Álex P.

IMG-20140814-WA0002Ya he contado en otra entrada cómo la idea de empezar este blog surgió cuando a finales de julio volví a encontrarme en Valencia con Álex. En aquella entrada decía: «hacía ya más de quince años que no nos veíamos y, a pesar del tiempo transcurrido, el afecto estaba claro que permanecía. Volvimos a vernos, cada uno en un punto concreto de sus vidas, en un punto de inflexión diría yo. El encuentro fue tan cálido –y no por el calor sofocante de Valencia esa tarde de julio–, tan natural y cercano, que casi sin preámbulos ya nos estábamos abriendo, poniéndonos al día sobre esas personas en las que nos habíamos convertido, yendo al pasado –a la escuela que compartimos– y al futuro– ante el mundo que se nos abría, en esos momentos bisagra de las vidas–». Así es que este blog le debe mucho a Álex, y yo también.

Es más frecuente pensar en lo deseable que sería que los alumnos emularan en ciertos aspectos a sus profesores. Yo diría también que ojalá los profesores pudieran parecerse de alguna manera a algunos de sus alumnos. Esta es la sensación que tengo ante el Álex maduro de ahora, pero que tenía también ante el Álex que conocí hace ya tantos años. Entre la confusión y el image(2)ruido que conlleva el día a día de un centro escolar, pude asistir a lo que Álex llama «la forja de mi identidad más básica, más primaria: el fondo de mí mismo». Y no imagino mejor regalo. Y además pude asistir a ese fragmento de vida desde el lugar que me otorgaba el afecto por Raquel –la hermana de Álex–, los orígenes conquenses de ambos y la empatía que circulaba en ambos sentidos nada más conocernos. No tengo adjetivos para describir al Álex de entonces, solo sabría decir de él que era buena persona, radicalmente una buena persona. Así entiende Álex cómo se fue construyendo la identidad: «creo que todos tenemos la sensación de que no cambiamos con el tiempo, de que seguimos siendo los mismos, la misma persona, por muchos años que pasen, pues ese yo esencial, ese yo primario es el que quedó moldeado en esa etapa. Los matices vienen luego, con el paso de fases de la vida, con diferentes experiencias que te hacen cambiar más o menos, pero siempre trabajando sobre la base original».

No tengo claro dentro de qué competencia básica se incluiría la capacidad para desarrollar la propia personalidad. Lo que sí que sé es que Álex la poseía, y lo explica así: «nunca estuve por estar, sino que fui quien quise ser, y eso fue –y es– muy importante para mí». A eso lo llamamos autonomía personal, ¿no? Aunque muchas veces lo olvidemos: esa debería ser la meta image(3)de la educación. Álex nos da las claves de hacia dónde caminar pero también de cómo hacer el camino: «aprendí, y mucho, de quien me quiso enseñar, de quien me tuvo en cuenta, de quien creyó en mí. Gracias a ellos –a vosotros– hoy soy quien soy». En el camino docente se requiere pues: querer enseñar, tener en cuenta al aprendiz y creer en él. Yo no podría haberlo dicho mejor. Con estos antecedentes era normal que Álex consiguiera todo lo que se propusiera, incluida la carrera de Ingeniería Industrial. Hablando de sus estudios universitarios dice: «si la anterior etapa forjó la esencia, en esta se forja el carácter; si bien todos lo traemos de serie, sí que es cierto que se acentúan ciertos matices; en mi caso, el no tirar la toalla: saber que algo no va a acabar con uno, si uno no quiere. Siempre hay un motivo para seguir adelante, por muy oscura que sea la noche. Sin duda duele menos quedarse derrotado en el suelo, pero vence quien siempre vuelve a levantarse».

Daríamos una imagen distorsionada de Álex si además no mencionáramos su lado más divertido, su sentido del humor, su entrega jugando al fútbol, la conciencia de que si hay que liarla, se lía, su alegría en las fiestas del pueblo, su curiosidad sin límites en un viaje a Corea… En definitiva, todo aquello que le hace feliz, y que él relaciona con el aprendizaje: «me llena todo aquello que me hace crecer, que tiene valor en sí mismo. Dicho de manera image(4)antagónica: todo aquello que no me empapa, que no hace resonar algo en mi cabeza, que no me deja tocado, es tiempo perdido. Hablo de una conversación interesante que te muestre otro punto de vista, que te lleve a un punto de entendimiento con la otra persona mucho más allá de lo rutinario, de algo interesante que escuchar; hablo de descubrir sitios lejanos o cercanos, con nuevas gentes, nuevas culturas; hablo de grandes noches con amigos o cortos wattsapps. Todo aquello que logro con esfuerzo, involucrarte hasta la médula en algo, eso genera una sensación muy parecida a la felicidad». Y por encima de todo, la familia: «sin duda, lo que más me llena es la familia. El tiempo y los acontecimientos me han enseñado a valorarla, si cabe, más aún. Asimilar que nada es para siempre me ha hecho disfrutar más intensamente cada momento con la familia, y por cuestiones de la propia vida, priorizando lo cualitativo frente a lo cuantitativo».

Toda la mesura que Álex manifiesta en su vida personal se la ha llevado también al mundo del trabajo: «incluso en este micro mundo sirven los valores más básicos: respeto, esfuerzo, atención por no fallar al equipo, humildad y responsabilidad. No es ninguna fórmula maestra, sino algo image(1)obvio». La competencia profesional se la supongo toda. Pero planeando por encima de ella, Álex aporta algo ya no tan común: la conciencia de que en el trabajo el factor humano lo es todo: «sigo pensando que la forma de ser de uno es la que abre o cierra puertas en la vida… En el trabajo, como todo en la vida, el trato personal está por encima de otras muchas cosas». Factor humano y capacidad para aprender, este es el bagaje nada desdeñable con el que cuenta Álex. Es eso lo que le ha permitido trabajar durante nueve años en una empresa de fabricación de vehículo industrial y eso mismo será –estoy convencido de ello– lo que le impulse en sus nuevos proyectos profesionales.

La forma de ser de Álex, de alguna manera, es también una forma de estar en el mundo. No esconde su posición de privilegio: «me considero afortunado, pues pienso que todo me ha ido rodado en la vida». Sin image(5)embargo, desde ese lugar hace una radiografía muy sensata del mundo: «malos tiempos para divagar sobre el mundo y el futuro. Pero impermeabilizándonos un poco del pesimismo reinante, no cabe duda de que somos unos privilegiados y de que esto está muy mal repartido y a la vez muy bien montado para algunos». Álex habla de la situación del mundo desde la sensatez, como decíamos antes, pero también desde la reivindicación de una ética de mínimos: «todo es premeditado, y las cosas no son justas, ni lógicas, como a priori parece que debieran serlo. Lamentablemente la justicia no es un requerimiento. Es obvio que no es lógico ni justo equiparar –o incluso anteponer– la vida de una persona a la religión, al poder económico, al poder político… Y en esas estamos». No podría estar más de acuerdo con esta manera de ver las cosas, también con sus propuestas: «ante tanto desengaño, y tras reflexión interna a cuenta de ello, cabe la reacción insumisa: intentar enriquecer nuestra rutina, darle a cada momento de cada día el valor que tiene, es decir, todo. Intentar que cada momento sea digno de ser vivido». Por cierto, ¿quién era el maestro?

De entre los recuerdos que guarda Álex de aquellas clases que compartimos, rescato dos: uno, mi intento por hacer fácil lo difícil –sinceramente, no sé si lo logré–; y dos, nuestra pasión común por El último de la fila, «que tanto me ha El ultimo de la filamarcado y que llevo intrínseco en mi ADN». Yo solo puedo añadir que he tenido la suerte de pasar fugazmente por su vida. Y la suerte de reencontrarnos con los años. Y la suerte de aprender de él. Y si no ¿qué decir de esta lección final?: «si nosotros y los nuestros gozamos de salud, si somos conscientes de nuestras posibilidades y no nos conformamos con estar aquí de paso, sin intentar apasionarnos por vivir, no hay motivo para no apostarlo todo, salir ahí fuera cada día y tratar de ser felices. ¿Imagínate que lo conseguimos?».

Gracias Álex, te debo mucho.

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