“Los emigrados”, W. G. Sebald

los emigrados foto

No acostumbro a hacer juicios categóricos sobre nada pero, sin que sirva de precedente, aquí va uno: no imagino mi vida como lector sin los libros de W.G. Sebald. Explicar qué sentí la primera vez que leí Los emigrados (Anagrama) se aproximaría bastante a algo parecido a una revelación. Este texto, híbrido en lo formal y de una belleza inusual, nos sitúa frente al destino de cuatro personajes marcados por el desarraigo. Aunque más allá de esas historias particulares, la nostalgia se extiende como una mancha de aceite y sentimos cómo ya no son ellos, sombras de un pasado no tan lejano, sino nosotros, los lectores, quienes, extranjeros de nuestras propias vidas, vagamos a la deriva entre las fronteras y la Historia.

Después del fogonazo inicial, quise saber más de este autor y de su obra. Nadie me ayudó tanto en mi empeño como Susan Sontag en W. G. Sebald: el viajero y su lamento. En palabras de Sontag a propósito de la aparición de Los emigrados en inglés: “(estábamos ante un) libro tan extraño como irrefutable. Su lenguaje era maravilloso: delicado, denso, inmerso en la materia de las cosas; y aunque de esto hubiera amplios antecedentes en lengua inglesa, lo que resultaba ajeno y a la vez más persuasivo era la autoridad extraordinaria de la voz de Sebald: su gravedad, sinuosidad, precisión, su libertad frente a toda cohibición debilitadora o toda ironía gratuita”.

La originalidad de Sebald radica, entre otras cosas, en el punto de vista. No en vano una de las cuestiones que ha suscitado más discusiones al hablar de su obra Sontag la formula así: “¿Es Sebald el narrador? ¿O es un personaje de ficción a quien el autor ha prestado su nombre, con detalles selectos de su biografía?” La respuesta que demos a esta pregunta condicionará de alguna manera nuestra pretensión de convertir uno de los textos que conforman Los emigrados (más en concreto, el dedicado al maestro Paul Bereyter) en un documento sobre el que hablar de la realidad educativa de entonces. Para Susan Sontag, los textos de Sebald “reclaman con justicia ser considerados como ficción. Y son ficción, no sólo porque hay buenas razones para creer que mucho ha sido inventado o alterado sino porque, seguramente, algo de lo que Sebald narra sucedió en efecto: nombres, lugares, fechas y demás. La ficción y la objetividad, desde luego, no se oponen”. Podemos, pues, hablar de una realidad pretendidamente objetiva a pesar de hacerlo desde la ficción, o desde esa instancia en que queda convertido todo texto con ciertas dosis de ficción. Dicho de otra manera, no tenemos motivos para desconfiar de que la escuela que encontramos en la historia de Paul Bereyter fuera como se nos dice que era. O era así o podría haber sido así, que para los propósitos de este texto es lo mismo. Y es que “las ficciones de Sebald —y la ilustración visual que las acompaña— proyectan el efecto de lo real a un extremo fulgurante”.

Otro de los elementos originales en las obras de Sebald lo constituye la presencia de ilustraciones (fotos, cartas, mapas…) que acompañan al texto escrito. Para Susan Sontag, “parecen un desafío insolente a la suficiencia de lo verbal”. Aunque no está claro que todos esos materiales sean auténticos, “conforman un índice exquisito del transcurso del pasado”. Sean reales o no, esas ilustraciones inequívocamente ayudan a crear una atmósfera en la que queda atrapado el lector y, dentro del juego de la ficción, contribuyen a construir una sensación de intensa realidad. Gracias a ellas sabremos cómo era, o cómo podría haber sido, la escuela de la que habla el texto escrito o pondremos rostro a aquellos niños que la frecuentaban.

Además de un punto de vista y un uso de las ilustraciones original, encontramos con frecuencia en las obras de Sebald un mismo motivo: el viaje emprendido por un promeneur solitaire a la manera de la literatura romántica. Y es que “los viajes de una u otra especie habitan el corazón de toda la narrativa de Sebald: en las peregrinaciones del propio narrador y las vidas, todas de algún modo desplazadas, que el narrador evoca…”. Viaje, pero también soledad: “El viaje libera la mente para el juego de las asociaciones, para los sufrimientos (y erosiones) de la memoria, para degustar la soledad”. En el texto dedicado a Paul Bereyter, su antiguo maestro de escuela, el viaje llevará al narrador de vuelta a la “nueva Alemania” y le permitirá comprobar las cicatrices que la Historia dejó en una vida particular, la del maestro Paul, pero también en las de toda una colectividad marcada por el nazismo y la guerra.

La originalidad de Sebald también abarca para mí un terreno más cercano al de las sensaciones. Me refiero a la sensación que tiene el lector al adentrarse en una obra como Los emigrados de que ha ingresado en un territorio ignoto, más allá del mundo de los vivos: “… al contemplar las imágenes que contiene sentí realmente, y sigo sintiendo, como si los muertos regresaran o nosotros estuviéramos a punto de irnos con ellos”. Susan Sontag lo explica así: “en cierto momento, el narrador afirma no saber si todavía está en la tierra de los vivos, o si ya está en algún otro lugar… De hecho, él está en ambos: con los vivos y —si la guía es su imaginación— con los póstumos también”.

Paul Bereyter

De lo dicho hasta ahora, no sé si el lector de estas líneas se ha hecho una idea precisa del tipo de literatura de la que hablamos y por qué declaré al principio que no concebía mi vida como lector sin las obras de Sebald. En cualquier caso, a partir de ahora me centraré en una de las cuatro historias de Los emigrados y que responde a los intereses de este blog. Me refiero al segundo de los relatos, el dedicado a Paul Bereyter, un antiguo maestro de primaria.

RASTREANDO LA HISTORIA

¿Quién fue Paul Bereyter? ¿O quién dice el narrador que fue? Sabemos que el narrador recibe una carta en la que le informan del suicidio del que fuera su maestro. La carta también contiene el artículo necrológico publicado en la gaceta local en el que “no hablaba más que de los méritos del malogrado maestro de escuela, de las atenciones que prodigaba a sus alumnos, muy por encima de lo que era su obligación…”. A raíz de esa carta, el narrador decide indagar más en la vida de Paul Bereyter: “el artículo decía también que el Tercer Reich había privado a Paul Bereyter del ejercicio de su profesión de maestro. Esta constatación, tan fría y tan seca, junto con la forma trágica de su muerte, fueron la causa de que en el curso de los años siguientes pensara cada vez más a menudo en Paul Bereyter, hasta que al final me propuse rastrear su historia, para mí desconocida, más allá de mis propios y muy entrañables recuerdos que guardaba de él”.

LA CLASE

¿Cómo nos imaginamos el aula en la que impartía clase Paul? El texto y las ilustraciones nos ayudan a hacernos una idea: “En la clase, cuyo plano tuvimos que dibujar a escala en nuestros cuadernos, había 26 pupitres dispuestos en tres filas, fijados con tornillos a la tarima impregnada de aceite. Desde la mesa elevada del maestro, detrás de la cual colgaba de la pared el crucifijo con la palma, se podía mirar sobre las cabezas de los alumnos, pero si no me equivoco Paul no ocupó jamás aquel elevado sitial. Cuando no estaba delante de la pizarra o del ajado mapamundi de hule, se paseaba entre los pupitres o permanecía apoyado, con los brazos cruzados, contra el cajón de utensilios al lado de la estufa de cerámica verde. Pero su sitio favorito se encontraba junto a una de las ventanas del lado sur…”.

EL IDEARIO PEDAGÓGICO

Sabemos del talante pedagógico de Paul Bereyter por lo que cuenta el narrador a propósito de su primer día de escuela: “La clase en que entré era la del tercer curso, que estaba a cargo de Paul Bereyter… Enfundado en mi jersey verde oscuro con el dibujo del ciervo que salta, estaba yo de pie delante de mis cincuenta y un compañeros, que me miraban de hito en hito con toda la curiosidad del mundo, y oía decir a Paul, como desde un lugar lejano, que yo había llegado en el momento oportuno, ya que la víspera había contado la leyenda del salto del ciervo y ahora podía trasladar el dibujo del ciervo de mi jersey a la pizarra. Me pidió que me quitara el jersey y me sentara de momento al lado de Fritz Brinswanger, en la última fila, mientras él nos mostraría, partiendo del dibujo del ciervo que salta, cómo se puede descomponer una figura en un montón de elementos minúsculos –crucecillas, cuadrados y puntos-, o a la inversa, componerla a base de estos elementos”. Desde mi posición de docente pienso que ojalá fuéramos capaces de hacer protagonistas a nuestros alumnos desde el primer día tal como hizo Paul a propósito del jersey con el ciervo que salta del narrdor y ojalá pudiéramos tener los reflejos suficientes para convertir en material didáctico todo aquello que el entorno nos ofrece.

La anécdota que se cuenta respecto a las ventanas encaladas habla más a las claras del ideario pedagógico de Paul, que destaca por contraste respecto al de su predecesor: “El antecesor de Paul, el profesor Hormayr, temido por su implacable régimen disciplinario, y que castigaba a los alumnos a permanecer de rodillas durante horas sobre tablones esquinados, había hecho encalar las ventanas hasta media altura para que los niños no pudieran mirar afuera. Lo primero que hizo Paul después de tomar posesión de su cargo en 1946 fue eliminar trabajosamente esa pintura de su propia mano, con ayuda de una hoja de afeitar, cosa que en realidad no urgía tanto, ya que Paul tenía por costumbre abrir las ventanas de par en par aunque hiciera mal tiempo, incluso en invierno cuando arreciaba el frío, pues estaba firmemente convencido de que la falta de oxígeno menoscaba la facultad de pensar del ser humano”. Paul ya intuía uno de los desafíos a los que se enfrenta la Pedagogía: el cómo hacer que nuestros alumnos puedan mirar afuera. No podemos seguir siendo docentes de ventanas encaladas.

Un espíritu libre como el de Paul no podía estar sujeto al dictado de la religión, de ahí su aversión a ésta: “… tenía verdadero horror a los representantes de Dios y al olor a naftalina que despedían. Los domingos no sólo no iba a la iglesia, sino que se alejaba del lugar tanto como podía…”. A Paul “nada le repugnaba tanto como la charlatanería católica. Y cuando volvía al aula después de la clase de religión y se topaba en la pizarra con un altar de adviento dibujado con tiza de color lila o un ostensorio rojo o amarillo o algo parecido, se ponía ipso facto a borrar esas obras de arte con ostensible vehemencia y aplicación”.

Años antes de que empezáramos a hablar aquí del aprendizaje cooperativo, Paul ya lo practicaba en sus clases: “Paul no tuvo nada que objetar a nuestra cooperación (la del narrador y un compañero de clase); al contrario, para animarnos colgó en la pared, al lado de nuestro pupitre, el terrario con los escarabajos…”. Aprendizaje cooperativo y enseñanza objetiva: “Lo que Paul llamaba enseñanza objetiva nos condujo con el tiempo a todos los lugares que por una razón u otra razón eran dignos de interés y se encontraban a dos horas de camino de la escuela”. Hoy también hablamos en educación de aprovechar el entorno. Por lo que vemos la idea no es del todo nueva: “En general las clases de Paul eran de lo más ilustrativo que cabe imaginar. Aprovechaba cualquier oportunidad para salir con nosotros fuera de la escuela y visitar todo lo que pudiéramos en la ciudad… “. ¿Y por qué no reivindicar, por momentos, el no hacer nada?: “… a menudo, sobre todo en los días más hermosos, salíamos al campo para estudiar las plantas, o so pretexto de estudiar las plantas, para no hacer nada”.

También hoy hablamos de profesores que ya no son los depositarios absolutos del conocimiento sino de mediadores ente éste y los alumnos. Paul Bereyter ya encarnaba esta idea: “… nos hablaba desde aquella posición periférica…”. Periferia física en el aula y en la posición de dominio respecto al saber. Y también hoy hablamos de competencia emocional del alumnado. ¿Y qué hay de la del profesorado?: “… como si de alguna manera la voz no le saliera de la garganta, sino del fondo del corazón…”.

EL CURRÍCULUM

A través de este relato podemos conocer un poco cómo era el currículum entonces en Alemania: “La enseñanza que impartía Paul abarcaba desde luego las materias que en aquel entonces eran preceptivas en la escuela primaria, a saber, la tabla de multiplicar, las cuatro reglas de cálculo, caligrafía gótica y latina, ciencias naturales, ciencias sociales, canto y la llamada educación física”. ¿Qué opinarían del “canto” aquéllos que años después quieren convertir las enseñanzas artísticas en un añadido irrelevante al currículum importante?

Igual que hemos ido perdiendo derechos laborales por el camino, también hemos perdido alguno de los elementos centrales de la tarea educadora. ¿Adónde ha ido a parar la libertad de cátedra? ¿En qué momento las fuerzas neoconservadoras disfrazadas de tecnocracia nos impusieron currículos muchas veces discutibles? Paul Bereyter lo tenía claro: “Por lo menos una cuarta parte de todas las clases la dedicaba Paul a impartirnos conocimientos que no estaban previstos en el programa. Nos enseñó los fundamentos del cálculo algebraico, y su entusiasmo por las ciencias naturales llegaba al extremo… Jamás leímos nada en el libro de texto previsto para tercero y cuarto de primaria, calificado por Paul de ridículo y falaz, sino que lo hicimos casi exclusivamente en el Rheinische Hausfreund, del que Paul había adquirido sospecho que pagando de su bolsillo, sesenta ejemplares”.

VIDA DE UN MAESTRO

Igual que existen los periodistas de raza o los políticos de raza deben de existir los maestros de raza. Por lo que leemos en Los emigrados, Paul Bereyter era uno de esos maestros. Esa raza es la que le lleva a transigir con una formación que detesta con tal de conseguir su fin de convertirse en maestro. Para él, la Escuela Normal era una casa de doma de maestros. A este respecto leemos que “Paul únicamente se sometió a aquella educación, marcada por las normas más cerriles y un catolicismo patológico, porque quería ser pedagogo a cualquier precio, incluso a costa de aquella educación, y que nada más que su idealismo absolutamente incondicional le permitió soportar la estancia en Lauingen sin quebranto para su alma”.

Pero una vez conseguido el sueño de ser maestro, Paul es apartado de su puesto por tener un abuelo semijudío y por tanto por ser tres cuartos ario. La Historia a veces nos atropella, y eso es lo que le ocurrió a Paul Bereyter, de forma injustificada y violenta. Podemos imaginar el golpe que algo así supuso en el ánimo del joven maestro. Leemos: “Paul ocupa su primera plaza oficial en W. un pueblo apartado, y cuando apenas ha memorizado los nombres de los niños recibe una notificación que dice que su permanencia en la escuela pública, en virtud de la normativa legal por él conocida, ya no es de recibo”.

Después de este hecho, Paul cruzando las fronteras de una Europa convulsa “se trasladó pasando por Basilea, a Besançon, donde obtuvo un empleo de maestro particular…”. Como se nos dice en el relato, “en el plazo de un mes había caído de la dicha en la desdicha”.

Después de este paso por Francia, vendrá la vuelta a Alemania: “El retorno de Paul a Alemania en 1939, igual que su regreso a S. al término de la guerra y a su profesión de maestro en el mismo lugar en que antes le habían mostrado la puerta, fue una aberración, dijo madame Landau. Desde luego que entiendo, agregó, por qué le tiraba de nuevo la escuela. Había nacido para educar a los niños, era un auténtico melammed que, como usted mismo me ha relatado, hacía de la nada las lecciones más hermosas. Además, como buen maestro que era, debió de pensar que tras aquellos doce años de males había que poner punto y final y emprender en la página siguiente un nuevo comienzo en limpio”.

Las huellas de la Historia nos dejan cicatrices, en el caso de Paul tantas hasta el punto de aborrecer la profesión que tanto había amado: “… por claustrofobia ya no era capaz de dar clase y de que sus alumnos, por quienes como recalcó expresamente siempre había sentido cariño, se le habían aparecido como criaturas despreciables y odiosas, de tal manera que sólo de verlos había sentido brotar más de una vez en su interior una violencia abismal”.

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