Eva G.

6Han pasado ya unos cuantos años desde aquel día –creo que era del mes de mayo– en que Enrique M. entró por primera vez en el despacho de la EPA Vicent Ventura de Valencia para pedir información sobre cómo podía retomar sus estudios. Desde entonces hasta hoy le han pasado muchas cosas: el Graduado en Secundaria, el título de Técnico Superior de Electricidad, unas mayores expectativas laborales y la perspectiva de cursar una carrera universitaria. ¿Magia? No, trabajo y constancia. Pero no quería hoy hablar de Enrique –ya habrá tiempo en otra ocasión– sino de Eva, su compañera. Y es que la Educación de Personas Adultas tiene estas cosas: funciona muchas veces como una cadena humana, de manera que uno/a llega de la mano de alguien que le precedió. Así llegó Eva, después de Enrique, y por eso dice: “él fue el que me animó a sacarme el Graduado en Secundaria en la Escuela de Adultos Vicent Ventura”. Si la progresión de Enrique ha sido meteórica, la de Eva no le ha ido a la zaga: en unos años ha conseguido el Graduado en Secundaria, el título de Técnico Auxiliar de Enfermería de Grado Medio y ha aprobado las oposiciones para trabajar en un hospital público. ¡Ahí es nada! El día en que me comunicó que había aprobado la oposición me sentí muy muy orgulloso de ella. Ésta, entre otras, es una de las ventajas de trabajar en la Educación de Personas Adultas: a veces, en poco tiempo alcanzamos a ver la progresión tan extraordinaria que lleva a cabo nuestro alumnado.

Para mí Eva es una de esas personas en las que la humanidad se da en estado puro. Y derivada de esa humanidad, todo un caudal de cualidades entre las que destaco: la sencillez, la humildad, la sensibilidad, la empatía, la bondad… De ello pude empezar a darme cuenta el año en que Enrique cursaba el GES y ella lo acompañaba. En las fiestas nunca faltaba su extraordinaria tortilla de patatas. Eva es generosa y también agradecida: “soy una persona muy afortunada pues se me dio la oportunidad de conocer a unos profesores increíbles y a unos compañeros de estudios, de los que aún conservo su amistad”. Todo en ella es positividad: “no entiendo a las personas que están siempre de mal humor, o que discuten por cualquier tontería. Pienso que la vida es muy corta y dura en sí misma como para amargarse gratuitamente. Las desgracias vienen solas, no hay que buscarlas. Por ello, siempre busco lo bueno en las personas. Aunque a veces no me doy cuenta de que intentan hacerme daño. Esas personas me dan mucha pena”.

3Eva encarna para mí el esfuerzo, y también el potencial latente agazapado a la espera del momento oportuno para emerger plenamente. Con todo, sus primeros pasos por el sistema educativo no fueron fáciles: “me acuerdo que no tuve un buen inicio, pues era una niña muy despistada. Me distraía por cualquier cosa. Fui siempre a colegios públicos, pero no siempre al mismo, así que no pude echar raíces en ninguno”. A este desarraigo se sumó el provocado por su emigración a Suiza: “a los once años emigramos a Suiza. Allí los inicios fueron muy difíciles, no entendía la lengua y tuve que espabilarme para salir adelante. De 4º a 7º curso lo pasé fatal, pero en 7º cambié de colegio y tuve la suerte de tener una maestra muy entregada con sus alumnos y que consiguió que aprendiera el idioma”. Acostumbrados al alumnado de origen extranjero que llega a nuestras aulas, sobrecoge este relato tan vivo de una emigrante española explicando su paso por el sistema educativo suizo. Quizás así empecemos a valorar el esfuerzo titánico que realizan muchos de esos alumnos/as venidos de otros países en su intento por integrase en nuestro sistema educativo. Eva contó en ese empeño con una ayuda extra, la que le brindó la acción educativa española en el exterior de la mano de una profesora: “también iba 4 horas a la semana a la escuela española donde sobre todo dábamos lengua y geografía. Me saqué el graduado escolar también por el empeño de la maestra que se sacrificaba los fines de semana para darnos clases adicionales. La recuerdo con mucho cariño. Consiguió también dos subvenciones para llevarnos una semana a Barcelona y otra a Galicia de viaje cultural. Había niños, como yo, que no habían estado nunca fuera de la provincia de donde venían sus padres, y fue una experiencia muy gratificante”.

Aquí acaba la primera fase en la formación académica de Eva: “después de salir del colegio a los 16 años, por circunstancias, no pude estudiar más y me puse a trabajar”. Después de un largo paréntesis, la vuelta a las aulas: “cuando volví a España, me di cuenta de que necesitaba seguir estudiando y estoy muy agradecida de que se me diera la posibilidad de terminar mis estudios. Tenía mucho miedo de fracasar, dudé mucho, pero soy una persona afortunada y conocí a unos maestros estupendos, que me dieron la confianza en mí misma para poder lograrlo. También tengo que decir que mi marido fue el que me animó al principio, me apoyó en todo momento y me ayudó mucho”. El agradecimiento de Eva, me consta, es sentido: a sus profesores y a su compañero. ¿Y cómo se operó el cambio? Es lo que yo llamo el fuera miedos, ese proceso personal por el que empezamos a tomar conciencia de nuestras aptitudes y que nos hace encarar cualquier reto con confianza. En ese proceso, Eva no estuvo sola –he ahí otra de las claves-: “los profesores me animaron en todo momento a seguir estudiando, a ver la vida de otra manera, me abrieron los ojos a la cultura, al saber y que no importa la edad que tengas mientras lo hagas con ilusión”. Una vez producido el clic, todo lo demás vino rodado: “después del Graduado, me saqué el título de Técnico Auxiliar de Enfermería de Grado Medio. Lo curioso fue que en mi clase del instituto sólo había cinco o seis jovencitos, los demás éramos todos mayores de treinta e incluso más. Todos compartíamos los mismos miedos y nos ayudábamos mucho en los estudios. Éramos una clase ejemplar según los profesores. En el día de hoy he aprobado mi primera oposición y opto a un puesto de trabajo en un hospital”.

9¿Y qué queda de todo ello? En primer lugar, la confianza recuperada y la satisfacción individual (y la compartida): “estoy muy contenta con mis logros. Hace siete años ni yo misma daba un duro por mí. Durante ese tiempo mi compañero también se lo sacó todo y ahora es Técnico Superior de Electricidad. Nos ha costado nuestro sacrificio pero ha valido la pena conseguirlo. Estamos muy orgullosos”. Yo también estoy muy orgulloso de ellos. En segundo lugar, la realización personal: “creo que con todo esto, y con la ayuda de estos maestros que influenciaron mi vida, he podido realizarme como persona”. Y por último, el poder  leer el mundo desde diferentes puntos de vista: “ahora puedo ver y entender la vida de otra manera. Aunque aún siga estudiando, pues el saber no ocupa lugar”.

Si la experiencia migratoria marcó la vida escolar de Eva, la trayectoria laboral no iba a ser menos: “trabajé nueve años en diferentes fábricas en Suiza, y es otro mundo. Quiero decir, desde que entras hasta que sales no paras de trabajar. Todo cuenta: puntualidad, rapidez, exactitud, eficiencia… Tienen otras normas, aunque yo tuve suerte en mis trabajos. Conseguí respeto y confianza, que es muy bonito. Tuve diferentes trabajos y no me conformé con ser una autómata sino que aprendí cada día una cosa más hasta llegar a ser independiente en mi trabajo”. Ya de vuelta, el aprendizaje continuó: “aquí en España, los trabajos que hice como camarera o como auxiliar de enfermería en prácticas en el hospital me aportaron diferentes perspectivas. De camarera no paraba, pero en el hospital llegué a aburrirme porque no me dejaban hacer, no estaba bien visto. Desde luego noté que la gente no estaba contenta con el sueldo que recibía y no movían un dedo si no era necesario. Incluso, cuando estaba cuidando a un enfermo en el hospital, a los familiares de los otros pacientes les resultaba extraño que no parara de estar pendiente de él. No me pagaban mucho pero había aceptado cuidarlo con todas las consecuencias que eso conlleva. De todas formas, te tiene que gustar lo que haces para hacerlo con una sonrisa, sobre todo si trabajas de cara al público”. Yo diría que así es Eva en todo: entregada y comprometida.

A la pregunta de qué experiencia vital es la que más le ha influido, Eva lo tiene claro: la emigración: “la (experiencia) más grande fue sin duda irme a vivir a otro país”. De manera divertida explica cómo fue cambiando su percepción sobre los suizos: “antes de irme a vivir con mi madre a Suiza, incluso pensaba que los suizos tenían que ser muy diferentes a nosotros en aspecto, como si fueran marcianos. Después ya comprobé que no, lo único es que no les entendía cuando hablaban”. La experiencia migratoria de Eva no fue un camino de rosas: “nunca fui extrovertida y eso influyó negativamente a la hora de relacionarme con otros niños, y también que me costara tanto aprender el idioma. Los niños de mi clase me gritaban para que les entendiera, aunque no era sorda. Aprendí enseguida a defenderme en italiano gracias a la televisión, ya que no podía ver ningún canal español pero sí el del cantón del Tesino. También había muchas compañeras de clase italianas que lo hablaban. Pero no todas estaban dispuestas a ayudarme. Por aquel entonces no había muchas españolas y la mayoría de las italianas eran nacidas allí y no comprendían el problema de no poder comunicarse”. Leyendo el relato de Eva, como ya hemos comentado más arriba, quizás entendamos un poco más a esos miles de alumnos/as que, venidos de todo el mundo, han poblado en los últimos años nuestras aulas: “mis relaciones con suizos eran escasas. Me gastaban bromas, tales como decirme mañana no vengas a clase que no tenemos o tener que cambiar de colegio en alguna materia y no enterarme. Nadie estaba dispuesto a decirme nada. Al otro día la maestra me preguntaba que qué había pasado, porque allí si faltas a clase se preocupan mucho”.

2Después de un tiempo, afortunadamente, las cosas empezaron a cambiar: “al final poco a poco iba buscándome la vida para poder entenderme y empezar a hacer amigas, aunque no fue fácil que me aceptaran. Intercambiaba favores, por ejemplo: tú me ayudas en el alemán y yo te ayudo con el francés, pues se me daba muy bien”. ¡Supervivencia pura y dura! El hecho decisivo que marcó un punto de inflexión vino con la socialización en un entorno español y con la incorporación a la escuela española: “no salía de casa y, cuando lo hacía, estaba loca por encontrarme por la calle con alguna española o español para poder hablar mi idioma. Mi madre me apuntó en la Asociación de Padres de Familias Españolas, que era donde se reunían los fines de semana los españoles, y nos fue de mucha ayuda porque conocí a otras niñas y niños de mi edad. Me apuntó a la escuela española y las cosas me fueron mucho mejor”. Las cosas le fueron tan bien hasta el punto de que volver a España no entraba en sus planes. Sin embargo, y por circunstancias de la vida, regresó y ahí empezó su segunda nueva vida. Éste parece ser el sino de quienes viven entre fronteras: nacer y renacer para volver a nacer, y así sucesivamente. De la vuelta a España, ella dice lo siguiente: “la vida puede darte un vuelco cuando menos te los esperas. En Suiza, yo tenía un trabajo estable y una vida tranquila y bastante acomodada. Eso sí, echaba de menos la familia y mi país, porque hasta que no vives en el extranjero no te das cuenta de las diferencias de cultura y formas de pensar que tiene la gente…”.

A día de hoy, Eva se reconoce como una persona feliz, y ello gracias a las pequeñas grandes cosas de la vida, su actitud vital y, por supuesto, su pareja. Entre esas pequeñas grandes cosas de la vida cita las siguientes: “la familia, los amigos, mi gato, el buen tiempo, las flores, los pájaros, el amor a la vida… Hago muchas cosas que me llenan: trabajos manuales, leer un libro, estudiar, dar un paseo, cocinar una buena comida para los míos, cuidar a mi madre y a mi marido y darles todo el cariño que puedo, disfrutar de las personas que están a mi lado…”. Respecto a su actitud vital, nos podemos hacer una idea a partir de estas palabras: “soy una persona muy optimista, aprecio cualquier cosa por pequeña que sea, sólo me falta un buen trabajo, para realizarme, y lucho por conseguirlo… Creo que con una sonrisa y cariño se consiguen muchas más cosas, y es muy importante estar en paz consigo misma”. Y en cuanto a su compañero, aquí nos explica qué es lo que le aporta en su vida: “trabajando en el bar de mi hermana conocí a mi actual pareja, un hombre buenísimo que me animó a ser mejor persona y a quererme un poco más a mí misma. Por entonces yo era una persona bastante tímida y muy miedosa, no creía que sería capaz de conseguir nada en la vida”. Paradójicamente, yo diría que lo ha conseguido todo, y si no, ¿cuántas personas pueden decir como ella: “en resumen soy feliz”?

Sólo ya unas palabras de reconocimiento y de despedida: Eva, gracias por haber compartido tu historia conmigo, gracias por ser como eres y gracias por mostrarnos cómo los caminos esforzados de la vida -aunque no siempre ocurra- tienen su recompensa.

“Una temporada para silbar” de Ivan Doig

una-temporada-para-silbarSon muchas las obras literarias que, de manera más o menos directa, hablan de la escuela o la tienen como marco. En unos casos, el enfoque puede acercarse a lo testimonial; en otros, alejarse hacia la ficción. En cualquier caso, cuando el lector es además docente, es inevitable enfrentarse a ellas con un afán evaluador que le confirme o refute sus creencias sobre la escuela, asentadas estas en su particular credo pedagógico y en su experiencia. Esto es, más o menos, lo que me ocurrió con la lectura de “Una temporada para silbar” de Ivan Doig (Libros del Asteroide). La novela nos ofrece un fresco vivísimo de la escuela rural de Marias Coulee (Montana) en 1909-1910; sin embargo, buena parte de lo que en ella se cuenta podríamos traerlo al presente sin dificultad alguna. Y es que estamos ante una historia “ambientada a principios de siglo, pero contemporánea en sus temas”, según reza la reseña del The Seattle Times que aparece en la contraportada del libro. Por ello me pregunto si de un ejercicio de lectura semejante podemos sacar algo en claro. Intuyo que sí y que la lectura de textos literarios puede contribuir decididamente al aprendizaje de un docente reflexivo. Este es el camino que yo he recorrido con este libro. Corresponde a cualquier otro trazar el suyo.

El narrador de la novela es Paul Milliron, superintendente de Instrucción Pública, quien se enfrenta al dilema de dictar “la sentencia de muerte  de las escuelas de una sola aula”, siendo él mismo “el producto de una de esas escuelas que me han pedido que entierre”. Para Milliron, eso sería “un grave error” pues  “si en Marias Coulee no se aprendían las lecciones de la escuela de la vida, no sé dónde más podrían aprenderse”. Con el cierre, “ya no habrá escuelas para que los niños estudien. No habrá escuelas para los bailes de los sábados por la noche. No habrá escuelas para el día de las elecciones, ni para las reuniones de la asociación de granjeros, ni para el club de jóvenes, ni para el concurso de bordado, ni para el torneo de canasta, ni para el grupo de lectura. Para ninguno de esos encuentros que son el pan y la sal de la comunidad”. Con el Sputnik surcando el cielo, la excusa para el cierre apunta a que “son las escuelas rurales las que se han quedado rezagadas frente a nuestros tiempos”. Aunque, como aquí con la fiebre privatizadora en la educación, Paul Million llega a sospechar que “el presidente del comité de asignaciones puede tener alguna inversión en las empresas de autobuses”, beneficiarias directas de la clausura de las escuelas rurales.

ivan-doigAntes de tomar una decisión, el Paul Milliron adulto se remonta a sus años jóvenes para mostrarnos cómo era aquella escuela rural unitaria a la que tanto debe y cómo cambió el curso de su vida con la llegada al pueblo de Rose y su hermano Morrie huyendo de un turbio pasado. Morrie, un dandi sabelotodo, acabará desempeñando el trabajo de maestro hasta convertir la escuela en “el centro de nuestras vidas”, en palabras del joven Milliron. El Paul Milliron superintendente de Instrucción Pública lo recuerda así: “ojalá pudiera embotellar esa pasión que Morris Morgan ponía en sus clases de astronomía y entregar una botella a cada uno de los maestros bajo mi jurisdicción”. Así recuerda nuestro narrador el primer contacto entre el nuevo profesor y sus alumnos: “me revolví en el asiento mientras la mirada colectiva del aula permanecía en el personaje que estaba al frente de la habitación. Por mi experiencia en ambos frentes del aula, sé que en esa mirada hay duda, asombro, emoción, esperanza, algo de temor y algo que se acerca a la adoración: esos son todos los ingredientes de ese primer encuentro entre el maestro y aquellos cuyo destino es sentarse y aprender”.

Pero, ¿qué tenía aquel profesor de especial?, ¿qué lo hizo memorable? Puede que fueran su pasión y su acercamiento al saber, humanístico y científico a un tiempo, como ejemplifica la manera que tuvo de presentar a su alumnado lo que es un pluviómetro: “un medidor de precipitaciones… El nombre viene de pluvia, que significa ´lluvia´ en latín… Con este sencillo pero eficaz instrumento científico podemos tomarle el pulso a la naturaleza y contabilizar los dones del cielo”. Y todo con un propósito, con una utilidad capaz de mejorar el entorno: “─Antes de que se marche ─Morrie se levantó y le enseñó a papá nuestra libreta de registros climatológicos─, quiero enseñarle algo de interés para los agricultores”.

marias-coulee-1En esta ficción que es “Una temporada para silbar”, el maestro Morris Morgan ya utilizaba el ABP (Aprendizaje Basado en Proyectos): “nos dijo que todos nos convertiríamos en científicos” y que la astronomía sería “nuestro segundo proyecto científico en 1910”. En su afán por enseñar mostrando, Morrie lleva a clase un “planetario de mesa”. Fue entonces “cuando comprendí que Morrie no descansaría hasta que empezáramos a pasar la noche en vela, recorriendo con un dedo las constelaciones”. La explicación sobre la fuerza de la gravedad, siguiendo el ideario pedagógico de Morrie, también irá acompañada de experimentación: “para concluir, Morrie dejó caer la manzana, que se estrelló contra el suelo con un plof… El momento marcó hasta dónde estaba dispuesto a llegar Morrie en sus excursiones por la ciencia: si hacía falta llevarnos hasta el Edén para que comprendiéramos la ley de la gravedad, allá iríamos… Curso tras curso, todos nos lanzamos a experimentar la fuerza de la gravedad. Una pelota y una fiambrera vacían caían a la misma velocidad, pero también una pelota y una fiambrera que estaba llena, según descubrimos con asombro. Una bota y el capuchón de una pluma. La regla y el borrador de la pizarra”.

Morrie, como hacen tantos docentes atentos a la actualidad, la acerca a su alumnado, en este caso en forma de cometa.  El Halley: “se llama así en homenaje al astrónomo con ojo de lince que lo descubrió. Un prodigio celestial, que atraviesa el firmamento arrastrando una cola de luz. Solo regresa cada setenta y cinco años. Es decir, que la última vez que estuvo aquí no existían los pueblos de la frontera, ni las máquinas voladoras, ni la fotografía. Paraos un momento a pensarlo”. El interés por el cometa cristalizará en un proyecto, “la Noche del Cometa”: “─Yo daré una charla sobre los fenómenos del cosmos ─dijo Morrie al pasar. Pero luego, vosotros…”. El proyecto debería mantener ocupado al alumnado durante tres semanas. Sin embargo, como si de una burla del destino se tratara, en ese tiempo la llegada del inspector para valorar los llamados Estándares pondrá a prueba la determinación del profesor y su alumnado para llevar a cabo su proyecto. Los Estándares son “los exámenes estándar del estado, para ver qué saben los niños en comparación con los de otras escuelas”. A los estándares, la LOMCE los llama reválidas. De esta manera, en “Una temporada para silbar” aparece ejemplificado claramente el dilema de si enseñar para aprender o enseñar para aprobar un examen. Taggart, el inspector, parece no dar crédito: “─¿Y ha conseguido sacar tiempo en horas de clase para festejar al cometa con bombos y platillos? Ya veremos”. Los resultados no dejarán lugar a dudas: “tras alcanzar el límite de sus cumplidos, Taggart retornó a la lista de resultados. Casi no podíamos creer el recital. Asignatura tras asignatura, la escuela de Marias Coulee tenía motivos para que el resultado se le subiera a la cabeza: estaba a la altura de los Estándares”.

cometa-halley¿Y cómo fue la Noche del Cometa? Como podemos imaginar, todo un éxito: “─Damas y caballeros ─anunció Morrie con toda pompa, a punto de dar la señal con la mano─, es un honor presentarles a la banda de armónicas de la escuela de Marias Coulee… a partir de ahí, el éxito dependía del esfuerzo de todos. Desde los más pequeños hasta los mayores, todos soplamos en ese instrumento básico como ninguno, poniendo todo el corazón en ello”. Como vemos, aprendizaje colaborativo en estado puro y en el que todos aportan lo mejor de sí mismos: “el virtuoso de nuestra orquesta era Milo. Probablemente nunca llegara a dominar una escala de la vida más compleja que la de la armónica, pero esa noche su solo de Follow the Drinking Gourd se elevó como una dulce brisa hacia la noche, en busca de las constelaciones del espíritu”. El veredicto del inspector no pudo ser más favorable: “─Desde luego, nunca he visto nada parecido en un aula escolar… ¡Tiene un diez en iniciativa!”. El paso del cometa además se cierra con una coincidencia sorprendente: “El hecho de que Mark Twain hubiera venido al mundo con el cometa Halley y se hubiera marchado con él trazaba un paréntesis en el firmamento que daba mucho que pensar”.

La novela de Ivan Doig entronca directamente con el propósito de este blog, y lo hace de manera doble. Por un lado, ejemplifica hasta qué punto ocurre a veces que somos lo que somos gracias a un maestro/a, como le ocurre a Paul Milliron con Morris Morgan. Y por otro, responde a la pregunta que nos hacíamos al principio de este texto: ¿puede la literatura que habla de la escuela arrojar alguna luz a los lectores docentes? A mí sí me lo parece. Gracias a esta novela podemos reflexionar acerca de asuntos tan nucleares al debate educativo como: a qué modelo docente aspiramos, cómo ganar para la curiosidad a nuestro alumnado a través de proyectos estimulantes y útiles, de qué manera conseguir sacar lo mejor de cada cual, cómo enseñar para aprender y no para aprobar, etc. Más allá del ruido mediático que todos estos asuntos levanta últimamente, una sencilla novela nos ilumina el camino. Os animo decididamente a recorrerlo.

Pilar Pérez Esteve, Fernando Trujillo y Toni Solano felicitan a Felipe Zayas

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Ayer, 18 de junio, fue el cumpleaños de Felipe Zayas, todo un referente en el mundo de la didáctica de la lengua y la literatura (entre otras cosas). Fueron muchos los que se acordaron de la celebración y lo felicitaron. Recordar a un maestro o a un colega, del que no dejamos de aprender, es más que un gesto: es la prueba de que enseñamos y aprendemos a base de afectos, entre los que se cuenta la gratitud. Eso es lo que han hecho, entre muchos otros: Pilar Pérez Esteve, Fernando Trujillo o Toni Solano, todos ellos fuentes inagotables de las que bebemos muchos de los que nos dedicamos a la enseñanza de la lengua y la literatura.

Pilar Pérez Esteve en Feliz cumpelaños, Maestro evoca a Felipe Zayas de la siguiente manera: “¿somos capaces de recordar a aquél maestro que nos emocionó con sus relatos? ¿Cómo despertaba en nosotros la curiosidad? Cierra los ojos. ¿Recuerdas su mirada? Esa sonrisa apenas esbozada que te llenaba de seguridad. Incluso la rabia que hinchó las venas de tu cuello cuando no se conformó con ese trabajo mediocre porque tú podías hacer mucho más, ´se va a enterar este pesado´, pensaste. Y después, esa emoción en tu pecho. Eras tú quien leía ahora en voz alta. Era tuyo ese texto que milagrosamente había salido de tu pluma, todavía no te explicas cómo, pero sí, tú eras el autor. Un milagro. Si has tenido la suerte de tener una gran maestra, un gran maestro, sabes de lo que hablo”. En estas palabras se encuentra implícita la definición de lo que es, o debería ser, un maestro/a y que podríamos formular de la siguiente manera: “dícese de aquella persona que es capaz de ver en otra todo su potencial y que la conduce a territorios que ni esta última imaginaba”. ¿Y cómo hacerlo? Para responder, Pilar Pérez Esteve toma como modelo a Felipe Zayas: “un buen maestro muestra, acompaña, escucha, conversa y confía… Y eso hacía Felipe en sus clases… Así son los grandes maestros, sacan lo mejor de ti”. Para ilustrarlo, la propia Pilar se pone como ejemplo de ello: “me pasa con Felipe lo mismo que cuando disfruto jugando al tenis. En partidos con una pareja inexperta no doy bola, me desanimo, me aburro. Pero cuando juego con alguien que me lanza las bolas para que llegue, me fuerza cuando ve la ocasión, desacelera cuando estoy al límite para volver a presionar y dejar esa pelota, justo ahí, donde sabe que si corro puedo llegar… entonces me siento Garbiñe Muguruza”. Recordando a Felipe Zayas en el día de su cumpleaños, Pilar Pérez Esteve nos regala una gran lección que todos los que entramos a diario en un aula no deberíamos olvidar: “Felipe es un maestro que confía en sus alumnos, que guía y acompaña porque confía, desde lo más profundo de su corazón, en que todos pueden llegar más lejos”.

Por su parte, Fernando Trujillo en Feliz cumpleaños, #FelipeZayas, y perdona la felonía añade una nueva dimensión a la profesión docente al considerar que “el auténtico maestro sabe que su tarea educadora ocurre, en efecto, en el aula pero transcurre en otros lugares: en los pasillos, en los patios, en la calle, en las asambleas vecinales, en el compromiso político y sindical, en el atril de conferencias y, por supuesto, en las pantallas de la comunicación electrónica”. El buen maestro derriba, pues, las paredes del aula pues es consciente de que su quehacer ha de encarnarse tanto dentro como fuera de ella. Y de nuevo, ¿cómo conseguirlo? Fernando Trujillo apunta a la coherencia, las palabras y los gestos, atributos todos ellos de Felipe Zayas. Respecto a la coherencia, leemos: “por eso a mí me convence de ti, Felipe, tu coherencia. Si un educador no lucha por mejorar su pueblo, su región, su país o el mundo, no está siendo coherente. Si un educador cuando habla o escribe no está entregando su palabra y su gesto tanto para el bien de sus estudiantes como para el bien común, realmente no está cumpliendo con su compromiso ético y está traicionando, entonces sí, a la profesión y a la sociedad. Los educadores no somos neutrales nunca: o contribuimos a construir una sociedad mejor (más justa, más solidaria, más empática, más libre, más feliz) o estamos siendo agentes de control y opresión para el beneficio de la Minoría Poderosa”. Por supuesto, la educación nunca es neutral; todo lo contrario, es un tomar partido a cada paso. ¿Reproducir o transformar?, esa es la cuestión. La educación, especialmente la pública, no debería tener opción: su defensa del bien común y su proyecto de una sociedad mejor son requisitos que quedan fuera de cualquier negociación. Respecto a la palabra y el gesto, Fernando Trujillo dice: “la Educación es palabra provocadora y sorprendente, palabra que te llena y que te agita, que te despierta y te acerca a ti mismo y a ese tú que solo encuentras en los Otros. Pero la Educación también es gesto: gesto que se compromete, que te acoge, que te guía, que te ayuda a correr y te levanta cuando caes y que, finalmente, te despide cuando marchas para caminar por ti mismo la senda de la vida”. Cuando coherencia, palabra y gesto confluyen en un docente (éste es el caso de Felipe Zayas), su magisterio no cesa nunca.

Toni Solano también se suma al reconocimiento a Felipe Zayas y lo hace en Feliz cumpleaños, #FelipeZayas: maestro y amigo (en su blog Re(paso) de lengua): “Felipe se asoma hoy a este blog porque es su cumpleaños y porque es un placer para el discípulo rendirle este pequeño homenaje: Felicidades, Felipe”. Como en una carrera de relevos, Felipe pasó el testigo didáctico a Toni, éste a sus alumnos y alguno de ellos estará llamado a hacerlo a unos nuevos pupilos. Ahora bien, pasar el testigo no significa desprenderse de sus atributos sino que éstos conviven de manera sincrónica tejiendo una red tupida de complicidades educativas. La complicidad, pues, entre Felipe y Toni sigue existiendo y se remonta a los tiempos en que aquel Toni Solano primerizo se enfrentó al reto de tener que enseñar y que sus alumnos aprendieran. Él lo cuenta así: “cuando terminé mi carrera de Filología y hube de cumplir con el CAP (aquel curso de aptitud pedagógica, más trámite que curso y más escalón que barrera), Felipe Zayas fue el encargado de ilustrarnos en el módulo lingüístico y literario… Muchos pensábamos que dar clase era repetir con mayor o menor gracia lo que habíamos aprendido. Pero me topé con Felipe y empecé a intuir que eso de dar clase iba a ser más complicado de lo que parecía en principio, y que enseñar lengua y literatura requiere una planificación exhaustiva de objetivos y procesos. Aún me faltarían unos años para entender lo complejo que resulta enseñar cuando alguien no está dispuesto previamente a aprender. Como digo, Felipe Zayas sentó mis bases de formación pedagógica…” Pasados los años, a aquella primera lección Toni sumó otras nuevas ofrecidas por Felipe desde su blog: “en el año 2006, con mi plaza docente bien asentada, abrí este blog y empecé a husmear en las redes. Y ahí estaba Felipe de nuevo, con su blog de referencia. En aquel blog -y en otros que ya he mencionado aquí anteriormente- encontré una vez más las claves que necesitaba para mi enfoque didáctico de la lengua y la literatura”. En palabras de Toni Solano, Felipe Zayas es un maestro pero también un pionero: “para muchos profes de lengua, Felipe es el dinosaurio de Augusto Monterroso, pues da la impresión de que no nos queda ningún camino por recorrer que no haya desbrozado él antes”. Un maestro memorable, como es Felipe Zayas, transita por caminos inusuales; ésos que luego frecuentan los que vienen detrás.

No me queda nada más que agradecer a Pilar Pérez Esteve, a Fernando Trujillo y a Toni Solano sus palabras que, nacidas del reconocimiento a su maestro y colega, nos iluminan un poco el futuro. Y, por supuesto, mi reconocimiento en la distancia al magisterio de Felipe Zayas, sin cuyas aportaciones no entendería la docencia como la entiendo.

Josep Miquel Arroyo: “No dejamos nada”

tumblr_o59ffiDFYW1u8pswyo1_1280No es la primera vez que leyendo el blog de un compañero uno encuentra formulada una idea largo tiempo madurada pero que hasta ese momento andaba a la búsqueda de su expresión más precisa. Esto es lo que me pasó leyendo el blog DidàcTIC de Josep Miquel Arroyo: “no nos debería obsesionar qué pensarán nuestros antiguos alumnos sobre nosotros, sino qué huellas nos han dejado ellos para mejorar la labor en clase con los alumnos que están por venir”. ¡Exactamente! Así entendido, cualquiera de nuestros alumnos  sería un emisario involuntario de todos los que están por llegar y “son tan generosos que nos dejan su conocimiento presente para que lo invirtamos en mejoras de futuro”. Si Fernando Trujillo habla de experiencias memorables de aprendizaje, nosotros aquí hablamos de alumnado memorable. Todo alumno debería serlo, y no sólo aquél que recordamos por alguna razón (positiva o negativa). La misión puede parecer imposible cuando los cursos y las promociones se suceden. Valga, pues, la exageración y apliquémonos el consejo de J. M. Arroyo cuando dice: “los profesores y profesoras deberíamos recordarlos a todos. Y hagámoslo con cariño, porque lo son todo”.

Todas estas reflexiones aparecen en la entrada No dejamos nada, que de alguna manera da respuesta al Encuentros en la tercera fase de Ramón Paraíso (De vuelta). J. M. Arroyo se plantea qué poso dejamos los docentes en nuestros alumnos y llega a la conclusión de que “no dejamos nada”. Esta afirmación tan categórica admite, sin embargo, algunos matices, que el propio J. M. Arroyo irá desgranando a lo largo de su texto. Puede que sea así, pero entonces ¿cómo explicar la huella que el propio J. M. Arroyo ha ido dejando en mí (y en otros compañeros) a partir de las reflexiones de su blog o a raíz de sus contribuciones a la naciente Comunidad de Docentes de Educación de Personas Adultas? Si admitimos esta huella, no nos costará mucho aceptar la posibilidad de que eso también ocurra entre un docente y su alumno. En definitiva, toda persona que coincide en un aula, independientemente de su rol, queda afectada por las relaciones que en ella se establecen. ¡Ojalá esto siempre fuese para bien!

Tengo que darle la razón a J. M. Arroyo cuando dice que los docentes somos un colectivo con “el ego subidito”. Creer que nuestras clases cambiarán el futuro de nuestro alumnado no deja de ser un tanto vanidoso. Por momentos, yo lo soy. Aunque en mi descargo tengo que decir que también admito la influencia que el alumnado ejerce sobre mí. Y a la inversa: el docente, creo yo, puede ser un factor (aunque obviamente no el único) que incide en su alumnado. Y si no ¿cómo explicar, por ejemplo, los testimonios de tantos alumnos que reconocen haber elegido unos estudios influidos por alguno de sus profesores?

La vanidad no debería, sin embargo, nublarnos la vista en lo que respecta a la posición que ocupan profesor y alumno en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Coincido plenamente con J. M. Arroyo cuando dice que “el profesor debe ser invisible, desdibujar su figura para no interferir en el reencuentro entre el proceso de aprendizaje”. Esta concepción del rol docente implica un mayor protagonismo del alumnado (también en el uso de la palabra en el aula) y una posición mediadora en la gestión del proceso de enseñanza-aprendizaje. Aspiro a conseguir esto algún día. Si lo lograra, alcanzaría de paso otro de los requisitos que deberían acompañar a todo acto educativo: el reconocimiento pleno de la singularidad inherente a toda persona. Esto es especialmente relevante en el ámbito de la educación de personas adultas ya que –en palabras de J. M. Arroyo– “no tratamos con pedazos de barro que hay que modelar. Son personas que ya vienen moldeadas de casa”.

Del “no dejamos anda” al “no todo está perdido”,  J. M. Arroyo explora aquello que podríamos denominar la huella docente. Y en este punto, también opino como él: el recuerdo –si lo hay– no vendrá de nuestras clases, metodologías o recursos TIC, sino de lo que él llama el sello personal docente. En este sentido, siempre que me reencuentro con algún ex alumno y éste empieza a recordar algún pasaje del pasado compartido en las aulas, mayoritariamente emergen comentarios que poco tienen que ver con las clases propiamente dichas. Así de crudo: mis alumnos rara vez recuerdan algo relacionado con los contenidos conceptuales trabajados y muy a menudo recuerdan aspectos colindantes con los mismos (es el caso de S. C., quien me dijo que nunca olvidaría la explicación que hice sobre qué eran estereotipos y prejuicios –algo, por cierto, que no aparecía de manera directa en el currículum –). Desde la perspectiva de los años, entiendo que esto que aquí describo es normal y que lo que verdaderamente queda es ese sello personal docente (para bien o para mal).

¿Qué entiende J. M. Arroyo por sello personal docente? Pues enseñar (o no) “desde la singularidad, desde la empatía, desde la experiencia, desde la proximidad, desde la asunción de las virtudes y de los errores del profesor que se vuelca de lleno en el alumno, sin añadir etiquetas ni ideas preconcebidas sobre él. Pero sin esperar nada a cambio. Nunca”. En otras palabras, ser recordado “no pasa por la metodología ni por ser más original, más innovador o más colega”; pasa, pues, por “nuestros actos en el aula, nuestra gestión emocional del alumnado o por tener un código docente inclusivo”. Para J. M. Arroyo, y estoy plenamente de acuerdo con él, todo esto es más una cuestión de honestidad que de vocación.

Y junto a la gestión de las emociones, la gestión de los contenidos. Para J. M. Arroyo los profesores memorables son aquéllos que dan sentido a los contenidos y que despiertan el sentido crítico. En resumidas cuentas, nuestro impacto en el alumnado vendrá más bien de nuestra actitud como docentes y de nuestra capacidad para ayudar a aportar significado a sus vidas. Ni más ni menos, eso es la educación. Gràcies Josep Miquel Arroyo per ajudar-me i ajudar-nos a reflexionar sobre tot plegat!

Álvaro Herrero

Álvaro 1La educación, tal y como yo la entiendo, debería tener como propósito ensanchar el mundo (del niño, del adolescente, del joven, del adulto), ver más allá y salir al encuentro de  un futuro que, a priori, ni sospechamos. En ese empeño, el docente juega muchas veces con la ventaja que le dan sus conocimientos, su experiencia y la vida misma, especialmente respecto a un alumnado más joven. Sin embargo, sería un error considerar que el docente ya es un individuo de una pieza, que no necesita igualmente ampliar sus horizontes. Y sería un error todavía más grave considerar que el alumno no puede ayudarle en ello. Pensaba en todo esto, al tiempo que leía las palabras que ha querido compartir conmigo mi exalumno Álvaro Herrero. En ellas he podido vislumbrar algo que aparece en innumerables textos legislativos: la educación debe contribuir a formar personas autónomas, críticas, con pensamiento propio. Sin embargo, ese frío vocabulario de corte técnico parece no remitir a nada ni a nadie en concreto.  Por eso, al leer el correo de Álvaro he sentido una verdadera emoción al comprobar que a veces el sistema educativo, mayormente a contracorriente, cumple con su misión. Y emoción también por constatar que es ahora él, mi exalumno, quien ensancha mi mundo.

Álvaro 12Fui profesor de Álvaro durante tres cursos (creo que fueron tres, pero no estoy seguro). Y ya entonces aquel joven -de mirada abierta, comprometida y crítica- apuntaba maneras. Eso y lo magníficamente bien que escribía son dos de los buenos recuerdos que conservo de él. Por su parte, él recuerda de aquel profesor que era yo entonces la defensa que un día hice en clase de la diversidad lingüística: “recuerdo que todos gimoteábamos porque teníamos que estudiar valenciano y siendo todos castellanoparlantes y adolescentes no entendíamos el porqué. Y una tarde que estábamos especialmente borricos, nos contó de dónde venía y nos dijo que no sabíamos la suerte que habíamos tenido al nacer en un contexto con dos lenguas, dos culturas, dos formas de ver las cosas. Aún tengo la imagen guardada en la memoria: él, de pie, con su libro abierto en la mano, serio y sereno. Nosotros callados, sentados en nuestros pupitres…”. Bonito recuerdo éste que, pasados los años, Álvaro comparte conmigo y que concluye así: “no sabes cuántas veces te he vuelto a escuchar en mi cabeza y he pensado: ¡cuánta razón tenía, joder!”

Álvaro 2Para muchos de los protagonistas de este blog, educación y vida forman una unidad indisociable; en el caso de Álvaro, también: “preguntarme qué poso me dejaron las diferentes instituciones educativas por las que he pasado es como preguntarme qué poso me dejó la vida pues el 90% de los días que viví estuve ligado a alguna de esas instituciones, en mayor o menor medida. Incluso ahora lo estoy, ya que he empezando a cursar, a distancia, el Máster de Formación del Profesorado”. De todas esas instituciones por las que ha pasado, Álvaro destila lo que verdaderamente nos convierte en humanos y por eso dice: “recuerdo especialmente a las personas que he conocido en esas instituciones, las relaciones humanas que he establecido (o no) y que me han marcado profundamente. Las personas son lo que más me ha marcado. Y gracias a ellas o a pesar de ellas soy como soy”. Y para ilustrar esto, de sus primeros años escolares dice: “en El Armelar comencé amistades con 4 años que me han acompañado desde entonces, y son ya ¡casi tres décadas! Es gente que me conoce (casi) como si me hubiesen parido, incluso después de haber pasado mucho tiempo sin vernos”. De su pasado más reciente dice: “con una beca de la Universidad de Valencia me fui a Italia donde conocí a mi primera novia y con otra, de la Autónoma de Madrid, estuve en Argentina, donde conocí a la que fue la última”. Junto a esas amistades hechas por el camino de la educación, también transitan algunos profesores: “cuando pienso en todos esos procesos educativos también pienso en los otros compañeros de viajes, en los profesores. En aquéllos que me motivaron, acompañaron y ayudaron y en aquéllos que hicieron lo contrario, probablemente, sin quererlo. Hay otros que no recuerdo, y quizás sea porque no consiguieron hacer ni una cosa ni la otra. Álvaro 11Pero sé a ciencia cierta que hay profesores que me regalaron el placer de disfrutar de la literatura, que me insuflaron la pasión por la historia y las lenguas, que me entrenaron en el peliagudo arte de hacer(se) preguntas y pensar por mí mismo y sé que sin ellas no habría cultivado la curiosidad de descubrir el mundo que es una de las cosas que más me mueve”. Educar sería, pues, ese cultivar la curiosidad de descubrir el mundo. La manera de conseguirlo pasaría por el disfrute, la pasión, el hacer(se) preguntas y el pensar por uno mismo. Con reflexiones así, Álvaro posee todos los requisitos necesarios para convertirse en un gran profesor, si es que éste es el futuro que ha elegido. De momento, esta lección me la ha dado a mí.

Álvaro 3De sus experiencias laborales, Álvaro también destaca el factor humano:lo mejor, como en las instituciones educativas, han sido las personas que he conocido, con y de las que he aprendido y con quien me he divertido”. Aun a riesgo de equivocarme, podría decir que en Álvaro confluyen dos de los requisitos de la felicidad: la avidez por aprender y la inmensa capacidad para disfrutar de la vida. Por eso, entre sus mejores experiencias recuerda ésta: “uno de los mejores trabajos que he tenido en mi vida fue el de camarero en un restaurante en Valencia. Me pagaban poco y en negro, pero me daban de cenar y de beber; podía escuchar buena música y sobre todo, me lo pasaba genial con mis compañeros; de hecho, me paso a menudo por allí a saludarles todavía”. Éste, sin embargo, no ha sido el único trabajo por el que ha pasado, sino que “si me pongo a pensar, he hecho casi de todo, de trabajos digo; y en mil sitios diferentes, en  varios países de dos continentes. He sido portero, chico de la limpieza, aparcacoches, monitor, ayudante de cocina, telefonista, ayudante de producción en televisión y cine, profesor de inglés, profesor de alemán, profesor de español, vendedor de programas de televisión, y algo más que se me habrá olvidado, seguro”. ¿Y qué ha quedado de todas esas ocupaciones por las que ha pasado Álvaro? Él lo explica así: “con tanto cambio creo que sobre todo he tenido que aprender a ser flexible, a forzarme en cierta manera a salir de mi zona de confort y afrontar nuevos retos. También he aprendido a llevar una rutina, a quererla y a odiarla. A vivir con dos duros, a disfrutar cuando llegaban cuatro, a aprender a enfrentarme a gente que parece tener más autoridad y, sobre todo, a cuidar a las personas que me rodean en mi lugar de trabajo”. Álvaro 10No son malos aprendizajes: flexibilidad, riesgo, supervivencia, cuidado de los otros… A ello habría que añadir la posibilidad de transformar la realidad y que él relata así: “mi último trabajo fue ser profesor de inglés y alemán en un proyecto educativo de la Universidad Federal de Rio de Janeiro y fue una experiencia genial. Me gustó mucho el poder contribuir a que las personas se formen críticamente, y darme cuenta de que eso se puede hacer en y desde cualquier asignatura, casi en cualquier faceta de la vida”.

Álvaro 4En cuanto a las experiencias vitales que más le han marcado, no deja lugar a dudas: el viajar: “lo que más me ha marcado, después de leer, sin duda, ha sido viajar”. El viajar “me ha hecho crecer como persona a niveles increíbles. He vivido en Italia, Alemania, Argentina y Brasil y he recorrido buena parte de Europa y Sudamérica. He vivido y viajado solo, en grupo y en pareja. De noche y de día. Pagando, de polizón o en autostop.  En tren, coche, barco, avión y bicicleta. Caminando. Con poco o muy poco dinero. Con un plan o sin él”. Pero si la escuela y el trabajo eran las personas, en los viajes no iba a ser menos: “y en esos viajes, en esas vidas, he conocido cientos, miles de personas, que compartieron un momento, un día, una noche, una semana, un mes, un año o una eternidad efímera conmigo. Sonrisas y lágrimas. Alegrías y penas. Un mendrugo de pan. Unos fideos de sobre. Una tienda de campaña. Un catre en una pensión de frontera. Una casa, un aula, un bus, un viaje en avión. Y esas personas me enseñaron tanto que de hecho sé que no sería el mismo si no hubiese hecho cada uno de los grandes viajes que hice”. El viaje es un aprendizaje y una manera de estar en el mundo: “hay lugares que visité o donde viví a los que vuelvo mentalmente, como a un refugio. Hay personas que he amado con las que sigo en contacto a pesar de que hayan pasado muchos años y estemos a miles de kilómetros de distancia. Las lenguas que he aprendido hicieron tanta mella en mi cerebro que pienso en varios idiomas. Las culturas en las que viví y buceé me hacen ver el mundo desde otra perspectiva, siempre más rica con cada capita, cada nueva lente que añado. Viajar me ha ayudado a relativizar, a descentrarme, a poner todo enÁlvaro 9 cuestión, sobre todo a mí mismo. Pero también a volverme a sorprender, a dejarme asombrar. Viajar es lo que me ha hecho sentir más vivo, lo que mantiene despierto y atento al niño curioso que tengo dentro, lo que me ha sacado de mi madriguera y me ha enfrentado al mundo, a lo hermoso y a lo terrible. Viajar me ha llenado tanto que puede que se haya convertido en mi droga, porque ahora que no viajo, lo extraño terriblemente”. ¡Qué gran lección de vida, de humanidad, de aprendizaje, de actitud…!

álvaro 5Después de ejercer de trotamundos, Álvaro se ha abonado al sedentarismo, al menos de momento: “ahora mismo estoy en un periodo de crisis, la verdad, estoy en una fase de transición, porque llevaba mucho tiempo fuera, por ahí, dando tumbos, cambiando de residencia a menudo, estudiando y trabajando, rodeado de gente y de cosas nuevas, y ahora vuelvo a estar en el punto de partida, en la casilla desde la que salí. Sin un euro en el bolsillo, pero con mucho vivido y aprendido. Volver a mi ciudad ha sido difícil, porque probablemente hubiese seguido viajando si hubiese tenido la oportunidad. Pero a veces pienso que quizás haya sido bueno pararme: para pensar, para asumir lo vivido, para reflexionar hacia dónde quiero dirigirme”. En este impasse, toca redescubrir el punto de partida, la casilla de salida: “y en esos momentos de buen rollo, de paz interior, a veces consigo maravillarme redescubriendo Valencia, reencontrando gente perdida o conociendo rincones, personas y personajes nuevos”. Raíces y alas (des racines et des ailes) han marcado la vida de Álvaro. Ahora lo tenemos por tierras valencianas pero siempre queda la nostalgia de una vida vivida entre fronteras: “en cierto sentido, ahora no tengo esa maravillosa sensación de encontrarte en un lugar completamente desconocido que tienes que mapear por ti mismo. O la adrenalina de enfrentarme a retos como sobrevivir, aprender a comunicar en una lengua diferente o establecer relaciones con completos desconocidos. O esa increíble sensación de poder reinventarme en cada lugar”. Y yo me digo: ¿existirá un aprendizaje mayor que aquél que aporta el tener que reinventarse a cada paso? En cuanto a sus sueños de presente, éstos pasan por “pensar que pueÁlvaro 8do ser profesor y cambiar el mundo a través de las relaciones humanas que establecerán las personas con las que trabajé”. Sin duda alguna, Álvaro conseguirá su propósito de ser profesor. Y es que en su mochila lleva todo lo necesario: sabiduría y actitud (también de ésa llamada a cambiar las cosas). Confío en ello y espero tener la suerte de poder acompañarlo en su camino. Respecto a qué es lo que más le satisface en estos momentos, él lo resume así: “me llena salir a bailar, hacer deporte y un buen libro. Me llena enfrentarme a pequeños grandes retos como dejar de fumar, correr 10 kilómetros o ser todo lo que he sido en otros lugares pero serlo aquí”.

Álvaro 7¿Y qué diagnóstico del mundo hace alguien que lo ha recorrido tan intensamente? A este respecto se expresa así: sobre el mundo pienso que gira todos los días sobre sí mismo, literal y metafóricamente, (¡incluso antes de que yo llegase aquí!) y que lo seguirá haciendo a no ser que seamos capaces de destruirlo antes. A veces esa sensación es balsámica porque pienso que da igual lo que pase, seguirá habiendo un nuevo amanecer, el sol saldrá para todos y tendremos otra oportunidad de mejorar. Otras veces me da rabia que todo siga como si nada hubiese pasado, porque han pasado y pasan muchas cosas muy graves, hay mucha injusticia y parece que nada cambia, que una minoría, a la que pertenecemos, queramos o no, vivimos a costa de la inmensa mayoría; que avanzamos a trompicones, que somos muy autocomplacientes, muy ciegos y que, a veces, todo cambia para que todo siga igual, como decía di Lampedusa en Il Gattopardo”. Y pese a todo, Álvaro muestra un optimismo kamikaze, miope y obstinado: “también sé que mi opinión sobre el mundo varía un poco según mi estado de ánimo y mi situación personal, y que como el mundo influye también en ese estado, están tan interrelacionados que a veces me cuesta distinguir lo que pienso verdaderamente sobre él. En cualquier caso, es una opinión que ha ido evolucionando un poco hacia el escepticismo, pero que mantiene y quiere mantener una base de optimismo casi kamikaze, un poco miope, pero obstinado. Si sólo me guiase por lo que veo y leo en los medios de comunicación, por lo que he aprendido de la historia, mi opinión sería bastante negativa pues la injusticia y el egoísmo parecen predominar. Y sin embargo he conocido y me rodea tanta gente buena y generosa que tengo esperanzas de que podamos cambiar a mejor”.

Álvaro 6Y ya para acabar, Álvaro nos brinda una auténtica lección. Una de esas clases que como futuro profesor podrá impartir. Hoy yo (y conmigo todos vosotros) somos sus alumnos. Así, si de lo que se trata es de hacer un diagnóstico del momento presente, Álvaro dice lo siguiente: “hoy, como ayer, prevalece el individualismo y hasta que no consigamos entender e interiorizar que seríamos más felices con un reparto más equitativo de lo que hay, no cambiará mucho. Creo que hay que empezar a ser el cambio que queremos que suceda en el mundo, que decía Gandhi. Y ese es un camino muy difícil y largo y hay que ser constantes y pacientes, con nosotros mismos y con el resto. Creo que hay que ser un poco como Beppo, el barrendero de Momo, e ir haciendo, sin pensar en toda la inmensidad de lo que tenemos por barrer, ir cambiando de a poco. Porque si me pongo a pensar en todo lo que querría cambiar, me sobrecoge tanto que me paraliza. Cuando era más joven creía que una nueva revolución sería la solución y que era una necesidad perentoria. Hoy, que soy un poco menos joven, pero he leído algo más, he intentado vivir alguna utopía y me he conocido mejor a mí mismo y a otros, hoy, digo, pienso que las revoluciones (esas históricas) sólo se dan cuando hay hambre y la gente no tiene nada que perder. El ser humano es conservador, genética y culturalmente. Pero al mismo tiempo, cambia. En toda repetición hay un ligero cambio. Así que siempre va a haber un factor, un gen, un grupo, una circunstancia que empuje hacia un nuevo sendero, una forma diferente de ser o hacer las cosas. A veces es un pasito y a veces, un gran salto. Pero no se puede cambiar todo de golpe y porrazo. Además, no sólo hay que preguntarse qué cambiaríamos sino cómo habría que hacerlo sin lastimar mucho, sin traer más dolor del que mitigaríamos. Si consiguiésemos ponernos en la piel del otro, de los muchos otros, las cosas mejorarían”. Y si de lo que se trata es de imaginar el futuro, Álvaro piensa así: “¿cómo será el futuro? La verdad es que no tengo ni la más remota idea. Muy parecido a esto, solo que cada día más mediatizado por la tecnología, que tiende a encerrarnos en nuestros minimundos. Creo que el grado de equidad y felicidad que podamos alcanzar dependerá mucho del grado de (auto)conciencia que podamos desarrollar personal y colectivamente. De lo generosos que consigamos ser, vaya”.

Grandes palabras para una gran persona. Le deseo a Álvaro todo lo mejor, de corazón. Y le doy las gracias por haber querido compartirlas conmigo y por haberme enseñado tanto, hace ya muchos años y ahora que hemos restablecido el vínculo. Un abrazo enorme.

“Querido señor Germain”

Uno siempre confía en que sus alumnos/as lleguen a lo más alto. Lo que seguramente uno nunca espera es que a ese alumno/a le concedan el Premio Nobel. Pues bien, eso es lo que le ocurrió al profesor Louis Germain con su alumno Albert Camus. Camus obtuvo el Nobel de Literatura en el año 1957 y ésta es la carta que dirigió a su antiguo profesor:

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En esta breve carta se resume el propósito de la educación: reconocimiento y humanización. Emociona el tono de Camus al “hablarle de todo corazón” al señor Germain y emociona el profundo agradecimiento que encierran estas palabras: “cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted”. ¿Y qué es lo que convirtió al señor Germain en un profesor memorable para Albert Camus? En la carta se habla de dos atributos: actitud amable y enseñanza: “sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza no hubiese sucedido nada de esto”. El binomio “mano afectuosa” y “enseñanza” obró el milagro.

Pero no podemos pasar por alto ese “al niño pobre que era yo”. Y aquí es donde los docentes nos deberíamos reencontrar con el sentido de nuestra tarea: la educación (especialmente la pública) sería, pues, esa herramienta llamada no ya a compensar desigualdades sino a transformar las condiciones sociales que perpetúan las injusticias. Sin la educación, entendida ésta en sentido amplio, sólo existiría depredación y barbarie. No sé qué pensaría el señor Germain de estas palabras últimas; su actitud, en cualquier caso, debería ser un faro hacia el que todos los docentes deberíamos mirar: “sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares”.

Muestras de agradecimiento como ésta nos resultan sorprendentes y, sin embargo, deberían ser la norma (de hecho se producen con mayor frecuencia de lo que pensamos). No se trata de autobombo corporativo sino de reconocer el valor de una profesión que ha ido perdiendo por el camino muchos de sus rasgos de credibilidad y prestigio.

Un tiempo después, ésta es la carta que le escribió el señor Germain a Albert Camus. Hemos seleccionado sólo algunos fragmentos:

 

Argel, 30 de abril de 1959

Mi pequeño Albert:

He recibido, enviado por ti, el libro “Camus”, que ha tenido a bien dedicarme su autor, el señor J. Cl. Brisville.

Soy incapaz de expresar la alegría que me has dado con la gentileza de tu gesto ni sé cómo agradecértelo. Si fuera posible, abrazaría muy fuerte al mocetón en que te has convertido y que seguirá siendo para mí “mi pequeño Camus”.

Todavía no he leído la obra, salvo las primeras páginas. ¿Quién es Camus? Tengo la impresión de que los que tratan de penetrar en tu personalidad no lo consiguen. Siempre has mostrado un pudor instintivo ante la idea de descubrir tu naturaleza, tus sentimientos. Cuando mejor lo consigues es cuando eres simple, directo. ¡Y ahora, bueno! Esas impresiones me las dabas en clase. El pedagogo que quiere desempeñar concienzudamente su oficio no descuida ninguna ocasión para conocer a sus alumnos, sus hijos, y éstas se presentan constantemente. Una respuesta, un gesto, una mirada, son ampliamente reveladores. Creo conocer bien al simpático hombrecito que eras y el niño, muy a menudo, contiene en germen al hombre que llegará a ser. El placer de estar en clase resplandecía en toda tu persona. Tu cara expresaba optimismo. […]

He visto la lista en constante aumento de las obras que te están dedicando o que hablan de ti. Y es para mí una satisfacción muy grande comprobar que tu celebridad (es la pura verdad) no se te ha subido a la cabeza. Sigues siendo Camus: bravo. […]

Antes de terminar, quiero decirte cuánto me hacen sufrir, como maestro laico que soy, los proyectos amenazadores que se urden contra nuestra escuela. Creo haber respetado, durante toda mi carrera, lo más sagrado que hay en el niño: el derecho a buscar su verdad. Os he amado a todos y creo haber hecho todo lo posible por no manifestar mis ideas y no pesar sobre vuestras jóvenes inteligencias. […]

Recuerda que, aunque no escriba, pienso con frecuencia en todos vosotros. Mi señora y yo os abrazamos fuertemente a los cuatro. Afectuosamente vuestro.

Louis Germain

Es el señor Germain quien ahora se muestra agradecido ante su exalumno por un libro recibido como regalo: “soy incapaz de expresar la alegría que me has dado con la gentileza de tu gesto ni sé cómo agradecértelo”. Desde el presente, es posible que nos llamen la atención estas muestras tan efusivas de afecto: “si fuera posible, abrazaría muy fuerte al mocetón en que te has convertido y que seguirá siendo para mí mi pequeño Camus” o  cuando dice “os he amado a todos” y “pienso con frecuencia en todos vosotros”. Debería darnos qué pensar cómo la escuela ha desterrado y destierra todo lo que tiene que ver con la expresión de los sentimientos. Ésta es una de las auténticas asignaturas pendientes de nuestro sistema educativo, la ahora llamada “competencia emocional”, de la cual el señor Germain era un precursor.

El señor Germain exhibe un conocimiento profundísimo de su exalumno: “tengo la impresión de que los que tratan de penetrar en tu personalidad no lo consiguen. Siempre has mostrado un pudor instintivo ante la idea de descubrir tu naturaleza, tus sentimientos. Cuando mejor lo consigues es cuando eres simple, directo. ¡Y ahora, bueno! Esas impresiones me las dabas en clase”. En otro momento dice: “creo conocer bien al simpático hombrecito que eras y el niño, muy a menudo, contiene en germen al hombre que llegará a ser. El placer de estar en clase resplandecía en toda tu persona. Tu cara expresaba optimismo”. O también podemos leer: “es para mí una satisfacción muy grande comprobar que tu celebridad (es la pura verdad) no se te ha subido a la cabeza. Sigues siendo Camus: bravo”. Estos comentarios del señor Germain nos pueden hacer reflexionar respecto a si conocemos a no a nuestro alumnado. Y  también sobre si es posible enseñar sin afecto y cómo sentirlo por alguien a quien ni conocemos. El señor Germain lo tiene claro: “el pedagogo que quiere desempeñar concienzudamente su oficio no descuida ninguna ocasión para conocer a sus alumnos, sus hijos, y éstas se presentan constantemente”. El conocimiento del alumnado nos proporciona una perspectiva más amplia en la que dotar de sentido todas nuestras acciones dentro y fuera del aula. Saber quién es esa persona que tenemos delante, de dónde viene, a dónde va, qué le interesa, cómo aprende… no son elementos adyacentes a la educación sino que forman parte del núcleo duro de cualquier acción educativa.

Me interesa también destacar aquí esa manera de nombrar a los alumnos/as como hijos/as. Quizás pueda parecernos pasado de moda, inapropiado o pretencioso. Yo, sin embargo, pienso que la escuela pública iría mucho mejor si todos los docentes quisieran para sus alumnos/as lo mismo que desearían para sus propios hijos. Luego, la equivalencia que hace el señor Germain entre alumnos e hijos no es baladí en absoluto.

Y una última consideración pedagógica se desprende de las palabras del señor Germain: “creo haber respetado, durante toda mi carrera, lo más sagrado que hay en el niño: el derecho a buscar su verdad. Os he amado a todos y creo haber hecho todo lo posible por no manifestar mis ideas y no pesar sobre vuestras jóvenes inteligencias”. La estima verdadera nace también del respeto a la individualidad y autonomía del otro. Y eso lo sabe el viejo profesor de Camus. Esa honestidad y pulcritud moral son las que le hicieron digno del aprecio y del recuerdo de su alumno.

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Ramón Paraíso: “Reencuentros en la tercera fase”

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De vuelta es el extraordinario blog educativo de Ramón Paraíso. En los últimos dos años, sus comentarios han acompañado mi día a día en el CEPA Pitiüses poniendo palabras a aquello que yo –y algún compañero/a más– pensábamos en relación a la educación de personas adultas. Del contacto virtual pasamos al encuentro cara a cara en el marco del taller que Ramón impartió en Eivissa coordinado por el CEP. En dicho taller, Ramón nos transmitió con un entusiasmo contagioso su experiencia en el CFA Dolors Paul de Cunit. En una mañana viajamos al interior de un centro con sentido (plasmado en forma de plan estratégico) y en el que se atreven con metodologías innovadoras y proyectos motivadores. Su inspiración sigue acompañándome en momentos de zozobra, ésos que nos asaltan a los docentes de vez en cuando.

Hoy quería rescatar aquí una de sus entradas en De vuelta: “Reencuentros en la tercera fase” (19 de septiembre de 2015). En ella asistimos a un reencuentro entre Ramón y uno de sus antiguos profesores; o mejor dicho, un reencuentro que en realidad no llegó a producirse ya que ambos hicieron como si no se hubieran visto. En ese gesto cifra el autor toda su reflexión acerca de qué recuerdos dejan en nosotros los profesores/as. En el caso que nos ocupa, un recuerdo no muy grato. Ahora que el rol ha cambiado de alumno a profesor, Ramón se pregunta qué recuerdo será el que guarden sus alumnos/as de él en el futuro. Su respuesta no deja lugar a dudas: “… me dolería más que tuvieran la sensación de que nunca mostré el más mínimo interés por su situación y preocupaciones, por sus inquietudes. Me sabría muy mal que tuvieran la sensación de que no fui lo suficientemente cercano y atento como para detectar qué necesitaban y cuáles eran sus verdaderas aptitudes y capacidades, independientemente del resultado que tuvieran en mis asignaturas”. De lo dicho hasta aquí empezamos a intuir que esos reencuentros casuales entre profesores y alumnos después del tiempo son un buen termómetro de qué tipo de profesores fuimos, de qué clima generamos en el aula y de qué distancia establecimos. Esos encuentros también hablan de cómo eran nuestros alumnos o cómo éramos nosotros en tanto que aprendices.

Toda esta anécdota del (no)reencuentro lleva al autor a reflexionar sobre la humanización en la tarea docente. En ese viaje, Ramón se sirve del artículo de Débora Kozak “La enseñanza y el aprendizaje deshumanizado” (21 de agosto de 2015) dentro de su blog Pensar la escuela. Y yo me pregunto: ¿puede existir una escuela deshumanizada? La respuesta es radical: no. Una escuela que no reconociera el valor de esa humanidad que todos compartimos sería un engendro de institución. Y es que la humanización es una de esas tareas medulares que fundan nuestro sistema educativo. Nadie en su sano juicio defendería, pues, una escuela deshumanizada. Sin embargo, serían muchos los que sí que abogarían por versiones light de la misma y que, en palabras de Débora Kozak, pueden adoptar las formas de: determinación de la distancia óptima, manejo del apego, desafección o, directamente, alejamiento. Frente a estos discursos, desde este blog (y este es su espíritu) defendemos el despliegue de todos aquellos atributos que nos dotan de humanidad, a docentes y alumnos, y entre los cuales encontramos: la cercanía, la complicidad, el afecto, el compromiso o la honestidad. Cualquiera que lea esto diría que esto es muy difícil, y yo tendría que darle la razón. Sin embargo, ése debería ser el horizonte hacia el que caminar. Y mientras tanto, nuestro proyecto mínimo viable en este sentido debería pasar por, en palabras de Ramón Paraíso, tomar conciencia de que “en el aula convivimos con más personas, que tienen sus propias preocupaciones y problemas”. Y sus motivaciones, sus historias, sus deseos…

Éste es el mensaje para navegantes que podría haber tenido en cuenta aquel profesor del que hablaba Paraíso al principio. De haberlo hecho, el encuentro habría ido con toda probabilidad de otra manera. Ya no podrá ser. Muchos otros aún estamos a tiempo. Gracias Ramón por esta reflexión y enhorabuena por tu blog.