Josep Miquel Arroyo: “No dejamos nada”

tumblr_o59ffiDFYW1u8pswyo1_1280No es la primera vez que leyendo el blog de un compañero uno encuentra formulada una idea largo tiempo madurada pero que hasta ese momento andaba a la búsqueda de su expresión más precisa. Esto es lo que me pasó leyendo el blog DidàcTIC de Josep Miquel Arroyo: “no nos debería obsesionar qué pensarán nuestros antiguos alumnos sobre nosotros, sino qué huellas nos han dejado ellos para mejorar la labor en clase con los alumnos que están por venir”. ¡Exactamente! Así entendido, cualquiera de nuestros alumnos  sería un emisario involuntario de todos los que están por llegar y “son tan generosos que nos dejan su conocimiento presente para que lo invirtamos en mejoras de futuro”. Si Fernando Trujillo habla de experiencias memorables de aprendizaje, nosotros aquí hablamos de alumnado memorable. Todo alumno debería serlo, y no sólo aquél que recordamos por alguna razón (positiva o negativa). La misión puede parecer imposible cuando los cursos y las promociones se suceden. Valga, pues, la exageración y apliquémonos el consejo de J. M. Arroyo cuando dice: “los profesores y profesoras deberíamos recordarlos a todos. Y hagámoslo con cariño, porque lo son todo”.

Todas estas reflexiones aparecen en la entrada No dejamos nada, que de alguna manera da respuesta al Encuentros en la tercera fase de Ramón Paraíso (De vuelta). J. M. Arroyo se plantea qué poso dejamos los docentes en nuestros alumnos y llega a la conclusión de que “no dejamos nada”. Esta afirmación tan categórica admite, sin embargo, algunos matices, que el propio J. M. Arroyo irá desgranando a lo largo de su texto. Puede que sea así, pero entonces ¿cómo explicar la huella que el propio J. M. Arroyo ha ido dejando en mí (y en otros compañeros) a partir de las reflexiones de su blog o a raíz de sus contribuciones a la naciente Comunidad de Docentes de Educación de Personas Adultas? Si admitimos esta huella, no nos costará mucho aceptar la posibilidad de que eso también ocurra entre un docente y su alumno. En definitiva, toda persona que coincide en un aula, independientemente de su rol, queda afectada por las relaciones que en ella se establecen. ¡Ojalá esto siempre fuese para bien!

Tengo que darle la razón a J. M. Arroyo cuando dice que los docentes somos un colectivo con “el ego subidito”. Creer que nuestras clases cambiarán el futuro de nuestro alumnado no deja de ser un tanto vanidoso. Por momentos, yo lo soy. Aunque en mi descargo tengo que decir que también admito la influencia que el alumnado ejerce sobre mí. Y a la inversa: el docente, creo yo, puede ser un factor (aunque obviamente no el único) que incide en su alumnado. Y si no ¿cómo explicar, por ejemplo, los testimonios de tantos alumnos que reconocen haber elegido unos estudios influidos por alguno de sus profesores?

La vanidad no debería, sin embargo, nublarnos la vista en lo que respecta a la posición que ocupan profesor y alumno en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Coincido plenamente con J. M. Arroyo cuando dice que “el profesor debe ser invisible, desdibujar su figura para no interferir en el reencuentro entre el proceso de aprendizaje”. Esta concepción del rol docente implica un mayor protagonismo del alumnado (también en el uso de la palabra en el aula) y una posición mediadora en la gestión del proceso de enseñanza-aprendizaje. Aspiro a conseguir esto algún día. Si lo lograra, alcanzaría de paso otro de los requisitos que deberían acompañar a todo acto educativo: el reconocimiento pleno de la singularidad inherente a toda persona. Esto es especialmente relevante en el ámbito de la educación de personas adultas ya que –en palabras de J. M. Arroyo– “no tratamos con pedazos de barro que hay que modelar. Son personas que ya vienen moldeadas de casa”.

Del “no dejamos anda” al “no todo está perdido”,  J. M. Arroyo explora aquello que podríamos denominar la huella docente. Y en este punto, también opino como él: el recuerdo –si lo hay– no vendrá de nuestras clases, metodologías o recursos TIC, sino de lo que él llama el sello personal docente. En este sentido, siempre que me reencuentro con algún ex alumno y éste empieza a recordar algún pasaje del pasado compartido en las aulas, mayoritariamente emergen comentarios que poco tienen que ver con las clases propiamente dichas. Así de crudo: mis alumnos rara vez recuerdan algo relacionado con los contenidos conceptuales trabajados y muy a menudo recuerdan aspectos colindantes con los mismos (es el caso de S. C., quien me dijo que nunca olvidaría la explicación que hice sobre qué eran estereotipos y prejuicios –algo, por cierto, que no aparecía de manera directa en el currículum –). Desde la perspectiva de los años, entiendo que esto que aquí describo es normal y que lo que verdaderamente queda es ese sello personal docente (para bien o para mal).

¿Qué entiende J. M. Arroyo por sello personal docente? Pues enseñar (o no) “desde la singularidad, desde la empatía, desde la experiencia, desde la proximidad, desde la asunción de las virtudes y de los errores del profesor que se vuelca de lleno en el alumno, sin añadir etiquetas ni ideas preconcebidas sobre él. Pero sin esperar nada a cambio. Nunca”. En otras palabras, ser recordado “no pasa por la metodología ni por ser más original, más innovador o más colega”; pasa, pues, por “nuestros actos en el aula, nuestra gestión emocional del alumnado o por tener un código docente inclusivo”. Para J. M. Arroyo, y estoy plenamente de acuerdo con él, todo esto es más una cuestión de honestidad que de vocación.

Y junto a la gestión de las emociones, la gestión de los contenidos. Para J. M. Arroyo los profesores memorables son aquéllos que dan sentido a los contenidos y que despiertan el sentido crítico. En resumidas cuentas, nuestro impacto en el alumnado vendrá más bien de nuestra actitud como docentes y de nuestra capacidad para ayudar a aportar significado a sus vidas. Ni más ni menos, eso es la educación. Gràcies Josep Miquel Arroyo per ajudar-me i ajudar-nos a reflexionar sobre tot plegat!

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