Lucía Rueda

Autorretarto(1)Me imagino a Lucía en la soledad de su estudio. Arañando unas horas de aquí y de allí: de sus clases, de sus estudios, de su otra vida, esa que transcurre cuando no pinta. Toda su humanidad concentrada en el trabajo, su intensidad, su  compromiso… Un trabajo enormemente “doliente y gratificante” al mismo tiempo. La fuerza de Lucía me conmueve, me recuerda que el mundo puede transformarse, que su sola pintura puede hacer que redescubramos el valor de la vida.

Empiezo a escribir estas líneas con el mismo temor con el que Lucía se enfrenta a una nueva obra. A ella, el trabajo de pintar no le resulta nada fácil “cuando se hace desde el compromiso, queriendo aportar cada vez algo más”. Para mí, enfrentarme a la escritura tampoco me resulta fácil. No sé si sabré estar a la altura, a la altura de la gratitud que les debo a personas como Lucía. Pero ella me tranquiliza, confía en mí, y eso me basta. Dolor, y gratificación, que si no, no me habría embarcado en este viaje.

A pesar de los años transcurridos, Lucía siempre ha estado ahí cuando así lo he requerido. Estuvo hace diez años cuando le propuse exponer alguno de sus cuadros en el Centro Social de Sisante, mi pueblo, dentro de los actos del Día de la Mujer que organizaba MUSA. Algunas de las asistentes aún me preguntan por ella. ¡Lástima de aquel coche que decidió averiarse para siempre y que impidió que nuestra pintora disfrutara como debiera del momento! Entonces no vaciló en decirme que sí, ni ahora lo ha hecho cuando le propuse crear este blog y escribir sobre ella: “recuerda que soy de Bellas Artes y de espíritu creativo” –me dijo ante una propuesta tan poco convencional.

Di clases a Lucía a los dos meses de acabar la carrera. El simulacro de curso que por aquel entonces era el CAP no me había preparado para enfrentarme a una profesión en la que se requerían un sinfín de aptitudes. Salí del paso como mejor pude pero con la sensación de que mi alumnado había tenido que soportar a un profesor inexperto y en construcción. Así es que no creo que Lucía conserve una imagen impecable de mí en lo profesional. Me hubiera gustado ofrecerle mi mejor versión, pero las cosas fueron como fueron y todo aquello sirvió para forjar al docente en el que ahora me he convertido. Hablando de todo esto, Lucía también apunta a lo aborrescente que ella se recuerda a aquella edad. Juntamos pues mi inexperiencia y su adolescencia, un cóctel a priori explosivo pero que, por no sé qué veredas, nos ha traído a esta amistad en la distancia que ahora cultivamos. Ella recuerda al profesor que no paraba de mirar el papel en el que había apuntado el contenido de la clase y que enrojecía a la menor ocasión: “recuerdo que en el aula llevabas entre tus manos papeles que mirabas constantemente (imagino que el guion de la sesión de la clase) y que te ponías muy rojo cuando hablabas. Recuerdo que esos apoyos, que indicaban que no ibas  sobrado, y esa vergüenza me tranquilizaban, me identificaba de alguna manera extraña. Era algo bueno”. Me reconforta esa empatía de entonces, de la que yo era desconocedor. Aquel profesor novato de entonces que miraba cada segundo los papeles ahora se reconoce en esta otra profesora que ahora enseña en Florida Universitaria: “hoy desde hace un año apunto minuto a minuto lo que voy a hacer en cada sesión y me anoto cada material que necesito para cada cosa que vaEstudio stya a hacer durante la misma… Lo que me permite también saltarme muchas cosas según vea el clima del aula, con más seguridad que si no llevara el guion tan programado… En fin, las herramientas de cada profe y profa”.

Son curiosos a veces los caminos que nos llevan a ser lo que somos. Lucía reconoce no tener vocación de profesora pero lo que sí que tiene claro es el compromiso con su labor docente –estoy convencido de que le pondría la misma pasión a cualquier otra cosa que decidiera emprender–. Por eso mismo también estoy convencido de que es una gran profesora: “me encanta atender a las personas en general y me encanta el arte, que es lo que imparto”. Con estos mimbres podríamos pensar que ya está todo hecho. Pues no, Lucía aspira a hacerlo cada vez mejor: “cada año me propongo un objetivo personal ante mi tarea con el alumnado. El curso pasado fue el de conseguir verles sonreír con la materia, a través del arte. Todo un reto: a ver cómo podía hacer que salieran distintos y distintas a como habían entrado. Me ha ido bien, y ojalá este año siga siendo así. Yo me empeño. Trato de dar con lo que necesitan de la materia y de mí. A veces no encuentro la clave y otras, sí”.

Creo que buena parte del estilo de enseñantes que somos es heredero de nuestras experiencias pasadas como alumnos, en lo bueno y en lo malo. Por eso, ¿qué poso dejaron en Lucía todas esas instituciones educativas por las que pasó? Ella reconoce que más del que seguramente es consciente. En todo caso, ahí están el miedo ante lo desconocido al haber cambiado muchas veces de colegio, la capacidad de adaptación a las nuevas realidades y, por encima de todo, el cariño.  Cariño también hacia los profesores “que están ahí, y que me han ayudado a forjar mi identidad en determinadas direcciones, y a ser buena parte de lo que hoy soy. Sé que aprendí hasta de los y las profesoras que no me gustaron… Recuerdo conversaciones que he tenido con profesores y profesoras que no se me olvidan jamás. También de un par de profesores verdaderamente significativos por un tiempo de mi vida. Uno de pequeña, en Córdoba. Otra profesora, ya de mayor. Por suerte tuve ocasión, no sin vergüenza, de darle las gracias por todo lo que había aprendido de ella, mucho más allá de las materias que impartía.  Está claro que aprendemos de lo que vemos, oímos, de las personas mismas y no solo de los contenidos de sus materias”.

IMAG0499Salimos de las aulas y volvemos al estudio de pintura. La docencia es de lo que vive Lucía pero su auténtico trabajo es la pintura, eso sí, un trabajo no remunerado. Creo entender el dolor de la pintura del que me habla Lucía. Dolor por no poder dedicarle el tiempo necesario, dolor porque no es algo fácil cuando se hace, como es su caso, desde el compromiso. Dolor, pero también alegría: “porque nos ayuda a conectar con nosotros y nosotras mismas. Nos ayuda a encontrarnos. A mirarnos en un espejo. Cuando este acto se convierte en un compromiso de vida se vuelve doliente y también enormemente gratificante y algo así como que te reconcilia con la vida, con todo lo que pasa por dentro y por fuera… No sé muy bien cómo explicarlo pero es algo que compensa enormemente. Ocupa el lugar que ocupan las pasiones”. Dolor, alegría y espíritu. Y es que sin lo espiritual no entenderíamos a Lucía ni a su obra. De alguna manera, su obra es un intento por dar respuesta a las preguntas e inquietudes de nuestra época y ello desde un lenguaje pictórico actual. De esa preocupación deriva su Trabajo Final de Máster titulado “Abstracción e interiorización, una propuesta de trabajo pictórico en el taller”. En el horizonte se vislumbra su tesis doctoral sobre didáctica artística. La pintura de Lucía es el medio que ella emplea para llegar a la gente, llegar en cualquiera de sus acepciones. Por eso disfruta tanto cuando tiene la ocasión de organizar sesiones didácticas frente a sus pinturas. Por eso vive como un acontecimiento cualquiera de las múltiples exposiciones que ha montado a lo largo de su carrera.

Esta es Lucía, o mejor dicho, la Lucía que yo veo. He aprendido mucho con ella y espero seguir haciéndolo. Fuerza no le va a faltar, tiene lo más importante que hay que tener en la vida, según leí ya no recuerdo dónde: dirección y sentido. Por si aún quedaba alguna duda de qué tipo de persona es, así se imagina ella el futuro: “trabajando mucho… Ojalá tenga fuerzas para estar siempre en marcha. Siempre hay faena (y no estoy pensando en términos de paro o no paro)… Creo que hay mucho que hacer, hay necesidades que hay que cubrir, interiores y exteriores… Me imagino el futuro estando en marcha…”. Gracias Lucía. Espero tener la agilidad suficiente para poder seguirte en tu marcha.

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