además, es para ella esa fuente de satisfacción, que mana y no cesa. De nuevo, ¿quién puede decir algo así?

IMG_2459Entre las experiencias vitales que más le han marcado cita la muerte de algunas personas cercanas. Desde ese dolor levanta su voz y nos dice alto y claro: “solo hay una vida y lo que no experimentes en esta no podrás hacerlo nunca. Esto no significa vivir de manera descontrolada, sino intentar disfrutar de la vida y sus posibilidades”. Y en ello se afana: “en estos momentos mi tiempo lo llena mi hija y el colegio, pero a nivel emocional, la poesía. Siempre ha estado ahí (gracias a ti). Escribir me permite crear un horizonte más allá de la realidad en el que, en el fondo, solo puedo estar yo”. Descubrí a la Patricia escritora en aquellos años en El Armelar, pero la auténtica revelación se produjo muchos años después cuando al saber de su quehacer poético la invité a hacer una lectura en mi escuela de entonces, la Vicent Ventura. Después de eso, y como por arte de magia, llegó al buzón de mi casa de Eivissa un ejemplar de un delicioso poemario “Luz (des)hilvanada”. En la dedicatoria, unas palabras que no olvido: “escuchó mi voz y esperé”.

IMG_2610Es un lugar común preguntar a los protagonistas de este blog cómo ven el futuro. A este respecto, Patricia bascula entre el “no me hago una idea de cómo será“ y el “soy bastante negativa”. Sin embargo, lo que sí que tiene claro es hacia dónde deberíamos caminar: “sé cómo me gustaría que fuera e intento esforzarme para ello, pero no todo depende de mi grano de arena. Me gustaría que existiera una igualdad real entre hombres y mujeres (sueldos, oportunidades, casa…). Me preocupa el medio ambiente y el abuso de los recursos naturales que hacemos…”. A la tolerancia activa y la conciencia política, habría que añadir, pues, su apuesta por la igualdad y la sostenibilidad.

Y del rincón de la nostalgia, Patricia  rescata muchas de las anécdotas que forjaron aquellos primeros años escolares. Siendo sincero, tendría que decir que algunas de ellas las había olvidado por completo. Ahora vuelven nítidas, con la calidez que les otorga el tiempo transcurrido y el asombro al reconocerse en aquellos que entonces éramos. Y entonces éramos alumna y profesor, sobre lo cual Patricia recuerda lo siguiente: “de ti aprendí que enseñar una materia no tiene por qué hacerse siempre de la misma manera y abrir un camino es descubrir otras posibilidades. Recuerdo que en 1º de BUP nos hiciste leer un montón de libros que no nos gustaban y algunas alumnas te escribimos una carta pidiéndote que nos cambiaras algún título y nos dejases leer lo que quisiéramos (yo me leí Rebeca de Daphne Du Maurier)”. Hoy, con la perspectiva de los años, puedo decir IMG_3356que tengo un criterio mucho más claro sobre las llamadas “lecturas obligatorias” y sobre el canon literario que privilegia unos textos y oculta otros. También ha cambiado un tanto mi concepción sobre los exámenes, aunque lo esencial ya estaba contenido en esta otra anécdota: “también recuerdo un examen de literatura en 3º. La clase pidió que lo cambiaras de día y yo me enfadé porque no me habían preguntado. Dejaste la clase para estudiar y yo me puse a leer la Antología de poetas del 50 porque ya me lo sabía. Viniste a charlar conmigo y estuvimos hablando del libro, de qué me parecían algunos poetas o poemas… Y sin haber acabado el libro me dijiste que ya estaba examinada porque sabías que me lo estaba leyendo y lo acabaría”. Por lo que parece, también hablábamos de cine, música y literatura fuera del programa: “tengo cientos de recuerdos: ir en el autobús 62 al cole hablando de cine (Azul de Krzysztof Kieslowski, Hitchcock…) o de Madredeus (no puedo escuchar algunas canciones sin pensar en ti)”. Entre todas estas referencias, si hubo alguna que animó a la joven Patricia a escribir poesía, me alegro mucho de ello, de ahí quizás ese “gracias por descubrirme a José Hierro, a Blas de Otero y la Generación del 50”.

IMG_3548En la conversación que he mantenido con Patricia para elaborar este texto está muy presente su agradecimiento: “quería darte las gracias por ser diferente y enseñarme a ser mejor persona, a querer aprender… Confiaste en mí y eso hizo que yo también confiase más en mí y siempre lo has seguido haciendo (por ejemplo, con FOREM-PV). Y gracias, gracias, gracias… Has sido para mí uno de esos profesores que dejan huella, que luego se ha convertido en un amigo”. Ante palabras tan superlativas, mi agradecimiento podría parecer un tanto raquítico. Por eso, solo confío en que ella sepa lo importante que ha sido para mí tener la suerte de seguirle los pasos (casi siempre en la distancia) y ser testigo de la fantástica persona que es. ¡Gracias!

 

Poemas de “Luz (des)hilvanada”

Sin título

El silencio es el espejo de tu ausencia

            Entre las dos orillas del abismo

no hay vacío, sino silencio.

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Llegas

y no vuelves.

Disipas con tu gesto la niebla.

Se te ofrece la vida.

Y tú sólo aguardas a la noche.

DSC_0021

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Muertos somos que insomnes

caminamos tras un destino.

 

Nadie por dos veces

contempla la otra ribera.

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El mismo silencio

siempre,

semejante a la noche

de cuerpos de agua.

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Doblegará el tiempo

mi memoria,

tierra de dolor,

itinerario de orígenes.

La estirpe de la esperanza,

como luz imposible, la desvanecerá.

***********************************

 

Nuria Turégano

foto-4A lo largo de mi carrera he tenido muchos alumnos/as que han acabado dedicándose a la docencia. Cuando pienso en ellos/as me asalta una duda: ¿habrán puesto en práctica alguna de mis maneras de hacer, las habrán evitado o, simplemente, no recuerden nada? En esto pienso cuando pienso en Nuria, ahora dedicada a la enseñanza del inglés en Primaria. En eso y en el hecho de que ambos somos del mismo pueblo. Hay en ello una suerte de vínculo más bien invisible, como esos ríos subterráneos que acaban confluyendo. Fui profesor y tutor de Nuria durante un curso en el IES Diego Torrente Pérez de San Clemente. Me bastó ese curso para reconocer en ella a una persona extraordinaria, trabajadora y responsable, de una humanidad desbordante… Buenos mimbres para la maestra que es ahora. No he asistido a ninguna de sus clases, pero creo intuir el tipo de profesional que es: entregada a su oficio, atenta a sus alumnos/as y dispuesta a superarse cada día. Recuerdo a Nuria en las clases, o aquel día que me tocó hablar de literaturas africanas en Sisante y ella me echó una mano, o en las contadas ocasiones en que nos hemos encontrado por el pueblo. Y pienso en la inmensa suerte que sus pequeños alumnos/as tienen con ella.

El currículum escolar de Nuria dice mucho de la persona y la maestra en la que se ha convertido:

Volver la vista atrás y analizar mi vida durante las etapas educativas por las que he pasado me resulta gratificante.  Muchos son los profesores que he tenido y de ellos guardo consejos y lecciones.

Su periplo escolar es idéntico al mío, al menos en sus primeros tramos:

Empecé en la guardería de la mano de las monjas de la Caridad. Recuerdo recorrer los largos pasillos hasta llegar al patio donde solíamos jugar,  la hora de la salida cantando “un elefante se balanceaba…” y las excursiones al mercadillo del pueblo cogidos de una soga para evitar perdernos. Época de inocencia y felicidad. La etapa de educación en Infantil son los primeros años que pasamos junto a compañeros y maestros dentro de unas paredes a las que todo el mundo llama colegio. Son tantas las cosas nuevas que descubrimos y aprendimos que resulta complicado acordarse. Sin embargo, recuerdo con nostalgia el hecho de aprender a escribir, usar el punzón o preparar con esmero manualidades para el día de la madre o del padre.

foto-3En Sisante siguieron la Primaria y la ESO:

Fueron etapas bonitas. Crecí junto a amigos y profesores con los que compartí muchos momentos.

Y el Bachillerato en San Clemente, lugar en el que coincidimos:

Con el Bachiller llegaron los nervios, el estrés y el agobio en época de exámenes. Fueron dos años llenos de trabajo, esfuerzo y constancia. No hubiese sido igual sin el apoyo de Olga, compañera fiel de fatigas durante este período. Noches muy cortas protagonizadas por el cansancio y días muy largos llenos de clases y horas de estudio en casa. El punto y final fue la famosa PAU. El último empujón antes de ir a la universidad. Sin duda alguna, si tuviese que volver y revivir una etapa educativa, sería esta. A pesar de ser una fase dura, no me importaría regresar a ella, pues fue su intensidad lo que nos hizo más fuertes y nos unió para sacarlo adelante. Desde entonces cada vez que coincidimos, lo recordamos con una sonrisa dibujada en la cara.

Por último está la universidad y las prácticas en el Colegio Doctor Fernández Turégano (en el que a buen seguro Mari Carmen Herraiz lo hizo todo más fácil):

Pasó muy rápido y aunque tuve que irme a vivir fuera de casa, no me supuso tanto esfuerzo puesto que ya estaba estudiando lo que siempre había querido, Magisterio. Lo mejor de todo: las prácticas. Gracias al que fue mi colegio cuando fui niña tuve la oportunidad de volver, esta vez ya no como alumna sino como aprendiz de maestra. En ese momento vi las cosas desde el lado que desde pequeña quería verlo: el de maestra.

En este recorrido, Nuria tiene un recuerdo especial para sus padres. En sus palabras, muchos nos vemos reconocidos:

He tenido la suerte de tener unos padres estupendos que me han ayudado en todo lo posible para que realizase mi deseo de ir a la universidad y dedicarme de manera íntegra al estudio; por lo que hasta que no acabé la carrera no empecé a trabajar.

foto-2En cuanto al mundo laboral, las primeras experiencias las relata así:

Desde que volví a casa he dado clases particulares a niños de todas las edades: desde Infantil hasta Bachiller; y de todas las asignaturas. En verano, compaginaba las clases con la escuela de verano. Les he ayudado en todo lo posible y, enseñando,  he aprendido mucho de ellos. Siempre los tendré en mente, pues han sido mis primeros alumnos.

En estas palabras se encierra todo el talante pedagógico de Nuria: enseñando he aprendido mucho de ellos. Dice mucho de ella como persona y como docente. Pero, ¿qué hace en estos momentos?

Actualmente trabajo como maestra en un colegio en Madrid por segundo año consecutivo. Disfruto cada día como si fuese el primero porque me encanta lo que hago y me llena. Aprovecho cada instante y doy lo mejor de mí. Solo espero que pueda seguir dedicándome por mucho tiempo.

Eso le deseo yo: que pueda dedicarse a ello por mucho tiempo. La educación pública no puede perder a profesionales así. El alumnado, menos.

Respecto a las experiencias que más han marcado la vida de Nuria, ella señala dos: el haberse tenido que ir de casa a estudiar y la muerte de familiares queridos. De todo ello, y como buena maestra, recupera alguna enseñanza y por eso dice:

Estas experiencias y otras me han hecho crecer como persona, me han ayudado a quitarme miedos y a romper barreras que ni si quiera sabía que existían en mi.

En estos momentos lo que más llena su vida es su trabajo y su familia:

Mi trabajo me encanta. Es lo que siempre he querido y ahora que lo tengo lo disfruto al máximo. El hecho de llegar y ver en mis alumnos las sonrisas, los abrazos incondicionales y su evolución a lo largo del curso, son para mí mi mejor recompensa. Y mi familia que, aunque esté lejos de ella, es la que siempre está ahí y me apoya en todo.

foto-1En estas palabras reconocemos a la maestra vocacional (yo prefiero decir “de raza”) y a la persona afectiva que encuentra el equilibrio en su familia y en la gente a la que quiere.

Su diagnóstico del mundo no podría ser más acertado:

Creo que el mundo se está desmoronando poco a poco. Que haya niños viviendo guerras en su propia piel, que estén viendo cómo mueren padres o hermanos por diferencias culturales o religiosas, no me parece ético. Que haya lugares en el mundo en el que las personas se estén muriendo de hambre, o no tengan acceso a una educación, vivienda digna o salud; mientras en otros se derroche el dinero, tampoco. Que sean noticia los casos de corrupción y no de los descubrimientos contra el cáncer u otras enfermedades, me parece vergonzoso.

Estamos entrando en un círculo vicioso donde el consumismo, el egoísmo, lo artificial y la apariencia son lo que importa. Atrás estamos dejando la honradez y el respeto. La sociedad actual está colapsada; lo queremos todo y lo tenemos a nuestro alcance.

Sombrío pero real, real pero esperanzado; así imagina el futuro Nuria. Y yo pienso que necesitamos más personas (y entre ellas, más maestros/as) que vean el mundo de este modo, para combatirlo y construir su alternativa. Nos urge una mirada así, que nos salve del naufragio al que estamos abocados. Gracias Nuria por ser así, gracias por esta lección de vida que hoy nos das a todos y gracias por permitir que pueda seguirte en la distancia y admirarte.

 

 

Eva G.

6Han pasado ya unos cuantos años desde aquel día –creo que era del mes de mayo– en que Enrique M. entró por primera vez en el despacho de la EPA Vicent Ventura de Valencia para pedir información sobre cómo podía retomar sus estudios. Desde entonces hasta hoy le han pasado muchas cosas: el Graduado en Secundaria, el título de Técnico Superior de Electricidad, unas mayores expectativas laborales y la perspectiva de cursar una carrera universitaria. ¿Magia? No, trabajo y constancia. Pero no quería hoy hablar de Enrique –ya habrá tiempo en otra ocasión– sino de Eva, su compañera. Y es que la Educación de Personas Adultas tiene estas cosas: funciona muchas veces como una cadena humana, de manera que uno/a llega de la mano de alguien que le precedió. Así llegó Eva, después de Enrique, y por eso dice: “él fue el que me animó a sacarme el Graduado en Secundaria en la Escuela de Adultos Vicent Ventura”. Si la progresión de Enrique ha sido meteórica, la de Eva no le ha ido a la zaga: en unos años ha conseguido el Graduado en Secundaria, el título de Técnico Auxiliar de Enfermería de Grado Medio y ha aprobado las oposiciones para trabajar en un hospital público. ¡Ahí es nada! El día en que me comunicó que había aprobado la oposición me sentí muy muy orgulloso de ella. Ésta, entre otras, es una de las ventajas de trabajar en la Educación de Personas Adultas: a veces, en poco tiempo alcanzamos a ver la progresión tan extraordinaria que lleva a cabo nuestro alumnado.

Para mí Eva es una de esas personas en las que la humanidad se da en estado puro. Y derivada de esa humanidad, todo un caudal de cualidades entre las que destaco: la sencillez, la humildad, la sensibilidad, la empatía, la bondad… De ello pude empezar a darme cuenta el año en que Enrique cursaba el GES y ella lo acompañaba. En las fiestas nunca faltaba su extraordinaria tortilla de patatas. Eva es generosa y también agradecida: “soy una persona muy afortunada pues se me dio la oportunidad de conocer a unos profesores increíbles y a unos compañeros de estudios, de los que aún conservo su amistad”. Todo en ella es positividad: “no entiendo a las personas que están siempre de mal humor, o que discuten por cualquier tontería. Pienso que la vida es muy corta y dura en sí misma como para amargarse gratuitamente. Las desgracias vienen solas, no hay que buscarlas. Por ello, siempre busco lo bueno en las personas. Aunque a veces no me doy cuenta de que intentan hacerme daño. Esas personas me dan mucha pena”.

3Eva encarna para mí el esfuerzo, y también el potencial latente agazapado a la espera del momento oportuno para emerger plenamente. Con todo, sus primeros pasos por el sistema educativo no fueron fáciles: “me acuerdo que no tuve un buen inicio, pues era una niña muy despistada. Me distraía por cualquier cosa. Fui siempre a colegios públicos, pero no siempre al mismo, así que no pude echar raíces en ninguno”. A este desarraigo se sumó el provocado por su emigración a Suiza: “a los once años emigramos a Suiza. Allí los inicios fueron muy difíciles, no entendía la lengua y tuve que espabilarme para salir adelante. De 4º a 7º curso lo pasé fatal, pero en 7º cambié de colegio y tuve la suerte de tener una maestra muy entregada con sus alumnos y que consiguió que aprendiera el idioma”. Acostumbrados al alumnado de origen extranjero que llega a nuestras aulas, sobrecoge este relato tan vivo de una emigrante española explicando su paso por el sistema educativo suizo. Quizás así empecemos a valorar el esfuerzo titánico que realizan muchos de esos alumnos/as venidos de otros países en su intento por integrase en nuestro sistema educativo. Eva contó en ese empeño con una ayuda extra, la que le brindó la acción educativa española en el exterior de la mano de una profesora: “también iba 4 horas a la semana a la escuela española donde sobre todo dábamos lengua y geografía. Me saqué el graduado escolar también por el empeño de la maestra que se sacrificaba los fines de semana para darnos clases adicionales. La recuerdo con mucho cariño. Consiguió también dos subvenciones para llevarnos una semana a Barcelona y otra a Galicia de viaje cultural. Había niños, como yo, que no habían estado nunca fuera de la provincia de donde venían sus padres, y fue una experiencia muy gratificante”.

Aquí acaba la primera fase en la formación académica de Eva: “después de salir del colegio a los 16 años, por circunstancias, no pude estudiar más y me puse a trabajar”. Después de un largo paréntesis, la vuelta a las aulas: “cuando volví a España, me di cuenta de que necesitaba seguir estudiando y estoy muy agradecida de que se me diera la posibilidad de terminar mis estudios. Tenía mucho miedo de fracasar, dudé mucho, pero soy una persona afortunada y conocí a unos maestros estupendos, que me dieron la confianza en mí misma para poder lograrlo. También tengo que decir que mi marido fue el que me animó al principio, me apoyó en todo momento y me ayudó mucho”. El agradecimiento de Eva, me consta, es sentido: a sus profesores y a su compañero. ¿Y cómo se operó el cambio? Es lo que yo llamo el fuera miedos, ese proceso personal por el que empezamos a tomar conciencia de nuestras aptitudes y que nos hace encarar cualquier reto con confianza. En ese proceso, Eva no estuvo sola –he ahí otra de las claves-: “los profesores me animaron en todo momento a seguir estudiando, a ver la vida de otra manera, me abrieron los ojos a la cultura, al saber y que no importa la edad que tengas mientras lo hagas con ilusión”. Una vez producido el clic, todo lo demás vino rodado: “después del Graduado, me saqué el título de Técnico Auxiliar de Enfermería de Grado Medio. Lo curioso fue que en mi clase del instituto sólo había cinco o seis jovencitos, los demás éramos todos mayores de treinta e incluso más. Todos compartíamos los mismos miedos y nos ayudábamos mucho en los estudios. Éramos una clase ejemplar según los profesores. En el día de hoy he aprobado mi primera oposición y opto a un puesto de trabajo en un hospital”.

9¿Y qué queda de todo ello? En primer lugar, la confianza recuperada y la satisfacción individual (y la compartida): “estoy muy contenta con mis logros. Hace siete años ni yo misma daba un duro por mí. Durante ese tiempo mi compañero también se lo sacó todo y ahora es Técnico Superior de Electricidad. Nos ha costado nuestro sacrificio pero ha valido la pena conseguirlo. Estamos muy orgullosos”. Yo también estoy muy orgulloso de ellos. En segundo lugar, la realización personal: “creo que con todo esto, y con la ayuda de estos maestros que influenciaron mi vida, he podido realizarme como persona”. Y por último, el poder  leer el mundo desde diferentes puntos de vista: “ahora puedo ver y entender la vida de otra manera. Aunque aún siga estudiando, pues el saber no ocupa lugar”.

Si la experiencia migratoria marcó la vida escolar de Eva, la trayectoria laboral no iba a ser menos: “trabajé nueve años en diferentes fábricas en Suiza, y es otro mundo. Quiero decir, desde que entras hasta que sales no paras de trabajar. Todo cuenta: puntualidad, rapidez, exactitud, eficiencia… Tienen otras normas, aunque yo tuve suerte en mis trabajos. Conseguí respeto y confianza, que es muy bonito. Tuve diferentes trabajos y no me conformé con ser una autómata sino que aprendí cada día una cosa más hasta llegar a ser independiente en mi trabajo”. Ya de vuelta, el aprendizaje continuó: “aquí en España, los trabajos que hice como camarera o como auxiliar de enfermería en prácticas en el hospital me aportaron diferentes perspectivas. De camarera no paraba, pero en el hospital llegué a aburrirme porque no me dejaban hacer, no estaba bien visto. Desde luego noté que la gente no estaba contenta con el sueldo que recibía y no movían un dedo si no era necesario. Incluso, cuando estaba cuidando a un enfermo en el hospital, a los familiares de los otros pacientes les resultaba extraño que no parara de estar pendiente de él. No me pagaban mucho pero había aceptado cuidarlo con todas las consecuencias que eso conlleva. De todas formas, te tiene que gustar lo que haces para hacerlo con una sonrisa, sobre todo si trabajas de cara al público”. Yo diría que así es Eva en todo: entregada y comprometida.

A la pregunta de qué experiencia vital es la que más le ha influido, Eva lo tiene claro: la emigración: “la (experiencia) más grande fue sin duda irme a vivir a otro país”. De manera divertida explica cómo fue cambiando su percepción sobre los suizos: “antes de irme a vivir con mi madre a Suiza, incluso pensaba que los suizos tenían que ser muy diferentes a nosotros en aspecto, como si fueran marcianos. Después ya comprobé que no, lo único es que no les entendía cuando hablaban”. La experiencia migratoria de Eva no fue un camino de rosas: “nunca fui extrovertida y eso influyó negativamente a la hora de relacionarme con otros niños, y también que me costara tanto aprender el idioma. Los niños de mi clase me gritaban para que les entendiera, aunque no era sorda. Aprendí enseguida a defenderme en italiano gracias a la televisión, ya que no podía ver ningún canal español pero sí el del cantón del Tesino. También había muchas compañeras de clase italianas que lo hablaban. Pero no todas estaban dispuestas a ayudarme. Por aquel entonces no había muchas españolas y la mayoría de las italianas eran nacidas allí y no comprendían el problema de no poder comunicarse”. Leyendo el relato de Eva, como ya hemos comentado más arriba, quizás entendamos un poco más a esos miles de alumnos/as que, venidos de todo el mundo, han poblado en los últimos años nuestras aulas: “mis relaciones con suizos eran escasas. Me gastaban bromas, tales como decirme mañana no vengas a clase que no tenemos o tener que cambiar de colegio en alguna materia y no enterarme. Nadie estaba dispuesto a decirme nada. Al otro día la maestra me preguntaba que qué había pasado, porque allí si faltas a clase se preocupan mucho”.

2Después de un tiempo, afortunadamente, las cosas empezaron a cambiar: “al final poco a poco iba buscándome la vida para poder entenderme y empezar a hacer amigas, aunque no fue fácil que me aceptaran. Intercambiaba favores, por ejemplo: tú me ayudas en el alemán y yo te ayudo con el francés, pues se me daba muy bien”. ¡Supervivencia pura y dura! El hecho decisivo que marcó un punto de inflexión vino con la socialización en un entorno español y con la incorporación a la escuela española: “no salía de casa y, cuando lo hacía, estaba loca por encontrarme por la calle con alguna española o español para poder hablar mi idioma. Mi madre me apuntó en la Asociación de Padres de Familias Españolas, que era donde se reunían los fines de semana los españoles, y nos fue de mucha ayuda porque conocí a otras niñas y niños de mi edad. Me apuntó a la escuela española y las cosas me fueron mucho mejor”. Las cosas le fueron tan bien hasta el punto de que volver a España no entraba en sus planes. Sin embargo, y por circunstancias de la vida, regresó y ahí empezó su segunda nueva vida. Éste parece ser el sino de quienes viven entre fronteras: nacer y renacer para volver a nacer, y así sucesivamente. De la vuelta a España, ella dice lo siguiente: “la vida puede darte un vuelco cuando menos te los esperas. En Suiza, yo tenía un trabajo estable y una vida tranquila y bastante acomodada. Eso sí, echaba de menos la familia y mi país, porque hasta que no vives en el extranjero no te das cuenta de las diferencias de cultura y formas de pensar que tiene la gente…”.

A día de hoy, Eva se reconoce como una persona feliz, y ello gracias a las pequeñas grandes cosas de la vida, su actitud vital y, por supuesto, su pareja. Entre esas pequeñas grandes cosas de la vida cita las siguientes: “la familia, los amigos, mi gato, el buen tiempo, las flores, los pájaros, el amor a la vida… Hago muchas cosas que me llenan: trabajos manuales, leer un libro, estudiar, dar un paseo, cocinar una buena comida para los míos, cuidar a mi madre y a mi marido y darles todo el cariño que puedo, disfrutar de las personas que están a mi lado…”. Respecto a su actitud vital, nos podemos hacer una idea a partir de estas palabras: “soy una persona muy optimista, aprecio cualquier cosa por pequeña que sea, sólo me falta un buen trabajo, para realizarme, y lucho por conseguirlo… Creo que con una sonrisa y cariño se consiguen muchas más cosas, y es muy importante estar en paz consigo misma”. Y en cuanto a su compañero, aquí nos explica qué es lo que le aporta en su vida: “trabajando en el bar de mi hermana conocí a mi actual pareja, un hombre buenísimo que me animó a ser mejor persona y a quererme un poco más a mí misma. Por entonces yo era una persona bastante tímida y muy miedosa, no creía que sería capaz de conseguir nada en la vida”. Paradójicamente, yo diría que lo ha conseguido todo, y si no, ¿cuántas personas pueden decir como ella: “en resumen soy feliz”?

Sólo ya unas palabras de reconocimiento y de despedida: Eva, gracias por haber compartido tu historia conmigo, gracias por ser como eres y gracias por mostrarnos cómo los caminos esforzados de la vida -aunque no siempre ocurra- tienen su recompensa.