Juan Carlos Gómez Vaquero

Juan Carlos 1A veces tengo que pararme a pensar y recordarme que todo acto educativo es un acontecimiento. Utilizamos esta palabra, “acontecimiento”, para nombrar  esos momentos relevantes en la vida de uno/a, de un grupo o de la sociedad en su conjunto. Así las cosas, son acontecimientos: un nacimiento, una celebración o un descubrimiento científico llamado a cambiar el mundo. Claro que hay acontecimientos gozosos y otros que lo son menos. Obviamente, lo educativo debería formar parte de la primera categoría. La verdad es que esto ya lo sabía; sin embargo, fue en el diálogo con Juan Carlos cuando volví a tomar conciencia de ello. Hablando de los últimos tiempos en los que había vuelto a formarse decía: “te diré que han sido los tres mejores años de mi vida y que será muy difícil que me olvide, a pesar de ser los cinco años más duros en sentido económico y laboral”. En esta rotonda vital nos encontramos Juan Carlos y yo en la Escuela de Personas Adultas Vicent Ventura; para él, un momento altamente significativo; para mí, el riesgo de un curso más, un transitar por los mismos caminos, de manera más o menos cómoda, sin pena ni gloria. Afortunadamente no fue así, Juan Carlos (y otros compañeros como Paqui, Marisa, Carlos, Daniel y otros muchos) me recordaron la importancia de lo que nos traíamos entre manos y me hicieron tomar conciencia de cómo muchas veces la Educación de Personas Adultas acude al rescate. Entonces hay que estar ahí, en pie de igualdad, abierto al diálogo, atento a las demandas, escuchando lo que se oye y lo que no, acompañando. O, al menos, tratándolo.

En ese momento y en ese lugar empiezas a conocer a alguien como Juan Carlos, con una larga trayectoria laboral y personal, con una forma de ver el mundo nada complaciente sino todo lo contrario (crítica y política a un tiempo), con todo un despliegue de humanidad que posa como si nada en todos y respecto a todo… Y entonces piensas: ¡qué privilegio poder trabajar en esto! No sé si el hecho de que Juan Carlos también sea de Cuenca, como yo, ayudó a tender puentes. Aunque todo ayuda, su natural sociable hubiera obrado igualmente: “durante los tres años que estoy estudiando, para mí la mayor riqueza es la gente que conozco -tanto profesores como alumnos-  y gente con la que hablo –tanto en los centros de estudio como en la calle–. Como sabrás soy demasiado  xarraor”.

Juan Carlos 5Quizás exagera Juan Carlos cuando dice: “creo que soy más persona que antes, después de haber conocido a grandes personas como todos vosotros”. Nótese que dice “más persona” y no “mejor persona” (eso ya lo lleva él incorporado de serie). Concedámosle la hipérbole, y más si esta nos lleva a pensar que el requisito mínimo indispensable de cualquier encuentro educativo debería ser aquel en el que todos los participantes llegaran a ser más personas. Yo le daría la vuelta a su afirmación y diría que “somos más personas que antes después de haber conocido a Juan Carlos”.

Es sabido que la Educación de Personas Adultas abre puertas, y si no que se lo digan a nuestro protagonista: “gracias a vosotros tuve el Graduado en Secundaria y después un Grado Medio en Obras de Interior, Rehabilitación y Decoración de Viviendas”. Quienes hayan pasado por la Educación de Personas Adultas podrían referir muchas historias como esta. Sorprende, pues, la poca visibilidad que muchas veces acompaña a estas ofertas educativas, los recursos menguantes empleados y la falta de reconocimiento general que se le dispensa. Con esto no quisiera situarme en el “discurso de la queja permanente”, tan frecuente en nuestra profesión, sino más bien en el reconocimiento y en la reivindicación de unas enseñanzas y unas prácticas educativas altamente significativas, y con un “retorno social” tan considerable.

Juan Carlos 2Retorno social (hacia afuera) y también retorno institucional (hacia adentro). Porque ¿cómo calibrar en un centro educativo el impacto de la experiencia aportada por personas como Juan Carlos? Respecto a su trabajo, dice esto: “mi oficio es el de carpintero aunque domino otros cuatro”. No es por falsa modestia pero ya quisiéramos muchos poseer una versatilidad así. En el caso de Juan Carlos, vida y oficio han ido de la mano: “a lo largo de mi vida solo he tenido un oficio y un puesto de trabajo, en él empecé de aprendiz y terminé de responsable de sección o encargado. Ha sido toda mi vida: 33 años.” Pienso a este respecto cómo muchas veces dejamos pasar por alto toda esta inteligencia cultural, esas destrezas y capacidades que reúne nuestro alumnado. ¿Cómo poner, pues, toda esa experiencia al servicio del aprendizaje de todos? Definitivamente, no nos podemos permitir desperdiciar ese inmenso bagaje. Todos los saberes de nuestro alumnado deberían ocupar un lugar central en el currículum de la Educación de Personas Adultas.

Si el trabajo “ha sido toda mi vida” –en palabras de Juan Carlos–, quizás nos podamos imaginar lo que supuso para él la pérdida del mismo. Cuando se le pregunta por cuáles han sido las experiencias vitales que más le han marcado, él nombra como una de ellas el cierre de la empresa. En cualquier caso, de todo ello la lectura que hace no puede ser más positiva: “dentro de la mala suerte de no tener trabajo me considero un privilegiado por tener durante 33 años un trabajo y sobre todo por haber estado a gusto en él”. El caso de Juan Carlos no es aislado: después de toda una vida trabajando en la misma empresa, muchos trabajadores/as han tenido que reinventarse. Aunque él ha tenido la suerte de hacerlo en el mismo sector.

Juan Carlos 4En ese reinventarse, el paso por las aulas se convierte en la bisagra que articula una vida laboral en dos tiempos. Por lo que respecta a Juan Carlos, ahora “estoy en una empresa de casas de estructura de madera, pero que terminadas es como una casa normal de ladrillo. Empecé con ellos en junio hasta junio de este año en que termina la obra. Estoy de carpintero y técnico de obra. Paso un mes en Avignon y una semana de descanso en casa, y luego otro mes más de trabajo”. Mucho se ha escrito de los jóvenes españoles forzados a emigrar en momentos de crisis. Quizás menos atención se ha prestado a aquellos otros trabajadores/as no tan jóvenes obligados a buscarse la vida fuera de nuestras fronteras. Los relatos de vida de unos y de otros coincidirían en lo que alguna ministra llamó “movilidad exterior” pero intuyo que la variable “edad” nos devolvería una imagen más severa de aquellos que tuvieron que emigrar cuando ya tenían toda una vida montada aquí.

Juan Carlos, en consonancia con su carácter, ve el futuro de manera esperanzada: se puede mejorar dejando los intereses económicos aparte”. Por supuesto, el margen de mejora que tenemos las personas a título individual y grupal no pasa necesariamente por el dinero. Yo diría que, superando unos mínimos vitales básicos, casi nada pasa por la economía cuando de felicidad se trata. Su optimismo no es, en absoluto,  contemplativo: nada nos lloverá del cielo, deberíamos pues “ponernos las pilas para cambiar”. Yo diría que él encarna como nadie ese impulso de cambio. De él emana este mensaje tan necesario para momentos de incertidumbre como los actuales: “tenemos que ser optimistas y pensar que siempre hay un poco de esperanza y que lo que empieza, aunque sea malo, pasará”.

Juan Carlos 3Y ya por último, para acabar de vislumbrar a Juan Carlos, un par de detalles más. El primero tiene que ver con los mimbres: los personales y los familiares. De los primeros ya hemos dado cuenta. De los segundos, dice lo siguiente: “lo que más me llena en la vida son mi mujer, mi hijo, toda mi familia y hasta la suegra”. El segundo tiene que ver con los recuerdos compartidos, entre los que rescata estos: “el viaje de fin de curso del graduado que hicimos a la Murta y la cara que se os quedó cuando os dimos las plumas de regalo en aquel embalaje que parecía de todo menos bueno”.

Llegados a este punto, solo me queda mostrar toda mi gratitud a Juan Carlos por lo mucho que me ha aportado, que nos ha aportado. Y, por supuesto, desearle lo mejor. Eso que quizás ya tenga o que, al menos, sabrá la manera de encontrar. Gracias, amigo.

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2 comments

  1. maria jesus carrascosa latorre · diciembre 27, 2015

    Gracias por compartir con nosotros tus experiencias con tus alumnos

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  2. alexplumedf · diciembre 27, 2015

    Me ha encantado la frase: “nada nos lloverá del cielo, deberíamos pues ponernos las pilas para cambiar”.
    Toda una declaración vital de intenciones. Enhorabuena a Ramón, pues me parece un luchador nato, y a ti Maxi por abrirnos los ojos y la mente con cada relato.

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