“El cielo es azul, la tierra blanca” de Hiromi Kawakami

El cielo es azul, la tierra blanca. Una historia de amor. índice
Hiromi Kawakami.
Traducción de Marina Bornas Montaña.
Acantilado. Barcelona, 2009.

A veces los seres humanos asistimos a lo maravilloso. En ocasiones, no sabemos cómo hemos llegado a ello; tampoco sabemos explicárnoslo, ni mucho menos contarlo a los demás. Simplemente sucede: la revelación de que algo valioso nos ha sido dado. Eso es lo que algún lector podría experimentar con la lectura de El cielo es azul, la tierra blanca de Hiromi Kawakami. De una manera transparente, la autora nos convierte en testigos de una extraña relación entre un viejo profesor y su ex alumna. Dos soledades que se reencuentran y que dejarán al azar la posibilidad de nuevos encuentros. Más allá de los momentos de unión (comidas, alcohol, algún viaje…) y de los de separación, circulan las aguas subterráneas de los sentimientos de uno y otra. Poco a poco irá emergiendo el amor, un amor de una pureza inusual, a la altura de la mejor versión del ser humano.

La historia la cuenta Tsukiko Omachi y arranca con el encuentro casual con su ex profesor Haratsuna Matsumoto. El profesor, en un alarde de memoria, sí que recuerda el nombre de la que fue su alumna; sin embargo, eso no funciona a la inversa: “yo sabía que él había sido profesor mío en el instituto, pero no recordaba su nombre. En cambio, él era capaz de acordarse del nombre de una simple alumna, hecho que me maravillaba y desconcertaba a partes iguales”. Ese olvido de Tsukiko es el que motivará que le llame maestro: “me dirigía a él como maestro para disimular que no recordaba su nombre. Desde ese momento, siempre ha sido el maestro”. Buscando en la memoria, Tsukiko no parece guardar ningún recuerdo concreto: “me había dado clase de japonés en el instituto. Puesto que no fue mi tutor ni me entusiasmaban sus clases, no conservaba ningún recuerdo significativo suyo. No había vuelto a verlo desde que me gradué”. Al poco tiempo, la memoria empieza a aclararse: “entonces fue cuando lo recordé en el instituto, de pie en la tarima del aula. Siempre llevaba el borrador en una mano y la tiza en la otra. Escribía en la pizarra citas clásicas como: Nace la primavera, el rocío del alba, y las borraba cuando apenas habían pasado cinco minutos. Ni siquiera soltaba el borrador al volverse para dar alguna explicación a los alumnos. Era como un apéndice de la palma de su mano izquierda”. Han pasado los años, pero Tsukiko recuerda la severidad del maestro, reconvertida ahora en reproche:

“-Tsukiko, veo que no prestabas atención en clase –me reprendió el maestro.

-Usted nunca nos enseñó eso –protesté.

-Es un poema de Seihaku Irako –aclaró el maestro, en tono didáctico.

-Nunca había oído ese nombre –le aseguré”.

El maestro le echa en cara su ignorancia presente y sus notas pasadas: “Tsukiko, eres una buena alumna en cuanto a alcohol se refiere. Aunque tus notas de japonés dejaban mucho que desear”. Estos antecedentes no parecen presagiar la solución final de la novela. Ahí radica también el mérito de la autora: en habernos llevado desde un pasado escolar anodino a un presente fuera del tiempo. Y haberlo hecho por caminos insospechados hasta hacernos descubrir la belleza, la ternura y el amor.

El interés de El cielo es azul, la tierra blanca para los propósitos de este blog se concentra en la reflexión final de Tsukiko sobre el maestro: “se podría decir que su bondad era más bien una actitud pedagógica”. Bondad y pedagogía fusionadas en la figura del maestro. La bondad como horizonte moral y la pedagogía –o una determinada actitud pedagógica- como instrumento para alcanzar a aquella. Parece claro que toda pedagogía parte de un cierto impulso de bondad y que la bondad genera pedagogía, aunque sea de una manera involuntaria a partir de un modelo bueno, digno por tanto de ser emulado. En la novela este asunto circula de manera soterrada en el transcurrir del argumento. Sin embargo, la lectura del libro puede darnos algunas claves, más en el terreno de las intuiciones que de las certezas; intuiciones que solo la literatura –y el arte en su conjunto- es capaz de ofrecernos pero que apuntan certeramente al conocimiento. Nunca había reflexionado conscientemente sobre todo esto ni tampoco sobre por qué el cielo es azul y alguna tierra, blanca.

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One comment

  1. Carmen · noviembre 11, 2014

    Me ha picado la curiosidad, voy a leerla.

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