Pilar Pérez Esteve, Fernando Trujillo y Toni Solano felicitan a Felipe Zayas

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Ayer, 18 de junio, fue el cumpleaños de Felipe Zayas, todo un referente en el mundo de la didáctica de la lengua y la literatura (entre otras cosas). Fueron muchos los que se acordaron de la celebración y lo felicitaron. Recordar a un maestro o a un colega, del que no dejamos de aprender, es más que un gesto: es la prueba de que enseñamos y aprendemos a base de afectos, entre los que se cuenta la gratitud. Eso es lo que han hecho, entre muchos otros: Pilar Pérez Esteve, Fernando Trujillo o Toni Solano, todos ellos fuentes inagotables de las que bebemos muchos de los que nos dedicamos a la enseñanza de la lengua y la literatura.

Pilar Pérez Esteve en Feliz cumpelaños, Maestro evoca a Felipe Zayas de la siguiente manera: “¿somos capaces de recordar a aquél maestro que nos emocionó con sus relatos? ¿Cómo despertaba en nosotros la curiosidad? Cierra los ojos. ¿Recuerdas su mirada? Esa sonrisa apenas esbozada que te llenaba de seguridad. Incluso la rabia que hinchó las venas de tu cuello cuando no se conformó con ese trabajo mediocre porque tú podías hacer mucho más, ´se va a enterar este pesado´, pensaste. Y después, esa emoción en tu pecho. Eras tú quien leía ahora en voz alta. Era tuyo ese texto que milagrosamente había salido de tu pluma, todavía no te explicas cómo, pero sí, tú eras el autor. Un milagro. Si has tenido la suerte de tener una gran maestra, un gran maestro, sabes de lo que hablo”. En estas palabras se encuentra implícita la definición de lo que es, o debería ser, un maestro/a y que podríamos formular de la siguiente manera: “dícese de aquella persona que es capaz de ver en otra todo su potencial y que la conduce a territorios que ni esta última imaginaba”. ¿Y cómo hacerlo? Para responder, Pilar Pérez Esteve toma como modelo a Felipe Zayas: “un buen maestro muestra, acompaña, escucha, conversa y confía… Y eso hacía Felipe en sus clases… Así son los grandes maestros, sacan lo mejor de ti”. Para ilustrarlo, la propia Pilar se pone como ejemplo de ello: “me pasa con Felipe lo mismo que cuando disfruto jugando al tenis. En partidos con una pareja inexperta no doy bola, me desanimo, me aburro. Pero cuando juego con alguien que me lanza las bolas para que llegue, me fuerza cuando ve la ocasión, desacelera cuando estoy al límite para volver a presionar y dejar esa pelota, justo ahí, donde sabe que si corro puedo llegar… entonces me siento Garbiñe Muguruza”. Recordando a Felipe Zayas en el día de su cumpleaños, Pilar Pérez Esteve nos regala una gran lección que todos los que entramos a diario en un aula no deberíamos olvidar: “Felipe es un maestro que confía en sus alumnos, que guía y acompaña porque confía, desde lo más profundo de su corazón, en que todos pueden llegar más lejos”.

Por su parte, Fernando Trujillo en Feliz cumpleaños, #FelipeZayas, y perdona la felonía añade una nueva dimensión a la profesión docente al considerar que “el auténtico maestro sabe que su tarea educadora ocurre, en efecto, en el aula pero transcurre en otros lugares: en los pasillos, en los patios, en la calle, en las asambleas vecinales, en el compromiso político y sindical, en el atril de conferencias y, por supuesto, en las pantallas de la comunicación electrónica”. El buen maestro derriba, pues, las paredes del aula pues es consciente de que su quehacer ha de encarnarse tanto dentro como fuera de ella. Y de nuevo, ¿cómo conseguirlo? Fernando Trujillo apunta a la coherencia, las palabras y los gestos, atributos todos ellos de Felipe Zayas. Respecto a la coherencia, leemos: “por eso a mí me convence de ti, Felipe, tu coherencia. Si un educador no lucha por mejorar su pueblo, su región, su país o el mundo, no está siendo coherente. Si un educador cuando habla o escribe no está entregando su palabra y su gesto tanto para el bien de sus estudiantes como para el bien común, realmente no está cumpliendo con su compromiso ético y está traicionando, entonces sí, a la profesión y a la sociedad. Los educadores no somos neutrales nunca: o contribuimos a construir una sociedad mejor (más justa, más solidaria, más empática, más libre, más feliz) o estamos siendo agentes de control y opresión para el beneficio de la Minoría Poderosa”. Por supuesto, la educación nunca es neutral; todo lo contrario, es un tomar partido a cada paso. ¿Reproducir o transformar?, esa es la cuestión. La educación, especialmente la pública, no debería tener opción: su defensa del bien común y su proyecto de una sociedad mejor son requisitos que quedan fuera de cualquier negociación. Respecto a la palabra y el gesto, Fernando Trujillo dice: “la Educación es palabra provocadora y sorprendente, palabra que te llena y que te agita, que te despierta y te acerca a ti mismo y a ese tú que solo encuentras en los Otros. Pero la Educación también es gesto: gesto que se compromete, que te acoge, que te guía, que te ayuda a correr y te levanta cuando caes y que, finalmente, te despide cuando marchas para caminar por ti mismo la senda de la vida”. Cuando coherencia, palabra y gesto confluyen en un docente (éste es el caso de Felipe Zayas), su magisterio no cesa nunca.

Toni Solano también se suma al reconocimiento a Felipe Zayas y lo hace en Feliz cumpleaños, #FelipeZayas: maestro y amigo (en su blog Re(paso) de lengua): “Felipe se asoma hoy a este blog porque es su cumpleaños y porque es un placer para el discípulo rendirle este pequeño homenaje: Felicidades, Felipe”. Como en una carrera de relevos, Felipe pasó el testigo didáctico a Toni, éste a sus alumnos y alguno de ellos estará llamado a hacerlo a unos nuevos pupilos. Ahora bien, pasar el testigo no significa desprenderse de sus atributos sino que éstos conviven de manera sincrónica tejiendo una red tupida de complicidades educativas. La complicidad, pues, entre Felipe y Toni sigue existiendo y se remonta a los tiempos en que aquel Toni Solano primerizo se enfrentó al reto de tener que enseñar y que sus alumnos aprendieran. Él lo cuenta así: “cuando terminé mi carrera de Filología y hube de cumplir con el CAP (aquel curso de aptitud pedagógica, más trámite que curso y más escalón que barrera), Felipe Zayas fue el encargado de ilustrarnos en el módulo lingüístico y literario… Muchos pensábamos que dar clase era repetir con mayor o menor gracia lo que habíamos aprendido. Pero me topé con Felipe y empecé a intuir que eso de dar clase iba a ser más complicado de lo que parecía en principio, y que enseñar lengua y literatura requiere una planificación exhaustiva de objetivos y procesos. Aún me faltarían unos años para entender lo complejo que resulta enseñar cuando alguien no está dispuesto previamente a aprender. Como digo, Felipe Zayas sentó mis bases de formación pedagógica…” Pasados los años, a aquella primera lección Toni sumó otras nuevas ofrecidas por Felipe desde su blog: “en el año 2006, con mi plaza docente bien asentada, abrí este blog y empecé a husmear en las redes. Y ahí estaba Felipe de nuevo, con su blog de referencia. En aquel blog -y en otros que ya he mencionado aquí anteriormente- encontré una vez más las claves que necesitaba para mi enfoque didáctico de la lengua y la literatura”. En palabras de Toni Solano, Felipe Zayas es un maestro pero también un pionero: “para muchos profes de lengua, Felipe es el dinosaurio de Augusto Monterroso, pues da la impresión de que no nos queda ningún camino por recorrer que no haya desbrozado él antes”. Un maestro memorable, como es Felipe Zayas, transita por caminos inusuales; ésos que luego frecuentan los que vienen detrás.

No me queda nada más que agradecer a Pilar Pérez Esteve, a Fernando Trujillo y a Toni Solano sus palabras que, nacidas del reconocimiento a su maestro y colega, nos iluminan un poco el futuro. Y, por supuesto, mi reconocimiento en la distancia al magisterio de Felipe Zayas, sin cuyas aportaciones no entendería la docencia como la entiendo.

Josep Miquel Arroyo: “No dejamos nada”

tumblr_o59ffiDFYW1u8pswyo1_1280No es la primera vez que leyendo el blog de un compañero uno encuentra formulada una idea largo tiempo madurada pero que hasta ese momento andaba a la búsqueda de su expresión más precisa. Esto es lo que me pasó leyendo el blog DidàcTIC de Josep Miquel Arroyo: “no nos debería obsesionar qué pensarán nuestros antiguos alumnos sobre nosotros, sino qué huellas nos han dejado ellos para mejorar la labor en clase con los alumnos que están por venir”. ¡Exactamente! Así entendido, cualquiera de nuestros alumnos  sería un emisario involuntario de todos los que están por llegar y “son tan generosos que nos dejan su conocimiento presente para que lo invirtamos en mejoras de futuro”. Si Fernando Trujillo habla de experiencias memorables de aprendizaje, nosotros aquí hablamos de alumnado memorable. Todo alumno debería serlo, y no sólo aquél que recordamos por alguna razón (positiva o negativa). La misión puede parecer imposible cuando los cursos y las promociones se suceden. Valga, pues, la exageración y apliquémonos el consejo de J. M. Arroyo cuando dice: “los profesores y profesoras deberíamos recordarlos a todos. Y hagámoslo con cariño, porque lo son todo”.

Todas estas reflexiones aparecen en la entrada No dejamos nada, que de alguna manera da respuesta al Encuentros en la tercera fase de Ramón Paraíso (De vuelta). J. M. Arroyo se plantea qué poso dejamos los docentes en nuestros alumnos y llega a la conclusión de que “no dejamos nada”. Esta afirmación tan categórica admite, sin embargo, algunos matices, que el propio J. M. Arroyo irá desgranando a lo largo de su texto. Puede que sea así, pero entonces ¿cómo explicar la huella que el propio J. M. Arroyo ha ido dejando en mí (y en otros compañeros) a partir de las reflexiones de su blog o a raíz de sus contribuciones a la naciente Comunidad de Docentes de Educación de Personas Adultas? Si admitimos esta huella, no nos costará mucho aceptar la posibilidad de que eso también ocurra entre un docente y su alumno. En definitiva, toda persona que coincide en un aula, independientemente de su rol, queda afectada por las relaciones que en ella se establecen. ¡Ojalá esto siempre fuese para bien!

Tengo que darle la razón a J. M. Arroyo cuando dice que los docentes somos un colectivo con “el ego subidito”. Creer que nuestras clases cambiarán el futuro de nuestro alumnado no deja de ser un tanto vanidoso. Por momentos, yo lo soy. Aunque en mi descargo tengo que decir que también admito la influencia que el alumnado ejerce sobre mí. Y a la inversa: el docente, creo yo, puede ser un factor (aunque obviamente no el único) que incide en su alumnado. Y si no ¿cómo explicar, por ejemplo, los testimonios de tantos alumnos que reconocen haber elegido unos estudios influidos por alguno de sus profesores?

La vanidad no debería, sin embargo, nublarnos la vista en lo que respecta a la posición que ocupan profesor y alumno en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Coincido plenamente con J. M. Arroyo cuando dice que “el profesor debe ser invisible, desdibujar su figura para no interferir en el reencuentro entre el proceso de aprendizaje”. Esta concepción del rol docente implica un mayor protagonismo del alumnado (también en el uso de la palabra en el aula) y una posición mediadora en la gestión del proceso de enseñanza-aprendizaje. Aspiro a conseguir esto algún día. Si lo lograra, alcanzaría de paso otro de los requisitos que deberían acompañar a todo acto educativo: el reconocimiento pleno de la singularidad inherente a toda persona. Esto es especialmente relevante en el ámbito de la educación de personas adultas ya que –en palabras de J. M. Arroyo– “no tratamos con pedazos de barro que hay que modelar. Son personas que ya vienen moldeadas de casa”.

Del “no dejamos anda” al “no todo está perdido”,  J. M. Arroyo explora aquello que podríamos denominar la huella docente. Y en este punto, también opino como él: el recuerdo –si lo hay– no vendrá de nuestras clases, metodologías o recursos TIC, sino de lo que él llama el sello personal docente. En este sentido, siempre que me reencuentro con algún ex alumno y éste empieza a recordar algún pasaje del pasado compartido en las aulas, mayoritariamente emergen comentarios que poco tienen que ver con las clases propiamente dichas. Así de crudo: mis alumnos rara vez recuerdan algo relacionado con los contenidos conceptuales trabajados y muy a menudo recuerdan aspectos colindantes con los mismos (es el caso de S. C., quien me dijo que nunca olvidaría la explicación que hice sobre qué eran estereotipos y prejuicios –algo, por cierto, que no aparecía de manera directa en el currículum –). Desde la perspectiva de los años, entiendo que esto que aquí describo es normal y que lo que verdaderamente queda es ese sello personal docente (para bien o para mal).

¿Qué entiende J. M. Arroyo por sello personal docente? Pues enseñar (o no) “desde la singularidad, desde la empatía, desde la experiencia, desde la proximidad, desde la asunción de las virtudes y de los errores del profesor que se vuelca de lleno en el alumno, sin añadir etiquetas ni ideas preconcebidas sobre él. Pero sin esperar nada a cambio. Nunca”. En otras palabras, ser recordado “no pasa por la metodología ni por ser más original, más innovador o más colega”; pasa, pues, por “nuestros actos en el aula, nuestra gestión emocional del alumnado o por tener un código docente inclusivo”. Para J. M. Arroyo, y estoy plenamente de acuerdo con él, todo esto es más una cuestión de honestidad que de vocación.

Y junto a la gestión de las emociones, la gestión de los contenidos. Para J. M. Arroyo los profesores memorables son aquéllos que dan sentido a los contenidos y que despiertan el sentido crítico. En resumidas cuentas, nuestro impacto en el alumnado vendrá más bien de nuestra actitud como docentes y de nuestra capacidad para ayudar a aportar significado a sus vidas. Ni más ni menos, eso es la educación. Gràcies Josep Miquel Arroyo per ajudar-me i ajudar-nos a reflexionar sobre tot plegat!

Álvaro Herrero

Álvaro 1La educación, tal y como yo la entiendo, debería tener como propósito ensanchar el mundo (del niño, del adolescente, del joven, del adulto), ver más allá y salir al encuentro de  un futuro que, a priori, ni sospechamos. En ese empeño, el docente juega muchas veces con la ventaja que le dan sus conocimientos, su experiencia y la vida misma, especialmente respecto a un alumnado más joven. Sin embargo, sería un error considerar que el docente ya es un individuo de una pieza, que no necesita igualmente ampliar sus horizontes. Y sería un error todavía más grave considerar que el alumno no puede ayudarle en ello. Pensaba en todo esto, al tiempo que leía las palabras que ha querido compartir conmigo mi exalumno Álvaro Herrero. En ellas he podido vislumbrar algo que aparece en innumerables textos legislativos: la educación debe contribuir a formar personas autónomas, críticas, con pensamiento propio. Sin embargo, ese frío vocabulario de corte técnico parece no remitir a nada ni a nadie en concreto.  Por eso, al leer el correo de Álvaro he sentido una verdadera emoción al comprobar que a veces el sistema educativo, mayormente a contracorriente, cumple con su misión. Y emoción también por constatar que es ahora él, mi exalumno, quien ensancha mi mundo.

Álvaro 12Fui profesor de Álvaro durante tres cursos (creo que fueron tres, pero no estoy seguro). Y ya entonces aquel joven -de mirada abierta, comprometida y crítica- apuntaba maneras. Eso y lo magníficamente bien que escribía son dos de los buenos recuerdos que conservo de él. Por su parte, él recuerda de aquel profesor que era yo entonces la defensa que un día hice en clase de la diversidad lingüística: “recuerdo que todos gimoteábamos porque teníamos que estudiar valenciano y siendo todos castellanoparlantes y adolescentes no entendíamos el porqué. Y una tarde que estábamos especialmente borricos, nos contó de dónde venía y nos dijo que no sabíamos la suerte que habíamos tenido al nacer en un contexto con dos lenguas, dos culturas, dos formas de ver las cosas. Aún tengo la imagen guardada en la memoria: él, de pie, con su libro abierto en la mano, serio y sereno. Nosotros callados, sentados en nuestros pupitres…”. Bonito recuerdo éste que, pasados los años, Álvaro comparte conmigo y que concluye así: “no sabes cuántas veces te he vuelto a escuchar en mi cabeza y he pensado: ¡cuánta razón tenía, joder!”

Álvaro 2Para muchos de los protagonistas de este blog, educación y vida forman una unidad indisociable; en el caso de Álvaro, también: “preguntarme qué poso me dejaron las diferentes instituciones educativas por las que he pasado es como preguntarme qué poso me dejó la vida pues el 90% de los días que viví estuve ligado a alguna de esas instituciones, en mayor o menor medida. Incluso ahora lo estoy, ya que he empezando a cursar, a distancia, el Máster de Formación del Profesorado”. De todas esas instituciones por las que ha pasado, Álvaro destila lo que verdaderamente nos convierte en humanos y por eso dice: “recuerdo especialmente a las personas que he conocido en esas instituciones, las relaciones humanas que he establecido (o no) y que me han marcado profundamente. Las personas son lo que más me ha marcado. Y gracias a ellas o a pesar de ellas soy como soy”. Y para ilustrar esto, de sus primeros años escolares dice: “en El Armelar comencé amistades con 4 años que me han acompañado desde entonces, y son ya ¡casi tres décadas! Es gente que me conoce (casi) como si me hubiesen parido, incluso después de haber pasado mucho tiempo sin vernos”. De su pasado más reciente dice: “con una beca de la Universidad de Valencia me fui a Italia donde conocí a mi primera novia y con otra, de la Autónoma de Madrid, estuve en Argentina, donde conocí a la que fue la última”. Junto a esas amistades hechas por el camino de la educación, también transitan algunos profesores: “cuando pienso en todos esos procesos educativos también pienso en los otros compañeros de viajes, en los profesores. En aquéllos que me motivaron, acompañaron y ayudaron y en aquéllos que hicieron lo contrario, probablemente, sin quererlo. Hay otros que no recuerdo, y quizás sea porque no consiguieron hacer ni una cosa ni la otra. Álvaro 11Pero sé a ciencia cierta que hay profesores que me regalaron el placer de disfrutar de la literatura, que me insuflaron la pasión por la historia y las lenguas, que me entrenaron en el peliagudo arte de hacer(se) preguntas y pensar por mí mismo y sé que sin ellas no habría cultivado la curiosidad de descubrir el mundo que es una de las cosas que más me mueve”. Educar sería, pues, ese cultivar la curiosidad de descubrir el mundo. La manera de conseguirlo pasaría por el disfrute, la pasión, el hacer(se) preguntas y el pensar por uno mismo. Con reflexiones así, Álvaro posee todos los requisitos necesarios para convertirse en un gran profesor, si es que éste es el futuro que ha elegido. De momento, esta lección me la ha dado a mí.

Álvaro 3De sus experiencias laborales, Álvaro también destaca el factor humano:lo mejor, como en las instituciones educativas, han sido las personas que he conocido, con y de las que he aprendido y con quien me he divertido”. Aun a riesgo de equivocarme, podría decir que en Álvaro confluyen dos de los requisitos de la felicidad: la avidez por aprender y la inmensa capacidad para disfrutar de la vida. Por eso, entre sus mejores experiencias recuerda ésta: “uno de los mejores trabajos que he tenido en mi vida fue el de camarero en un restaurante en Valencia. Me pagaban poco y en negro, pero me daban de cenar y de beber; podía escuchar buena música y sobre todo, me lo pasaba genial con mis compañeros; de hecho, me paso a menudo por allí a saludarles todavía”. Éste, sin embargo, no ha sido el único trabajo por el que ha pasado, sino que “si me pongo a pensar, he hecho casi de todo, de trabajos digo; y en mil sitios diferentes, en  varios países de dos continentes. He sido portero, chico de la limpieza, aparcacoches, monitor, ayudante de cocina, telefonista, ayudante de producción en televisión y cine, profesor de inglés, profesor de alemán, profesor de español, vendedor de programas de televisión, y algo más que se me habrá olvidado, seguro”. ¿Y qué ha quedado de todas esas ocupaciones por las que ha pasado Álvaro? Él lo explica así: “con tanto cambio creo que sobre todo he tenido que aprender a ser flexible, a forzarme en cierta manera a salir de mi zona de confort y afrontar nuevos retos. También he aprendido a llevar una rutina, a quererla y a odiarla. A vivir con dos duros, a disfrutar cuando llegaban cuatro, a aprender a enfrentarme a gente que parece tener más autoridad y, sobre todo, a cuidar a las personas que me rodean en mi lugar de trabajo”. Álvaro 10No son malos aprendizajes: flexibilidad, riesgo, supervivencia, cuidado de los otros… A ello habría que añadir la posibilidad de transformar la realidad y que él relata así: “mi último trabajo fue ser profesor de inglés y alemán en un proyecto educativo de la Universidad Federal de Rio de Janeiro y fue una experiencia genial. Me gustó mucho el poder contribuir a que las personas se formen críticamente, y darme cuenta de que eso se puede hacer en y desde cualquier asignatura, casi en cualquier faceta de la vida”.

Álvaro 4En cuanto a las experiencias vitales que más le han marcado, no deja lugar a dudas: el viajar: “lo que más me ha marcado, después de leer, sin duda, ha sido viajar”. El viajar “me ha hecho crecer como persona a niveles increíbles. He vivido en Italia, Alemania, Argentina y Brasil y he recorrido buena parte de Europa y Sudamérica. He vivido y viajado solo, en grupo y en pareja. De noche y de día. Pagando, de polizón o en autostop.  En tren, coche, barco, avión y bicicleta. Caminando. Con poco o muy poco dinero. Con un plan o sin él”. Pero si la escuela y el trabajo eran las personas, en los viajes no iba a ser menos: “y en esos viajes, en esas vidas, he conocido cientos, miles de personas, que compartieron un momento, un día, una noche, una semana, un mes, un año o una eternidad efímera conmigo. Sonrisas y lágrimas. Alegrías y penas. Un mendrugo de pan. Unos fideos de sobre. Una tienda de campaña. Un catre en una pensión de frontera. Una casa, un aula, un bus, un viaje en avión. Y esas personas me enseñaron tanto que de hecho sé que no sería el mismo si no hubiese hecho cada uno de los grandes viajes que hice”. El viaje es un aprendizaje y una manera de estar en el mundo: “hay lugares que visité o donde viví a los que vuelvo mentalmente, como a un refugio. Hay personas que he amado con las que sigo en contacto a pesar de que hayan pasado muchos años y estemos a miles de kilómetros de distancia. Las lenguas que he aprendido hicieron tanta mella en mi cerebro que pienso en varios idiomas. Las culturas en las que viví y buceé me hacen ver el mundo desde otra perspectiva, siempre más rica con cada capita, cada nueva lente que añado. Viajar me ha ayudado a relativizar, a descentrarme, a poner todo enÁlvaro 9 cuestión, sobre todo a mí mismo. Pero también a volverme a sorprender, a dejarme asombrar. Viajar es lo que me ha hecho sentir más vivo, lo que mantiene despierto y atento al niño curioso que tengo dentro, lo que me ha sacado de mi madriguera y me ha enfrentado al mundo, a lo hermoso y a lo terrible. Viajar me ha llenado tanto que puede que se haya convertido en mi droga, porque ahora que no viajo, lo extraño terriblemente”. ¡Qué gran lección de vida, de humanidad, de aprendizaje, de actitud…!

álvaro 5Después de ejercer de trotamundos, Álvaro se ha abonado al sedentarismo, al menos de momento: “ahora mismo estoy en un periodo de crisis, la verdad, estoy en una fase de transición, porque llevaba mucho tiempo fuera, por ahí, dando tumbos, cambiando de residencia a menudo, estudiando y trabajando, rodeado de gente y de cosas nuevas, y ahora vuelvo a estar en el punto de partida, en la casilla desde la que salí. Sin un euro en el bolsillo, pero con mucho vivido y aprendido. Volver a mi ciudad ha sido difícil, porque probablemente hubiese seguido viajando si hubiese tenido la oportunidad. Pero a veces pienso que quizás haya sido bueno pararme: para pensar, para asumir lo vivido, para reflexionar hacia dónde quiero dirigirme”. En este impasse, toca redescubrir el punto de partida, la casilla de salida: “y en esos momentos de buen rollo, de paz interior, a veces consigo maravillarme redescubriendo Valencia, reencontrando gente perdida o conociendo rincones, personas y personajes nuevos”. Raíces y alas (des racines et des ailes) han marcado la vida de Álvaro. Ahora lo tenemos por tierras valencianas pero siempre queda la nostalgia de una vida vivida entre fronteras: “en cierto sentido, ahora no tengo esa maravillosa sensación de encontrarte en un lugar completamente desconocido que tienes que mapear por ti mismo. O la adrenalina de enfrentarme a retos como sobrevivir, aprender a comunicar en una lengua diferente o establecer relaciones con completos desconocidos. O esa increíble sensación de poder reinventarme en cada lugar”. Y yo me digo: ¿existirá un aprendizaje mayor que aquél que aporta el tener que reinventarse a cada paso? En cuanto a sus sueños de presente, éstos pasan por “pensar que pueÁlvaro 8do ser profesor y cambiar el mundo a través de las relaciones humanas que establecerán las personas con las que trabajé”. Sin duda alguna, Álvaro conseguirá su propósito de ser profesor. Y es que en su mochila lleva todo lo necesario: sabiduría y actitud (también de ésa llamada a cambiar las cosas). Confío en ello y espero tener la suerte de poder acompañarlo en su camino. Respecto a qué es lo que más le satisface en estos momentos, él lo resume así: “me llena salir a bailar, hacer deporte y un buen libro. Me llena enfrentarme a pequeños grandes retos como dejar de fumar, correr 10 kilómetros o ser todo lo que he sido en otros lugares pero serlo aquí”.

Álvaro 7¿Y qué diagnóstico del mundo hace alguien que lo ha recorrido tan intensamente? A este respecto se expresa así: sobre el mundo pienso que gira todos los días sobre sí mismo, literal y metafóricamente, (¡incluso antes de que yo llegase aquí!) y que lo seguirá haciendo a no ser que seamos capaces de destruirlo antes. A veces esa sensación es balsámica porque pienso que da igual lo que pase, seguirá habiendo un nuevo amanecer, el sol saldrá para todos y tendremos otra oportunidad de mejorar. Otras veces me da rabia que todo siga como si nada hubiese pasado, porque han pasado y pasan muchas cosas muy graves, hay mucha injusticia y parece que nada cambia, que una minoría, a la que pertenecemos, queramos o no, vivimos a costa de la inmensa mayoría; que avanzamos a trompicones, que somos muy autocomplacientes, muy ciegos y que, a veces, todo cambia para que todo siga igual, como decía di Lampedusa en Il Gattopardo”. Y pese a todo, Álvaro muestra un optimismo kamikaze, miope y obstinado: “también sé que mi opinión sobre el mundo varía un poco según mi estado de ánimo y mi situación personal, y que como el mundo influye también en ese estado, están tan interrelacionados que a veces me cuesta distinguir lo que pienso verdaderamente sobre él. En cualquier caso, es una opinión que ha ido evolucionando un poco hacia el escepticismo, pero que mantiene y quiere mantener una base de optimismo casi kamikaze, un poco miope, pero obstinado. Si sólo me guiase por lo que veo y leo en los medios de comunicación, por lo que he aprendido de la historia, mi opinión sería bastante negativa pues la injusticia y el egoísmo parecen predominar. Y sin embargo he conocido y me rodea tanta gente buena y generosa que tengo esperanzas de que podamos cambiar a mejor”.

Álvaro 6Y ya para acabar, Álvaro nos brinda una auténtica lección. Una de esas clases que como futuro profesor podrá impartir. Hoy yo (y conmigo todos vosotros) somos sus alumnos. Así, si de lo que se trata es de hacer un diagnóstico del momento presente, Álvaro dice lo siguiente: “hoy, como ayer, prevalece el individualismo y hasta que no consigamos entender e interiorizar que seríamos más felices con un reparto más equitativo de lo que hay, no cambiará mucho. Creo que hay que empezar a ser el cambio que queremos que suceda en el mundo, que decía Gandhi. Y ese es un camino muy difícil y largo y hay que ser constantes y pacientes, con nosotros mismos y con el resto. Creo que hay que ser un poco como Beppo, el barrendero de Momo, e ir haciendo, sin pensar en toda la inmensidad de lo que tenemos por barrer, ir cambiando de a poco. Porque si me pongo a pensar en todo lo que querría cambiar, me sobrecoge tanto que me paraliza. Cuando era más joven creía que una nueva revolución sería la solución y que era una necesidad perentoria. Hoy, que soy un poco menos joven, pero he leído algo más, he intentado vivir alguna utopía y me he conocido mejor a mí mismo y a otros, hoy, digo, pienso que las revoluciones (esas históricas) sólo se dan cuando hay hambre y la gente no tiene nada que perder. El ser humano es conservador, genética y culturalmente. Pero al mismo tiempo, cambia. En toda repetición hay un ligero cambio. Así que siempre va a haber un factor, un gen, un grupo, una circunstancia que empuje hacia un nuevo sendero, una forma diferente de ser o hacer las cosas. A veces es un pasito y a veces, un gran salto. Pero no se puede cambiar todo de golpe y porrazo. Además, no sólo hay que preguntarse qué cambiaríamos sino cómo habría que hacerlo sin lastimar mucho, sin traer más dolor del que mitigaríamos. Si consiguiésemos ponernos en la piel del otro, de los muchos otros, las cosas mejorarían”. Y si de lo que se trata es de imaginar el futuro, Álvaro piensa así: “¿cómo será el futuro? La verdad es que no tengo ni la más remota idea. Muy parecido a esto, solo que cada día más mediatizado por la tecnología, que tiende a encerrarnos en nuestros minimundos. Creo que el grado de equidad y felicidad que podamos alcanzar dependerá mucho del grado de (auto)conciencia que podamos desarrollar personal y colectivamente. De lo generosos que consigamos ser, vaya”.

Grandes palabras para una gran persona. Le deseo a Álvaro todo lo mejor, de corazón. Y le doy las gracias por haber querido compartirlas conmigo y por haberme enseñado tanto, hace ya muchos años y ahora que hemos restablecido el vínculo. Un abrazo enorme.

“Querido señor Germain”

Uno siempre confía en que sus alumnos/as lleguen a lo más alto. Lo que seguramente uno nunca espera es que a ese alumno/a le concedan el Premio Nobel. Pues bien, eso es lo que le ocurrió al profesor Louis Germain con su alumno Albert Camus. Camus obtuvo el Nobel de Literatura en el año 1957 y ésta es la carta que dirigió a su antiguo profesor:

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En esta breve carta se resume el propósito de la educación: reconocimiento y humanización. Emociona el tono de Camus al “hablarle de todo corazón” al señor Germain y emociona el profundo agradecimiento que encierran estas palabras: “cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted”. ¿Y qué es lo que convirtió al señor Germain en un profesor memorable para Albert Camus? En la carta se habla de dos atributos: actitud amable y enseñanza: “sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza no hubiese sucedido nada de esto”. El binomio “mano afectuosa” y “enseñanza” obró el milagro.

Pero no podemos pasar por alto ese “al niño pobre que era yo”. Y aquí es donde los docentes nos deberíamos reencontrar con el sentido de nuestra tarea: la educación (especialmente la pública) sería, pues, esa herramienta llamada no ya a compensar desigualdades sino a transformar las condiciones sociales que perpetúan las injusticias. Sin la educación, entendida ésta en sentido amplio, sólo existiría depredación y barbarie. No sé qué pensaría el señor Germain de estas palabras últimas; su actitud, en cualquier caso, debería ser un faro hacia el que todos los docentes deberíamos mirar: “sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares”.

Muestras de agradecimiento como ésta nos resultan sorprendentes y, sin embargo, deberían ser la norma (de hecho se producen con mayor frecuencia de lo que pensamos). No se trata de autobombo corporativo sino de reconocer el valor de una profesión que ha ido perdiendo por el camino muchos de sus rasgos de credibilidad y prestigio.

Un tiempo después, ésta es la carta que le escribió el señor Germain a Albert Camus. Hemos seleccionado sólo algunos fragmentos:

 

Argel, 30 de abril de 1959

Mi pequeño Albert:

He recibido, enviado por ti, el libro “Camus”, que ha tenido a bien dedicarme su autor, el señor J. Cl. Brisville.

Soy incapaz de expresar la alegría que me has dado con la gentileza de tu gesto ni sé cómo agradecértelo. Si fuera posible, abrazaría muy fuerte al mocetón en que te has convertido y que seguirá siendo para mí “mi pequeño Camus”.

Todavía no he leído la obra, salvo las primeras páginas. ¿Quién es Camus? Tengo la impresión de que los que tratan de penetrar en tu personalidad no lo consiguen. Siempre has mostrado un pudor instintivo ante la idea de descubrir tu naturaleza, tus sentimientos. Cuando mejor lo consigues es cuando eres simple, directo. ¡Y ahora, bueno! Esas impresiones me las dabas en clase. El pedagogo que quiere desempeñar concienzudamente su oficio no descuida ninguna ocasión para conocer a sus alumnos, sus hijos, y éstas se presentan constantemente. Una respuesta, un gesto, una mirada, son ampliamente reveladores. Creo conocer bien al simpático hombrecito que eras y el niño, muy a menudo, contiene en germen al hombre que llegará a ser. El placer de estar en clase resplandecía en toda tu persona. Tu cara expresaba optimismo. […]

He visto la lista en constante aumento de las obras que te están dedicando o que hablan de ti. Y es para mí una satisfacción muy grande comprobar que tu celebridad (es la pura verdad) no se te ha subido a la cabeza. Sigues siendo Camus: bravo. […]

Antes de terminar, quiero decirte cuánto me hacen sufrir, como maestro laico que soy, los proyectos amenazadores que se urden contra nuestra escuela. Creo haber respetado, durante toda mi carrera, lo más sagrado que hay en el niño: el derecho a buscar su verdad. Os he amado a todos y creo haber hecho todo lo posible por no manifestar mis ideas y no pesar sobre vuestras jóvenes inteligencias. […]

Recuerda que, aunque no escriba, pienso con frecuencia en todos vosotros. Mi señora y yo os abrazamos fuertemente a los cuatro. Afectuosamente vuestro.

Louis Germain

Es el señor Germain quien ahora se muestra agradecido ante su exalumno por un libro recibido como regalo: “soy incapaz de expresar la alegría que me has dado con la gentileza de tu gesto ni sé cómo agradecértelo”. Desde el presente, es posible que nos llamen la atención estas muestras tan efusivas de afecto: “si fuera posible, abrazaría muy fuerte al mocetón en que te has convertido y que seguirá siendo para mí mi pequeño Camus” o  cuando dice “os he amado a todos” y “pienso con frecuencia en todos vosotros”. Debería darnos qué pensar cómo la escuela ha desterrado y destierra todo lo que tiene que ver con la expresión de los sentimientos. Ésta es una de las auténticas asignaturas pendientes de nuestro sistema educativo, la ahora llamada “competencia emocional”, de la cual el señor Germain era un precursor.

El señor Germain exhibe un conocimiento profundísimo de su exalumno: “tengo la impresión de que los que tratan de penetrar en tu personalidad no lo consiguen. Siempre has mostrado un pudor instintivo ante la idea de descubrir tu naturaleza, tus sentimientos. Cuando mejor lo consigues es cuando eres simple, directo. ¡Y ahora, bueno! Esas impresiones me las dabas en clase”. En otro momento dice: “creo conocer bien al simpático hombrecito que eras y el niño, muy a menudo, contiene en germen al hombre que llegará a ser. El placer de estar en clase resplandecía en toda tu persona. Tu cara expresaba optimismo”. O también podemos leer: “es para mí una satisfacción muy grande comprobar que tu celebridad (es la pura verdad) no se te ha subido a la cabeza. Sigues siendo Camus: bravo”. Estos comentarios del señor Germain nos pueden hacer reflexionar respecto a si conocemos a no a nuestro alumnado. Y  también sobre si es posible enseñar sin afecto y cómo sentirlo por alguien a quien ni conocemos. El señor Germain lo tiene claro: “el pedagogo que quiere desempeñar concienzudamente su oficio no descuida ninguna ocasión para conocer a sus alumnos, sus hijos, y éstas se presentan constantemente”. El conocimiento del alumnado nos proporciona una perspectiva más amplia en la que dotar de sentido todas nuestras acciones dentro y fuera del aula. Saber quién es esa persona que tenemos delante, de dónde viene, a dónde va, qué le interesa, cómo aprende… no son elementos adyacentes a la educación sino que forman parte del núcleo duro de cualquier acción educativa.

Me interesa también destacar aquí esa manera de nombrar a los alumnos/as como hijos/as. Quizás pueda parecernos pasado de moda, inapropiado o pretencioso. Yo, sin embargo, pienso que la escuela pública iría mucho mejor si todos los docentes quisieran para sus alumnos/as lo mismo que desearían para sus propios hijos. Luego, la equivalencia que hace el señor Germain entre alumnos e hijos no es baladí en absoluto.

Y una última consideración pedagógica se desprende de las palabras del señor Germain: “creo haber respetado, durante toda mi carrera, lo más sagrado que hay en el niño: el derecho a buscar su verdad. Os he amado a todos y creo haber hecho todo lo posible por no manifestar mis ideas y no pesar sobre vuestras jóvenes inteligencias”. La estima verdadera nace también del respeto a la individualidad y autonomía del otro. Y eso lo sabe el viejo profesor de Camus. Esa honestidad y pulcritud moral son las que le hicieron digno del aprecio y del recuerdo de su alumno.

Libro1

 Libro2

 

Ramón Paraíso: “Reencuentros en la tercera fase”

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De vuelta es el extraordinario blog educativo de Ramón Paraíso. En los últimos dos años, sus comentarios han acompañado mi día a día en el CEPA Pitiüses poniendo palabras a aquello que yo –y algún compañero/a más– pensábamos en relación a la educación de personas adultas. Del contacto virtual pasamos al encuentro cara a cara en el marco del taller que Ramón impartió en Eivissa coordinado por el CEP. En dicho taller, Ramón nos transmitió con un entusiasmo contagioso su experiencia en el CFA Dolors Paul de Cunit. En una mañana viajamos al interior de un centro con sentido (plasmado en forma de plan estratégico) y en el que se atreven con metodologías innovadoras y proyectos motivadores. Su inspiración sigue acompañándome en momentos de zozobra, ésos que nos asaltan a los docentes de vez en cuando.

Hoy quería rescatar aquí una de sus entradas en De vuelta: “Reencuentros en la tercera fase” (19 de septiembre de 2015). En ella asistimos a un reencuentro entre Ramón y uno de sus antiguos profesores; o mejor dicho, un reencuentro que en realidad no llegó a producirse ya que ambos hicieron como si no se hubieran visto. En ese gesto cifra el autor toda su reflexión acerca de qué recuerdos dejan en nosotros los profesores/as. En el caso que nos ocupa, un recuerdo no muy grato. Ahora que el rol ha cambiado de alumno a profesor, Ramón se pregunta qué recuerdo será el que guarden sus alumnos/as de él en el futuro. Su respuesta no deja lugar a dudas: “… me dolería más que tuvieran la sensación de que nunca mostré el más mínimo interés por su situación y preocupaciones, por sus inquietudes. Me sabría muy mal que tuvieran la sensación de que no fui lo suficientemente cercano y atento como para detectar qué necesitaban y cuáles eran sus verdaderas aptitudes y capacidades, independientemente del resultado que tuvieran en mis asignaturas”. De lo dicho hasta aquí empezamos a intuir que esos reencuentros casuales entre profesores y alumnos después del tiempo son un buen termómetro de qué tipo de profesores fuimos, de qué clima generamos en el aula y de qué distancia establecimos. Esos encuentros también hablan de cómo eran nuestros alumnos o cómo éramos nosotros en tanto que aprendices.

Toda esta anécdota del (no)reencuentro lleva al autor a reflexionar sobre la humanización en la tarea docente. En ese viaje, Ramón se sirve del artículo de Débora Kozak “La enseñanza y el aprendizaje deshumanizado” (21 de agosto de 2015) dentro de su blog Pensar la escuela. Y yo me pregunto: ¿puede existir una escuela deshumanizada? La respuesta es radical: no. Una escuela que no reconociera el valor de esa humanidad que todos compartimos sería un engendro de institución. Y es que la humanización es una de esas tareas medulares que fundan nuestro sistema educativo. Nadie en su sano juicio defendería, pues, una escuela deshumanizada. Sin embargo, serían muchos los que sí que abogarían por versiones light de la misma y que, en palabras de Débora Kozak, pueden adoptar las formas de: determinación de la distancia óptima, manejo del apego, desafección o, directamente, alejamiento. Frente a estos discursos, desde este blog (y este es su espíritu) defendemos el despliegue de todos aquellos atributos que nos dotan de humanidad, a docentes y alumnos, y entre los cuales encontramos: la cercanía, la complicidad, el afecto, el compromiso o la honestidad. Cualquiera que lea esto diría que esto es muy difícil, y yo tendría que darle la razón. Sin embargo, ése debería ser el horizonte hacia el que caminar. Y mientras tanto, nuestro proyecto mínimo viable en este sentido debería pasar por, en palabras de Ramón Paraíso, tomar conciencia de que “en el aula convivimos con más personas, que tienen sus propias preocupaciones y problemas”. Y sus motivaciones, sus historias, sus deseos…

Éste es el mensaje para navegantes que podría haber tenido en cuenta aquel profesor del que hablaba Paraíso al principio. De haberlo hecho, el encuentro habría ido con toda probabilidad de otra manera. Ya no podrá ser. Muchos otros aún estamos a tiempo. Gracias Ramón por esta reflexión y enhorabuena por tu blog.

 

Juan Manuel Carreño: “Un grato encuentro”

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Ésta es el correo electrónico que recibí hace unos días y que me enviaba Juanma Carreño, quien fuera compañero de trabajo durante cinco años en la EPA Vicent Ventura de Valencia:

Bueno aquí en Valencia ya estamos en plenas fallas. Calles cortadas, olor a fritanga, puestos callejeros con buñuelos y churros, molestias por doquier… Pero esta mañana antes de emprender la huida he tenido un muy grato encuentro.

No sé si recordáis a E.S., una chica joven y guapa que recién llegada de Colombia se matriculó en la EPA Vicent Ventura y en un solo curso se sacó el Graduado en ESO y aprobó la prueba de acceso a CFGS. Pues bien, hizo brillantemente el Ciclo, accedió a Medicina y, aunque se tuvo que trasladar a Tarragona para hacer la carrera, la ha hecho a curso por año y acaba de aprobar el MIR con el número 500 lo que, según ella, le garantiza poder coger plaza para las prácticas de dermatología aquí en Valencia. Está encantanda y sigue supercontenta y agradecida al camino que se le abrió en la EPA. Y además, está más guapa si cabe.

Os manda un saludo cariñoso.

Con una historia como ésta ya se justifica la existencia de las escuelas de adultos. A pesar de que todo el mérito y el esfuerzo es de ella, la existencia de esta última puerta de reenganche a la formación académica merece la pena.

De vez en cuando, una alegría como ésta es gratificante para nuestro trabajo.  Aunque algunos ya tenemos en el horizonte la jubilación en el 2017 si los Presupuestos Generales de diciembre lo permiten.

Un abrazo.

Juan Manuel Carreño.

Olga Nohales

Olga 6La vida a veces te recompensa sin tú buscarlo. Así me siento yo en relación a Olga. Nada indicaba que nuestros destinos pudieran cruzarse, por mucho que ambos seamos del mismo pueblo y hayamos vivido, siquiera temporalmente, muy cerca el uno del otro. La profesión docente tiene estas cosas: la posibilidad inmensa de conectar con personas tan maravillosas como Olga. No exagero si digo que me conmueve la manera que tiene de construir el presente y de proyectarse hacia el futuro. De todo ello sé por ella en las esporádicas ocasiones en que nos encontramos en Sisante o por su abuela, a quien me une un afecto enorme y que viene de un pasado de vecindad como sólo en los pueblos ocurre. Fui profesor y tutor de Olga en aquel su 1º de Bachillerato en San Clemente. Un azar tan improbable que aún hoy me estremezco al recordarlo. De aquel curso sigo recibiendo obsequios a pesar de los años transcurridos. Uno de los más preciados: este contacto que mantengo con Olga y que me ha traído a escribir estas líneas. Ya sé que es un lugar común en este blog, pero es que lo siento así: ahora soy yo el que aprende. Y de Olga rescato tres lecciones: su mirada tierna hacia las personas excluidas de la sociedad, su afán insaciable por aprender y la manera tan sana y libre que tiene de construir su vida. Aunque ella no lo sepa, ésa es la huella que deja en mí. A la inversa dice: “Recuerdo en 1º de Bachillerato aquellas palabras que un día me dijiste: tú deberías dedicarte al tema de lo social. Pues así fue, algo viste en mí para saber que lo mío sería esto que es mi trabajo diario actualmente”. En este sentido, no sé si los profesores deberíamos mordernos la lengua antes de lanzar al viento consejos de esta índole. El caso es que lo hice y, al parecer, con un buen resultado. Con todo, un poco de prudencia no nos vendría mal cuando de lo que se trata es de otear el futuro profesional de nuestros alumnos.

 

La formación constituye uno de los pilares de la vida de Olga y por eso dice: “todos estos años atrás en el colegio, instituto, bachillerato y universidad marcan mi trayectoria personal y profesional”. De todo ello rescata personas y aprendizajes: “aprendizaje puro y duro. Olga 9Aprendizaje de diferentes profesores con vocación y aprendizaje sobre todo en el proceso de socialización con los otros”. De todos esos lugares por los que ha pasado recuerda especialmente el bachillerato y la universidad. Del bachillerato cursado en San Clemente dice: “era algo desconocido, algo que se temía porque tenías que decidir cuál sería la carrera profesional al terminar 2º. Conocí buenos profesores y compañeros”. En la Universidad de Castilla-La Mancha en Cuenca, Olga ha cursado el Grado en Trabajo Social y el Grado en Educación Social: “me siento afortunada de haber podido cursar dos carreras universitarias que me fascinan. Todavía queda mucho por aprender y mis retos educativos no han acabado, quiero seguir aprendiendo y formándome en el tema social pues es algo que siempre tuve claro que debía elegir”. Cuando hablas con Olga sientes su pasión por lo que hace y su pasión por aprender, dos ingredientes imprescindibles de la felicidad. Entonces uno piensa: ¡a ver si se nos contagia algo!

 

Olga 1Pese a su juventud, Olga ya posee un extenso bagaje laboral. Sus primeros pasos en el mundo del trabajo se remontan a la empresa familiar: “además de estudiar, ayudaba (cuando podía) en el trabajo familiar dedicado a la micología. Obtenía ganancias, pues mis padres recompensaban mi esfuerzo. Realmente hasta hace poco no valoraba el esfuerzo, horas y dedicación que mis padres realizan cada día por sacar el negocio familiar hacia adelante pues requiere de un gran sacrificio y de abstenerse de ocio y tiempo libre. Ahora que soy totalmente autónoma y no trabajo de ello, tengo buenos recuerdos de los ratos del trabajo en familia, las risas y charlas interminables”. También en el trabajo, aprendizaje y reconocimiento, por eso dice: “el paso por este negocio me sirvió mucho para aprender de mi abuelo, hombre de gran entereza al que le apasiona trabajar después de llevar una vida entera dedicándose a ello y en el que todavía dedica parte de su tiempo como ocio para ayudar a la familia. Un gran ejemplo de que querer es poder”. Ahora bien, “el trabajo más gratificante es el que realizo actualmente como educadora de un centro de menores”. Desde mi desconocimiento de ese mundo, me puedo imaginar la gran escuela de vida en la que se convierten esos centros. Aquí sólo puedo callar yo y dejar hablar a Olga: “sin duda cada día es una experiencia nueva pues la rutina no existe. Trabajar en un centro de menores te enseña a ver la vida desde distintas perspectivas y sobre todo a aprender de cada uno de los chicos que pasan por el centro de acogida. Este trabajo es el que me ayuda a formarme como profesional y como persona”. Aportar mucho y aprender mucho más, parece ser el lema de Olga: “muchas veces podemos pensar que por obtener títulos académicos somos nosotros los que enseñamos a los adolescentes y, sin embargo, considero que es más bien un intercambio mutuo. Incluso, a veces, se aprende más de los adolescentes que con tan corta edad han tenido experiencias de vida tan duras que pueden mostrarnos más que cualquiera con un título bajo el brazo”. Olga 8No debe de ser una tarea fácil, sin embargo, a Olga no hay nada que se le ponga por delante:“es una profesión vocacional y nada sencilla que se adquiere con la experiencia. En mi paso por el centro, como a cualquier profesional le sucede, el comportamiento se va modificando pues al principio uno está más pendiente de realizar bien el trabajo sin salirse de la estricta norma establecida que de disfrutar de él. Sin embargo, conforme pasa el tiempo, aprendes a disfrutar de los adolescentes, de sus historias y del trabajo sin pensar que es remunerado porque al fin y al cabo ejerzo de lo que me gusta”. ¿Y qué cualidades debe tener una buena educadora? Olga nos lo explica así: “ser flexible pero no demasiado tolerante, estricto cuando toca, empático, fuerte y tener la suficiente templanza.Considero que éstas son algunas de las cualidades importantes para trabajar con chicos que no han llevado una vida del todo sencilla y cómoda como muchos hemos tenido la suerte de vivir. Me gusta mi trabajo, escuchar, aconsejar a los chicos… A veces tomarán esos consejos; otras, no. Con todo, creo que lo importante es mantener esa actitud y no tirar la toalla, saber que no se fracasa como profesional si no ha salido como se preveía y que lo importante es seguir trabajando y luchando porque ellos tengan un futuro mejor”. ¡Qué gran lección!

 

Entre las experiencias vitales más importantes de su vida, Olga cita: la amistad, el amor y un viaje muy especial a Londres. Respecto a la primera, “además del aprendizaje que aporta estudiar aquello que por vocación eliges, conservar tan buenas amistades que complementan mi persona es un aprendizaje mayor a cualquier libro que he estudiado”. Y todo ello en una ciudad: Cuenca, de la que dice: “Cuenca es única. Sin embargo, no pensaba lo mismo hace seis años cuando me trasladé a aquella ciudad que no me motivaba nada para vivir. Hoy, no obstante, es el lugar en el que día a día sigo formándome en todos sentidos, donde comenzaron y contOlga 2inúan mis estudios y empleo y donde me encuentro feliz”. En cuanto al amor, Olga no cree “en eso de la media naranja pues es difícil coincidir con la otra mitad de un mundo tan inmensamente grande y si ya es difícil conocerse a uno mismo, ser afín a otra persona lo es aún más”. Olga relaciona la experiencia del amor con el concepto de resiliencia, es decir, con esa capacidad que tenemos de remontar cualquier situación difícil. Por eso dice: “he aprendido a sacar lo positivo de cada persona sabiendo que todas las experiencias que vives hacen de ti lo que eres hoy y sabiendo elegir lo que uno considera mejor para sí mismo”. En resumidas cuentas, “aún me quedan muchas experiencias por vivir, así es que enfrascarse en temas amorosos lo veo una tarea compleja”. Un último momento memorable en la vida de Olga coincidió con un viaje a Londres: “no sólo fue un viaje de ocio, fue un viaje en el que compartimos (familiares y amigos) carcajadas de las que dejan arrugas, momentos únicos difíciles de explicar. Al regreso me sentí renovada, con un cambio de actitud considerable y una felicidad que hizo volver a sacar lo mejor de mí. Por ello y muchas cosas más, no hablo de un simple viaje”.

 

Por todo lo dicho anteriormente, los lectores y lectoras de estas líneas entenderán por qué al principio del texto hablé de lo mucho que aprendo de Olga. Por si aún no ha quedado esto claro, aquí van las reflexiones sobre el oficio de vivir que nuestra protagonista de hoy nos lanza: “los humanos nos pasamos la vida pensando qué será de nosotros en un futuro próximo o lejano, ansiando momentos que creemos nunca llegan… Seguimos el patrón de la perfección que la sociedad nos ha dibujado (casarnos, formar una familia, tener un trabajo) ¿Ésa es nuestra felicidad? Sin embargo, ¿por qué no pensar en disfrutar cada día como si fuese el último? Claro, es muy difícil ya que nadie piensa que mañana será su último día sobre la faz de la tierra. ¿Y si así fuera? Entonces nuestro objetivo de vida cambiaría y éste sería vivir intensamOlga 7ente cada momento, recuperar el tiempo perdido y hacer esa clase de cosas que ni nos habíamos planteado, nos preocuparíamos más por vivir sanamente con nosotros mismos y con los demás, siendo mejores personas, exprimiendo al máximo cada segundo de nuestro reloj con las personas que aportan su granito de arena para sacar lo mejor de nosotros”. ¡Ojalá fuéramos capaces de hacer nuestras estas palabras! En el arduo camino de la felicidad, Olga no tiene la fórmula mágica pero sí que tiene claro qué es eso que nos ayudad a conseguirla: “de unos años a esta parte voy aprendiendo a dar más valor a cada detalle del día a día, a formarme como persona (lo que considero fundamental), a disfrutar de mi trabajo aprendiendo de cada experiencia de vida y pensando lo afortunados que somos por todo lo que tenemos. Me llena pensar en mi familia, en la unión que existe y en poder dar gracias por el hogar en el que me ha tocado crecer, con una educación, un cariño y unos valores difíciles de superar. Gracias a ellos me voy construyendo como persona”. Olga, creo yo, se ha tomado en serio eso que ella llama “construirse como persona”. Y pienso yo: ¿existirá un desafío mayor en nuestras vidas?, ¿existirá un viaje más apasionante en el que embarcarse? La respuesta a estas preguntas podría ser algo así: “un cortometraje interesante al que de vez en cuando dedico tiempo a verlo se llama Las esperas y dice lo siguiente: la felicidad no llega cuando conseguimos lo que deseamos, sino cuando sabemos disfrutar de lo que tenemos, no pensando en el mañana, sino viviendo el hoy. Atesora cada momento de tu vida y recuerda que el tiempo no espera por nadie, trabaja como si no necesitaras dinero, ama como si nunca te hubiesen herido y baila como si nadie te estuviese viendo”.

 

Esta gran lección de vida se complementa con esta otra sobre la situación del mundo. El diagnóstico no puede ser más certero: “los humanos hemos convertido el mundo en un lugar desastroso. Somos los únicos que tenemos el poder, el poder de hacer de él un lugar maravilloso y diferente si en lugar de odiar, amamos; en lugar de destruir, edificamos; en lugar de juOlga 3zgar, comprendemos; en lugar de quitar, compartimos; en lugar de quejarnos, buscamos soluciones. Pero humanamente vivimos solo bajo el paraguas de nuestros propios intereses, por ello no somos capaces de acabar con las guerras o la pobreza”. Aquella sensibilidad social de la que hablaba casi al principio, Olga la despliega en toda su extensión cuando dice: “veo el mundo como un lugar injusto, en el que dependiendo de la parte del planeta en el que te toque nacer y crecer eres más o menos afortunado. Un lugar en el que todo se materializa y sólo existe la riqueza y la pobreza, el tanto tienes tanto vales. Hemos convertido el mundo en un espacio poco humano, con demasiadas fronteras y distinción de razas, olvidando que todos somos personas”. Este estado de cosas, Olga lo resume citando la canción de Melendi “Cuestión de prioridades” cuando dice:
A mí me preocupan más los niños que mueren de hambre
pero si me apuras me dan más pena sus madres.
Perdonen sus gobernantes esta mía ignorancia,
no entiendo que en pleno año 2000
a mil kilómetros de aquí
se están muriendo de hambre…
Que la vida no se pierda en las pateras,
que los desastres naturales se repartan,
que a perro flaco parece todo son pulgas…
Y que las ropas estén sucias o estén rotas
casi nunca están reñidas con tener buen corazón.

 

Haciendo uso de una herramienta de diagnóstico social como es el DAFO (Debilidades, Amenazas, Fortalezas y Oportunidades), así ve Olga el mundo: “como debilidad, el ser humano por naturaleza tiene miedos. Esos miedos se reflejan en los rostros de la sociedad hoy en día, en una posición defensiva frente al otro. Una amenaza importante es la extinción de muchas especies de animales y plantas por no cuidar nuestro planeta. La humanidad consume muchos más recursos de los que la tierra es capaz de regenerar, con lo que el planeta peligra. Como fortaleza he de decir que tenemos los recursos necesarios para hacer del mundo un lugarOlga 5 mejor, contaminando menos, y es que tenemos a nuestro alcance la oportunidad de hacer el amor y no la guerra. Como oportunidad destacar la que nos da la vida al nacer y poder aportar un granito de arena para colaborar en un mundo sin armas ni guerras y predicando paz y generosidad. Probablemente se erradicarían muchos de los problemas que nos aterran hoy”. Está claro que al género humano mejor le irían las cosas si fuera capaz de realizar un DAFO como éste. Junto a todo ello, las nuevas tecnologías se han convertido, según Olga, en un arma de doble filo: “aunque son adelantos, nos quitan mucho tiempo para realizar cosas verdaderamente importantes o simplemente observar los detalles del día a día”. En este sentido, el panorama no es nada halagüeño: “los jóvenes pasamos la mayor parte del día entre pantallas perdiendo lo que pasa a nuestro alrededor. Somos más infelices que otras muchas personas que viven sin un móvil o un ordenador en países empobrecidos. Veo que en el futuro las máquinas se adueñarán del planeta y el cerebro de los humanos estará todavía menos cultivado, nos limitaremos a realizar lo mínimo, y eso es un retroceso”. El antídoto contra todo ello, Olga nos lo ha mostrado a lo largo de todo este texto: cimientos firmes (que es lo mismo que decir valores) y un proyecto de vida buena (que no es lo mismo que buena vida) conducente a la felicidad. Ella es un buen ejemplo de todo ello.

 
Y ya Olga 4para acabar, siempre acabo por dar las gracias. Ella me las da así: “gracias por aportar a tus alumnos tanta sabiduría y aprendizaje, por ser una persona empática y no dejar de formar buenos alumnos. Ojalá volvamos a coincidir en un aula en la que pueda ser tu alumna de nuevo y seguir aprendiendo de ti”. Agradezco sinceramente estas palabras pero no es falsa modestia si digo que son un tanto excesivas. Los lectores y lectoras después de leer todo esto entenderán por qué lo digo. Yo soy quien quisiera coincidir en un aula (o donde sea) con Olga para poder seguir aprendiendo de ella. No quiero darte otro consejo (como aquél “tú deberías dedicarte a lo social”) pero sigue siendo así, creciendo. Gracias por estar ahí y por permitir acercarme siquiera un momento.