Ramón Paraíso: “Reencuentros en la tercera fase”

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De vuelta es el extraordinario blog educativo de Ramón Paraíso. En los últimos dos años, sus comentarios han acompañado mi día a día en el CEPA Pitiüses poniendo palabras a aquello que yo –y algún compañero/a más– pensábamos en relación a la educación de personas adultas. Del contacto virtual pasamos al encuentro cara a cara en el marco del taller que Ramón impartió en Eivissa coordinado por el CEP. En dicho taller, Ramón nos transmitió con un entusiasmo contagioso su experiencia en el CFA Dolors Paul de Cunit. En una mañana viajamos al interior de un centro con sentido (plasmado en forma de plan estratégico) y en el que se atreven con metodologías innovadoras y proyectos motivadores. Su inspiración sigue acompañándome en momentos de zozobra, ésos que nos asaltan a los docentes de vez en cuando.

Hoy quería rescatar aquí una de sus entradas en De vuelta: “Reencuentros en la tercera fase” (19 de septiembre de 2015). En ella asistimos a un reencuentro entre Ramón y uno de sus antiguos profesores; o mejor dicho, un reencuentro que en realidad no llegó a producirse ya que ambos hicieron como si no se hubieran visto. En ese gesto cifra el autor toda su reflexión acerca de qué recuerdos dejan en nosotros los profesores/as. En el caso que nos ocupa, un recuerdo no muy grato. Ahora que el rol ha cambiado de alumno a profesor, Ramón se pregunta qué recuerdo será el que guarden sus alumnos/as de él en el futuro. Su respuesta no deja lugar a dudas: “… me dolería más que tuvieran la sensación de que nunca mostré el más mínimo interés por su situación y preocupaciones, por sus inquietudes. Me sabría muy mal que tuvieran la sensación de que no fui lo suficientemente cercano y atento como para detectar qué necesitaban y cuáles eran sus verdaderas aptitudes y capacidades, independientemente del resultado que tuvieran en mis asignaturas”. De lo dicho hasta aquí empezamos a intuir que esos reencuentros casuales entre profesores y alumnos después del tiempo son un buen termómetro de qué tipo de profesores fuimos, de qué clima generamos en el aula y de qué distancia establecimos. Esos encuentros también hablan de cómo eran nuestros alumnos o cómo éramos nosotros en tanto que aprendices.

Toda esta anécdota del (no)reencuentro lleva al autor a reflexionar sobre la humanización en la tarea docente. En ese viaje, Ramón se sirve del artículo de Débora Kozak “La enseñanza y el aprendizaje deshumanizado” (21 de agosto de 2015) dentro de su blog Pensar la escuela. Y yo me pregunto: ¿puede existir una escuela deshumanizada? La respuesta es radical: no. Una escuela que no reconociera el valor de esa humanidad que todos compartimos sería un engendro de institución. Y es que la humanización es una de esas tareas medulares que fundan nuestro sistema educativo. Nadie en su sano juicio defendería, pues, una escuela deshumanizada. Sin embargo, serían muchos los que sí que abogarían por versiones light de la misma y que, en palabras de Débora Kozak, pueden adoptar las formas de: determinación de la distancia óptima, manejo del apego, desafección o, directamente, alejamiento. Frente a estos discursos, desde este blog (y este es su espíritu) defendemos el despliegue de todos aquellos atributos que nos dotan de humanidad, a docentes y alumnos, y entre los cuales encontramos: la cercanía, la complicidad, el afecto, el compromiso o la honestidad. Cualquiera que lea esto diría que esto es muy difícil, y yo tendría que darle la razón. Sin embargo, ése debería ser el horizonte hacia el que caminar. Y mientras tanto, nuestro proyecto mínimo viable en este sentido debería pasar por, en palabras de Ramón Paraíso, tomar conciencia de que “en el aula convivimos con más personas, que tienen sus propias preocupaciones y problemas”. Y sus motivaciones, sus historias, sus deseos…

Éste es el mensaje para navegantes que podría haber tenido en cuenta aquel profesor del que hablaba Paraíso al principio. De haberlo hecho, el encuentro habría ido con toda probabilidad de otra manera. Ya no podrá ser. Muchos otros aún estamos a tiempo. Gracias Ramón por esta reflexión y enhorabuena por tu blog.

 

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