“El balcón en invierno” de Luis Landero

FotoEn El balcón en invierno (Tusquets Editores), Luis Landero aparece en la foto de la cubierta en compañía de su abuela Francisca. Era el año 1965. Esa foto sirve, de alguna manera, como declaración de intenciones de lo que será el libro. Su autor nos acompañará en un viaje personal –también, por momentos, colectivo– por los lugares que marcaron su vida: de la aldea extremeña en la que se crió al barrio madrileño al que fue a parar en aquellos años de la emigración del campo a la ciudad. Viaje también en el tiempo: de la infancia a la adolescencia, de ésta a la madurez. Esos viajes estarán atravesados de narraciones propias y ajenas que explican “por qué oscuros designios del azar un chico de una familia donde apenas había un libro logra encontrarse con la literatura y ser escritor”, según reza en la contraportada del libro. En esta novela de corte autobiográfico, el autor intenta darnos a conocer quién es, qué constantes explican su carácter y, como decíamos antes, qué vericuetos le llevaron a convertirse en escritor.

Pero no es intención de este texto hablar de la novela en su conjunto. Vamos a hacer, eso sí, cinco paradas en otros tantos aspectos que rozan el propósito de este blog. Nos referimos a la descripción de las academias nocturnas de aquellos años sesenta, el recuerdo que el narrador guarda de su profesor, cómo enseñaba éste, cómo fueron esos encuentros fuera del aula y, por último, cómo influyó ese profesor en la incipiente vocación literaria del narrador.

Respecto a la descripción de la academia, leemos lo siguiente: “la academia nocturna, como todas las academias nocturnas que conocí, estaba en un piso interior oscuro y laberíntico. Las aulas daban a lúgubres patios de vecindad, y no era raro que la vida académica alternase con escenas íntimas de familia, una madre dándole una papilla a su bebé mientras le decía mimoserías que se entreveraban con las frases de un profesor en trance magistral, altercados conyugales, escenas amorosas de sofá, gente cenando, un padre de familia cortándose viciosamente las uñas de los pies. A veces, el dueño de la academia, y su familia, vivían también allí, en habitaciones privadas que, si uno abría por error, podían ofrecer recónditas estampas de la vida hogareña, y yo recuerdo haber visto, por ejemplo, cómo una profesora de latín ya casi matrona, que un rato antes nos había dado clase con sobrias prendas asexuadas e investida de la más grave autoridad, ahora se volvía indefensa y con un pronto anheloso de turbación al verse sorprendida ante el espejo de cuerpo entero en actitud voluptuosa y en desahabillé”. Aunque yo no conocí aquellas academias, creo que el autor ha sabido recrear perfectamente su clima, el mismo que impregnaría aquella España en blanco y negro: “todo invitaba en aquellos antros mal iluminados y peor ventilados al devaneo y al sueño. Esa es la imagen, y la atmósfera, que mejor definen y esclarecen en mi memoria no solo a las academias nocturnas, sino también a la España de entonces”.

Ocurre siempre que, pasado el tiempo, recordamos solo el nombre de algunos de nuestros profesores/as. Rescatamos del olvido a aquel profesor que nos dejó alguna huella, positiva o negativa; a aquél que poseía una personalidad especial o una manera de enseñar única, o ambas cosas a la vez; a aquél que tenía un físico peculiar o un apodo afilado; a aquél que nos hacía reír o, por el contrario, nos infundía mucho miedo; a aquél que pasaba inadvertido o al profesor estrella; a aquél que asociamos a una de esas anécdotas de la vida escolar y que ya no olvidaremos nunca… Las razones pueden ser, pues, de lo más variadas. En el caso de El balcón en invierno, el narrador protagonista recuerda cómo “teníamos clase de literatura con un profesor bajito y regordete, con bigote y dientes de conejo, que se llamaba, cómo podría olvidarlo, Gregorio Manuel Guerrero”. Es un recuerdo preciso, vívido incluso: “era un hombre elegante en todo, en su manera de vestir –trajes impecables o conjuntos formales muy bien armonizados, zapatos relucientes, corbata, pañuelito de adorno en la chaqueta–, de moverse, de hablar, de escuchar, de tratarnos…”. El veredicto no deja lugar a dudas: “fue el primer intelectual, en el sentido pleno de la palabra, que conocí, y el mejor profesor que haya tenido nunca. Y no tanto por la transmisión de sus conocimientos, que eran también extensos y a la vez matizados, como por su persona, por su ejemplo viviente”. Puede parecer una obviedad pero es que resulta que el docente es ante todo persona, igual que lo es el aprendiz. Si fuéramos capaces de no olvidar esto, si fuéramos capaces de desterrar concepciones educativas de corte tecnocrático –o burocrático-, si fuéramos capaces de poner en el centro del tablero educativo el rico mundo de las emociones, es seguro que las cosas nos irían de otra manera.

Por lo que respecta a la manera que el profesor tenía de enseñar, leemos lo siguiente: “donde más resplandecía su inteligencia, que era mucha, (era) en el sabio manejo y dosificación de la ironía y de los silencios. O, si se quiere, en el arte de sugerir, de acompañarnos en la comprensión de las cosas no hasta el final, sino únicamente hasta el punto en el que ya nosotros podíamos hacer solos y por nuestra cuenta el resto del camino. Él nos enseñó a comprender sin preguntar demasiado, y evitando siempre las obviedades”. Estamos aquí ante un auténtico ideario pedagógico, que yo podría compartir ampliamente: el docente acompaña, y lo hace hasta el punto justo, hasta ese lugar en el que el alumno ya debe transitar solo. Todo esto no sería más que una forma de nombrar lo que en jerga pedagógica llamamos zona de desarrollo próximo.

A veces la tarea del profesor traspasa las paredes del aula e impregna un fragmento foráneo de vida. En lo que a El balcón en invierno se refiere, son dos los momentos en los que el narrador protagonista nos cuenta que entabló contacto con su profesor fuera de clase: una mientras éste aún lo era y otra pasados los años. De la primera nos dice lo siguiente: “… un tiempo después, días o semanas, no sé de qué manera, me lo encontré en la calle, cerca de la academia, y me invitó a tomar un café. No recuerdo la conversación pero sí sé que la fue llevando hasta donde él quería llegar. En un momento dado, y puesto que yo quería ser escritor, me preguntó por mis lecturas, por mis autores y libros favoritos…”. El segundo encuentro fuera de las aulas se produjo años después: “veinte años más tarde, averigüé su dirección, lo llamé por teléfono y me invitó a visitarlo en su casa. Me enseñó entonces los archivos de toda su vida. Miles y miles de fichas escritas a mano con una letra aplicada y menuda donde iba anotando los avatares históricos de muchas palabras después de rebuscar en periódicos y obras menores, la mayoría de ellas olvidadas, del siglo XIX”. A este respecto pienso en lo necesarios que son los espacios informales en los que toda la comunidad educativa debería también poder interaccionar. Fuera de clase y liberados de los roles que el sistema educativo nos impone a unos y otros, emergen nuevas e insospechadas ocasiones para enseñar y para aprender, todos de todos.

Son también muchos los que podrían contar que son lo que son gracias a alguno de sus profesores. En la obra que nos ocupa, el profesor fue determinante en la decisión del narrador-autor de convertirse en escritor: “mi profesor había asumido, sin decirlo, casi sin hacerse notar, la responsabilidad de guiarme, de sugerirme, de echarme una mano por el hombro y cambiar suavemente el rumbo de mi marcha y acompañarme un trecho por el buen camino de la literatura y el saber”. Más de uno/a se verá reflejado en ese “cambiar suavemente el rumbo” gracias al influjo de uno de sus profesores/as. Pero no se llega a ese punto sin más. Para ello el docente debe estar atento a las señales que le llegan de su alumno/a: “ya alguna vez me había devuelto un examen con una nota al margen donde me decía que escribía bien, pero que debía esmerarme en escribir mucho mejor. Sin duda, había detectado mi secreta pasión literaria. Fue mi primer elogio de escritor, ese dulce veneno adictivo del que uno ya nunca se desengancha totalmente”. Aquí lo relevante es “sin duda, había detectado”. Después vendrá el cultivar una red de complicidades en ambas direcciones: “un día, animado por sus palabras, le dejé algunos de mis poemas. Me los devolvió con comentarios alentadores pero ambiguos, de modo que me quedé sin saber lo que pensaba realmente de ellos”. Y ahora a la inversa: “a partir de ese día me fue dejando algunos libros, así, como quien no quiere la cosa. Mira, hace poco me compré este libro, que aún no he tenido tiempo de leer. Ve leyéndolo tú, a ver qué te parece. Y a lo mejor ese libro eran unos cuentos de Borges, una sonata de Valle-Inclán, una novelita de García Márquez, algo de Melville o de Kafka. O me recomendaba, y me hacía apuntarlos, libros y autores de los que yo nunca había oído hablar. Y con aquellos libros, que yo leía línea a línea en un estado febril de estupor, enseguida se hizo la luz, y las piezas caóticas de mi formación literaria adquirieron un orden y un sentido, y se consolidó para siempre mi vocación irrenunciable de ser escritor”.

Ésta es una historia de éxito. La prueba es esta novela autobiográfica que ahora podemos leer, obra de aquel escritor en ciernes, estimulado por los consejos de su profesor. ¿Qué hubiera pensado don Gregorio de haber podido leerla? ¿Qué hubiera pensado Luis Landero en el caso de que don Gregorio hubiera podido leerla? Yo, a la manera de don Gregorio, sólo puedo sugerir su lectura y decir: “mira, hace poco me compré este libro, que aún no he tenido tiempo de leer. Ve leyéndolo tú, a ver qué te parece”.

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