Álvaro Herrero

Álvaro 1La educación, tal y como yo la entiendo, debería tener como propósito ensanchar el mundo (del niño, del adolescente, del joven, del adulto), ver más allá y salir al encuentro de  un futuro que, a priori, ni sospechamos. En ese empeño, el docente juega muchas veces con la ventaja que le dan sus conocimientos, su experiencia y la vida misma, especialmente respecto a un alumnado más joven. Sin embargo, sería un error considerar que el docente ya es un individuo de una pieza, que no necesita igualmente ampliar sus horizontes. Y sería un error todavía más grave considerar que el alumno no puede ayudarle en ello. Pensaba en todo esto, al tiempo que leía las palabras que ha querido compartir conmigo mi exalumno Álvaro Herrero. En ellas he podido vislumbrar algo que aparece en innumerables textos legislativos: la educación debe contribuir a formar personas autónomas, críticas, con pensamiento propio. Sin embargo, ese frío vocabulario de corte técnico parece no remitir a nada ni a nadie en concreto.  Por eso, al leer el correo de Álvaro he sentido una verdadera emoción al comprobar que a veces el sistema educativo, mayormente a contracorriente, cumple con su misión. Y emoción también por constatar que es ahora él, mi exalumno, quien ensancha mi mundo.

Álvaro 12Fui profesor de Álvaro durante tres cursos (creo que fueron tres, pero no estoy seguro). Y ya entonces aquel joven -de mirada abierta, comprometida y crítica- apuntaba maneras. Eso y lo magníficamente bien que escribía son dos de los buenos recuerdos que conservo de él. Por su parte, él recuerda de aquel profesor que era yo entonces la defensa que un día hice en clase de la diversidad lingüística: “recuerdo que todos gimoteábamos porque teníamos que estudiar valenciano y siendo todos castellanoparlantes y adolescentes no entendíamos el porqué. Y una tarde que estábamos especialmente borricos, nos contó de dónde venía y nos dijo que no sabíamos la suerte que habíamos tenido al nacer en un contexto con dos lenguas, dos culturas, dos formas de ver las cosas. Aún tengo la imagen guardada en la memoria: él, de pie, con su libro abierto en la mano, serio y sereno. Nosotros callados, sentados en nuestros pupitres…”. Bonito recuerdo éste que, pasados los años, Álvaro comparte conmigo y que concluye así: “no sabes cuántas veces te he vuelto a escuchar en mi cabeza y he pensado: ¡cuánta razón tenía, joder!”

Álvaro 2Para muchos de los protagonistas de este blog, educación y vida forman una unidad indisociable; en el caso de Álvaro, también: “preguntarme qué poso me dejaron las diferentes instituciones educativas por las que he pasado es como preguntarme qué poso me dejó la vida pues el 90% de los días que viví estuve ligado a alguna de esas instituciones, en mayor o menor medida. Incluso ahora lo estoy, ya que he empezando a cursar, a distancia, el Máster de Formación del Profesorado”. De todas esas instituciones por las que ha pasado, Álvaro destila lo que verdaderamente nos convierte en humanos y por eso dice: “recuerdo especialmente a las personas que he conocido en esas instituciones, las relaciones humanas que he establecido (o no) y que me han marcado profundamente. Las personas son lo que más me ha marcado. Y gracias a ellas o a pesar de ellas soy como soy”. Y para ilustrar esto, de sus primeros años escolares dice: “en El Armelar comencé amistades con 4 años que me han acompañado desde entonces, y son ya ¡casi tres décadas! Es gente que me conoce (casi) como si me hubiesen parido, incluso después de haber pasado mucho tiempo sin vernos”. De su pasado más reciente dice: “con una beca de la Universidad de Valencia me fui a Italia donde conocí a mi primera novia y con otra, de la Autónoma de Madrid, estuve en Argentina, donde conocí a la que fue la última”. Junto a esas amistades hechas por el camino de la educación, también transitan algunos profesores: “cuando pienso en todos esos procesos educativos también pienso en los otros compañeros de viajes, en los profesores. En aquéllos que me motivaron, acompañaron y ayudaron y en aquéllos que hicieron lo contrario, probablemente, sin quererlo. Hay otros que no recuerdo, y quizás sea porque no consiguieron hacer ni una cosa ni la otra. Álvaro 11Pero sé a ciencia cierta que hay profesores que me regalaron el placer de disfrutar de la literatura, que me insuflaron la pasión por la historia y las lenguas, que me entrenaron en el peliagudo arte de hacer(se) preguntas y pensar por mí mismo y sé que sin ellas no habría cultivado la curiosidad de descubrir el mundo que es una de las cosas que más me mueve”. Educar sería, pues, ese cultivar la curiosidad de descubrir el mundo. La manera de conseguirlo pasaría por el disfrute, la pasión, el hacer(se) preguntas y el pensar por uno mismo. Con reflexiones así, Álvaro posee todos los requisitos necesarios para convertirse en un gran profesor, si es que éste es el futuro que ha elegido. De momento, esta lección me la ha dado a mí.

Álvaro 3De sus experiencias laborales, Álvaro también destaca el factor humano:lo mejor, como en las instituciones educativas, han sido las personas que he conocido, con y de las que he aprendido y con quien me he divertido”. Aun a riesgo de equivocarme, podría decir que en Álvaro confluyen dos de los requisitos de la felicidad: la avidez por aprender y la inmensa capacidad para disfrutar de la vida. Por eso, entre sus mejores experiencias recuerda ésta: “uno de los mejores trabajos que he tenido en mi vida fue el de camarero en un restaurante en Valencia. Me pagaban poco y en negro, pero me daban de cenar y de beber; podía escuchar buena música y sobre todo, me lo pasaba genial con mis compañeros; de hecho, me paso a menudo por allí a saludarles todavía”. Éste, sin embargo, no ha sido el único trabajo por el que ha pasado, sino que “si me pongo a pensar, he hecho casi de todo, de trabajos digo; y en mil sitios diferentes, en  varios países de dos continentes. He sido portero, chico de la limpieza, aparcacoches, monitor, ayudante de cocina, telefonista, ayudante de producción en televisión y cine, profesor de inglés, profesor de alemán, profesor de español, vendedor de programas de televisión, y algo más que se me habrá olvidado, seguro”. ¿Y qué ha quedado de todas esas ocupaciones por las que ha pasado Álvaro? Él lo explica así: “con tanto cambio creo que sobre todo he tenido que aprender a ser flexible, a forzarme en cierta manera a salir de mi zona de confort y afrontar nuevos retos. También he aprendido a llevar una rutina, a quererla y a odiarla. A vivir con dos duros, a disfrutar cuando llegaban cuatro, a aprender a enfrentarme a gente que parece tener más autoridad y, sobre todo, a cuidar a las personas que me rodean en mi lugar de trabajo”. Álvaro 10No son malos aprendizajes: flexibilidad, riesgo, supervivencia, cuidado de los otros… A ello habría que añadir la posibilidad de transformar la realidad y que él relata así: “mi último trabajo fue ser profesor de inglés y alemán en un proyecto educativo de la Universidad Federal de Rio de Janeiro y fue una experiencia genial. Me gustó mucho el poder contribuir a que las personas se formen críticamente, y darme cuenta de que eso se puede hacer en y desde cualquier asignatura, casi en cualquier faceta de la vida”.

Álvaro 4En cuanto a las experiencias vitales que más le han marcado, no deja lugar a dudas: el viajar: “lo que más me ha marcado, después de leer, sin duda, ha sido viajar”. El viajar “me ha hecho crecer como persona a niveles increíbles. He vivido en Italia, Alemania, Argentina y Brasil y he recorrido buena parte de Europa y Sudamérica. He vivido y viajado solo, en grupo y en pareja. De noche y de día. Pagando, de polizón o en autostop.  En tren, coche, barco, avión y bicicleta. Caminando. Con poco o muy poco dinero. Con un plan o sin él”. Pero si la escuela y el trabajo eran las personas, en los viajes no iba a ser menos: “y en esos viajes, en esas vidas, he conocido cientos, miles de personas, que compartieron un momento, un día, una noche, una semana, un mes, un año o una eternidad efímera conmigo. Sonrisas y lágrimas. Alegrías y penas. Un mendrugo de pan. Unos fideos de sobre. Una tienda de campaña. Un catre en una pensión de frontera. Una casa, un aula, un bus, un viaje en avión. Y esas personas me enseñaron tanto que de hecho sé que no sería el mismo si no hubiese hecho cada uno de los grandes viajes que hice”. El viaje es un aprendizaje y una manera de estar en el mundo: “hay lugares que visité o donde viví a los que vuelvo mentalmente, como a un refugio. Hay personas que he amado con las que sigo en contacto a pesar de que hayan pasado muchos años y estemos a miles de kilómetros de distancia. Las lenguas que he aprendido hicieron tanta mella en mi cerebro que pienso en varios idiomas. Las culturas en las que viví y buceé me hacen ver el mundo desde otra perspectiva, siempre más rica con cada capita, cada nueva lente que añado. Viajar me ha ayudado a relativizar, a descentrarme, a poner todo enÁlvaro 9 cuestión, sobre todo a mí mismo. Pero también a volverme a sorprender, a dejarme asombrar. Viajar es lo que me ha hecho sentir más vivo, lo que mantiene despierto y atento al niño curioso que tengo dentro, lo que me ha sacado de mi madriguera y me ha enfrentado al mundo, a lo hermoso y a lo terrible. Viajar me ha llenado tanto que puede que se haya convertido en mi droga, porque ahora que no viajo, lo extraño terriblemente”. ¡Qué gran lección de vida, de humanidad, de aprendizaje, de actitud…!

álvaro 5Después de ejercer de trotamundos, Álvaro se ha abonado al sedentarismo, al menos de momento: “ahora mismo estoy en un periodo de crisis, la verdad, estoy en una fase de transición, porque llevaba mucho tiempo fuera, por ahí, dando tumbos, cambiando de residencia a menudo, estudiando y trabajando, rodeado de gente y de cosas nuevas, y ahora vuelvo a estar en el punto de partida, en la casilla desde la que salí. Sin un euro en el bolsillo, pero con mucho vivido y aprendido. Volver a mi ciudad ha sido difícil, porque probablemente hubiese seguido viajando si hubiese tenido la oportunidad. Pero a veces pienso que quizás haya sido bueno pararme: para pensar, para asumir lo vivido, para reflexionar hacia dónde quiero dirigirme”. En este impasse, toca redescubrir el punto de partida, la casilla de salida: “y en esos momentos de buen rollo, de paz interior, a veces consigo maravillarme redescubriendo Valencia, reencontrando gente perdida o conociendo rincones, personas y personajes nuevos”. Raíces y alas (des racines et des ailes) han marcado la vida de Álvaro. Ahora lo tenemos por tierras valencianas pero siempre queda la nostalgia de una vida vivida entre fronteras: “en cierto sentido, ahora no tengo esa maravillosa sensación de encontrarte en un lugar completamente desconocido que tienes que mapear por ti mismo. O la adrenalina de enfrentarme a retos como sobrevivir, aprender a comunicar en una lengua diferente o establecer relaciones con completos desconocidos. O esa increíble sensación de poder reinventarme en cada lugar”. Y yo me digo: ¿existirá un aprendizaje mayor que aquél que aporta el tener que reinventarse a cada paso? En cuanto a sus sueños de presente, éstos pasan por “pensar que pueÁlvaro 8do ser profesor y cambiar el mundo a través de las relaciones humanas que establecerán las personas con las que trabajé”. Sin duda alguna, Álvaro conseguirá su propósito de ser profesor. Y es que en su mochila lleva todo lo necesario: sabiduría y actitud (también de ésa llamada a cambiar las cosas). Confío en ello y espero tener la suerte de poder acompañarlo en su camino. Respecto a qué es lo que más le satisface en estos momentos, él lo resume así: “me llena salir a bailar, hacer deporte y un buen libro. Me llena enfrentarme a pequeños grandes retos como dejar de fumar, correr 10 kilómetros o ser todo lo que he sido en otros lugares pero serlo aquí”.

Álvaro 7¿Y qué diagnóstico del mundo hace alguien que lo ha recorrido tan intensamente? A este respecto se expresa así: sobre el mundo pienso que gira todos los días sobre sí mismo, literal y metafóricamente, (¡incluso antes de que yo llegase aquí!) y que lo seguirá haciendo a no ser que seamos capaces de destruirlo antes. A veces esa sensación es balsámica porque pienso que da igual lo que pase, seguirá habiendo un nuevo amanecer, el sol saldrá para todos y tendremos otra oportunidad de mejorar. Otras veces me da rabia que todo siga como si nada hubiese pasado, porque han pasado y pasan muchas cosas muy graves, hay mucha injusticia y parece que nada cambia, que una minoría, a la que pertenecemos, queramos o no, vivimos a costa de la inmensa mayoría; que avanzamos a trompicones, que somos muy autocomplacientes, muy ciegos y que, a veces, todo cambia para que todo siga igual, como decía di Lampedusa en Il Gattopardo”. Y pese a todo, Álvaro muestra un optimismo kamikaze, miope y obstinado: “también sé que mi opinión sobre el mundo varía un poco según mi estado de ánimo y mi situación personal, y que como el mundo influye también en ese estado, están tan interrelacionados que a veces me cuesta distinguir lo que pienso verdaderamente sobre él. En cualquier caso, es una opinión que ha ido evolucionando un poco hacia el escepticismo, pero que mantiene y quiere mantener una base de optimismo casi kamikaze, un poco miope, pero obstinado. Si sólo me guiase por lo que veo y leo en los medios de comunicación, por lo que he aprendido de la historia, mi opinión sería bastante negativa pues la injusticia y el egoísmo parecen predominar. Y sin embargo he conocido y me rodea tanta gente buena y generosa que tengo esperanzas de que podamos cambiar a mejor”.

Álvaro 6Y ya para acabar, Álvaro nos brinda una auténtica lección. Una de esas clases que como futuro profesor podrá impartir. Hoy yo (y conmigo todos vosotros) somos sus alumnos. Así, si de lo que se trata es de hacer un diagnóstico del momento presente, Álvaro dice lo siguiente: “hoy, como ayer, prevalece el individualismo y hasta que no consigamos entender e interiorizar que seríamos más felices con un reparto más equitativo de lo que hay, no cambiará mucho. Creo que hay que empezar a ser el cambio que queremos que suceda en el mundo, que decía Gandhi. Y ese es un camino muy difícil y largo y hay que ser constantes y pacientes, con nosotros mismos y con el resto. Creo que hay que ser un poco como Beppo, el barrendero de Momo, e ir haciendo, sin pensar en toda la inmensidad de lo que tenemos por barrer, ir cambiando de a poco. Porque si me pongo a pensar en todo lo que querría cambiar, me sobrecoge tanto que me paraliza. Cuando era más joven creía que una nueva revolución sería la solución y que era una necesidad perentoria. Hoy, que soy un poco menos joven, pero he leído algo más, he intentado vivir alguna utopía y me he conocido mejor a mí mismo y a otros, hoy, digo, pienso que las revoluciones (esas históricas) sólo se dan cuando hay hambre y la gente no tiene nada que perder. El ser humano es conservador, genética y culturalmente. Pero al mismo tiempo, cambia. En toda repetición hay un ligero cambio. Así que siempre va a haber un factor, un gen, un grupo, una circunstancia que empuje hacia un nuevo sendero, una forma diferente de ser o hacer las cosas. A veces es un pasito y a veces, un gran salto. Pero no se puede cambiar todo de golpe y porrazo. Además, no sólo hay que preguntarse qué cambiaríamos sino cómo habría que hacerlo sin lastimar mucho, sin traer más dolor del que mitigaríamos. Si consiguiésemos ponernos en la piel del otro, de los muchos otros, las cosas mejorarían”. Y si de lo que se trata es de imaginar el futuro, Álvaro piensa así: “¿cómo será el futuro? La verdad es que no tengo ni la más remota idea. Muy parecido a esto, solo que cada día más mediatizado por la tecnología, que tiende a encerrarnos en nuestros minimundos. Creo que el grado de equidad y felicidad que podamos alcanzar dependerá mucho del grado de (auto)conciencia que podamos desarrollar personal y colectivamente. De lo generosos que consigamos ser, vaya”.

Grandes palabras para una gran persona. Le deseo a Álvaro todo lo mejor, de corazón. Y le doy las gracias por haber querido compartirlas conmigo y por haberme enseñado tanto, hace ya muchos años y ahora que hemos restablecido el vínculo. Un abrazo enorme.

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