“Una temporada para silbar” de Ivan Doig

una-temporada-para-silbarSon muchas las obras literarias que, de manera más o menos directa, hablan de la escuela o la tienen como marco. En unos casos, el enfoque puede acercarse a lo testimonial; en otros, alejarse hacia la ficción. En cualquier caso, cuando el lector es además docente, es inevitable enfrentarse a ellas con un afán evaluador que le confirme o refute sus creencias sobre la escuela, asentadas estas en su particular credo pedagógico y en su experiencia. Esto es, más o menos, lo que me ocurrió con la lectura de “Una temporada para silbar” de Ivan Doig (Libros del Asteroide). La novela nos ofrece un fresco vivísimo de la escuela rural de Marias Coulee (Montana) en 1909-1910; sin embargo, buena parte de lo que en ella se cuenta podríamos traerlo al presente sin dificultad alguna. Y es que estamos ante una historia “ambientada a principios de siglo, pero contemporánea en sus temas”, según reza la reseña del The Seattle Times que aparece en la contraportada del libro. Por ello me pregunto si de un ejercicio de lectura semejante podemos sacar algo en claro. Intuyo que sí y que la lectura de textos literarios puede contribuir decididamente al aprendizaje de un docente reflexivo. Este es el camino que yo he recorrido con este libro. Corresponde a cualquier otro trazar el suyo.

El narrador de la novela es Paul Milliron, superintendente de Instrucción Pública, quien se enfrenta al dilema de dictar “la sentencia de muerte  de las escuelas de una sola aula”, siendo él mismo “el producto de una de esas escuelas que me han pedido que entierre”. Para Milliron, eso sería “un grave error” pues  “si en Marias Coulee no se aprendían las lecciones de la escuela de la vida, no sé dónde más podrían aprenderse”. Con el cierre, “ya no habrá escuelas para que los niños estudien. No habrá escuelas para los bailes de los sábados por la noche. No habrá escuelas para el día de las elecciones, ni para las reuniones de la asociación de granjeros, ni para el club de jóvenes, ni para el concurso de bordado, ni para el torneo de canasta, ni para el grupo de lectura. Para ninguno de esos encuentros que son el pan y la sal de la comunidad”. Con el Sputnik surcando el cielo, la excusa para el cierre apunta a que “son las escuelas rurales las que se han quedado rezagadas frente a nuestros tiempos”. Aunque, como aquí con la fiebre privatizadora en la educación, Paul Million llega a sospechar que “el presidente del comité de asignaciones puede tener alguna inversión en las empresas de autobuses”, beneficiarias directas de la clausura de las escuelas rurales.

ivan-doigAntes de tomar una decisión, el Paul Milliron adulto se remonta a sus años jóvenes para mostrarnos cómo era aquella escuela rural unitaria a la que tanto debe y cómo cambió el curso de su vida con la llegada al pueblo de Rose y su hermano Morrie huyendo de un turbio pasado. Morrie, un dandi sabelotodo, acabará desempeñando el trabajo de maestro hasta convertir la escuela en “el centro de nuestras vidas”, en palabras del joven Milliron. El Paul Milliron superintendente de Instrucción Pública lo recuerda así: “ojalá pudiera embotellar esa pasión que Morris Morgan ponía en sus clases de astronomía y entregar una botella a cada uno de los maestros bajo mi jurisdicción”. Así recuerda nuestro narrador el primer contacto entre el nuevo profesor y sus alumnos: “me revolví en el asiento mientras la mirada colectiva del aula permanecía en el personaje que estaba al frente de la habitación. Por mi experiencia en ambos frentes del aula, sé que en esa mirada hay duda, asombro, emoción, esperanza, algo de temor y algo que se acerca a la adoración: esos son todos los ingredientes de ese primer encuentro entre el maestro y aquellos cuyo destino es sentarse y aprender”.

Pero, ¿qué tenía aquel profesor de especial?, ¿qué lo hizo memorable? Puede que fueran su pasión y su acercamiento al saber, humanístico y científico a un tiempo, como ejemplifica la manera que tuvo de presentar a su alumnado lo que es un pluviómetro: “un medidor de precipitaciones… El nombre viene de pluvia, que significa ´lluvia´ en latín… Con este sencillo pero eficaz instrumento científico podemos tomarle el pulso a la naturaleza y contabilizar los dones del cielo”. Y todo con un propósito, con una utilidad capaz de mejorar el entorno: “─Antes de que se marche ─Morrie se levantó y le enseñó a papá nuestra libreta de registros climatológicos─, quiero enseñarle algo de interés para los agricultores”.

marias-coulee-1En esta ficción que es “Una temporada para silbar”, el maestro Morris Morgan ya utilizaba el ABP (Aprendizaje Basado en Proyectos): “nos dijo que todos nos convertiríamos en científicos” y que la astronomía sería “nuestro segundo proyecto científico en 1910”. En su afán por enseñar mostrando, Morrie lleva a clase un “planetario de mesa”. Fue entonces “cuando comprendí que Morrie no descansaría hasta que empezáramos a pasar la noche en vela, recorriendo con un dedo las constelaciones”. La explicación sobre la fuerza de la gravedad, siguiendo el ideario pedagógico de Morrie, también irá acompañada de experimentación: “para concluir, Morrie dejó caer la manzana, que se estrelló contra el suelo con un plof… El momento marcó hasta dónde estaba dispuesto a llegar Morrie en sus excursiones por la ciencia: si hacía falta llevarnos hasta el Edén para que comprendiéramos la ley de la gravedad, allá iríamos… Curso tras curso, todos nos lanzamos a experimentar la fuerza de la gravedad. Una pelota y una fiambrera vacían caían a la misma velocidad, pero también una pelota y una fiambrera que estaba llena, según descubrimos con asombro. Una bota y el capuchón de una pluma. La regla y el borrador de la pizarra”.

Morrie, como hacen tantos docentes atentos a la actualidad, la acerca a su alumnado, en este caso en forma de cometa.  El Halley: “se llama así en homenaje al astrónomo con ojo de lince que lo descubrió. Un prodigio celestial, que atraviesa el firmamento arrastrando una cola de luz. Solo regresa cada setenta y cinco años. Es decir, que la última vez que estuvo aquí no existían los pueblos de la frontera, ni las máquinas voladoras, ni la fotografía. Paraos un momento a pensarlo”. El interés por el cometa cristalizará en un proyecto, “la Noche del Cometa”: “─Yo daré una charla sobre los fenómenos del cosmos ─dijo Morrie al pasar. Pero luego, vosotros…”. El proyecto debería mantener ocupado al alumnado durante tres semanas. Sin embargo, como si de una burla del destino se tratara, en ese tiempo la llegada del inspector para valorar los llamados Estándares pondrá a prueba la determinación del profesor y su alumnado para llevar a cabo su proyecto. Los Estándares son “los exámenes estándar del estado, para ver qué saben los niños en comparación con los de otras escuelas”. A los estándares, la LOMCE los llama reválidas. De esta manera, en “Una temporada para silbar” aparece ejemplificado claramente el dilema de si enseñar para aprender o enseñar para aprobar un examen. Taggart, el inspector, parece no dar crédito: “─¿Y ha conseguido sacar tiempo en horas de clase para festejar al cometa con bombos y platillos? Ya veremos”. Los resultados no dejarán lugar a dudas: “tras alcanzar el límite de sus cumplidos, Taggart retornó a la lista de resultados. Casi no podíamos creer el recital. Asignatura tras asignatura, la escuela de Marias Coulee tenía motivos para que el resultado se le subiera a la cabeza: estaba a la altura de los Estándares”.

cometa-halley¿Y cómo fue la Noche del Cometa? Como podemos imaginar, todo un éxito: “─Damas y caballeros ─anunció Morrie con toda pompa, a punto de dar la señal con la mano─, es un honor presentarles a la banda de armónicas de la escuela de Marias Coulee… a partir de ahí, el éxito dependía del esfuerzo de todos. Desde los más pequeños hasta los mayores, todos soplamos en ese instrumento básico como ninguno, poniendo todo el corazón en ello”. Como vemos, aprendizaje colaborativo en estado puro y en el que todos aportan lo mejor de sí mismos: “el virtuoso de nuestra orquesta era Milo. Probablemente nunca llegara a dominar una escala de la vida más compleja que la de la armónica, pero esa noche su solo de Follow the Drinking Gourd se elevó como una dulce brisa hacia la noche, en busca de las constelaciones del espíritu”. El veredicto del inspector no pudo ser más favorable: “─Desde luego, nunca he visto nada parecido en un aula escolar… ¡Tiene un diez en iniciativa!”. El paso del cometa además se cierra con una coincidencia sorprendente: “El hecho de que Mark Twain hubiera venido al mundo con el cometa Halley y se hubiera marchado con él trazaba un paréntesis en el firmamento que daba mucho que pensar”.

La novela de Ivan Doig entronca directamente con el propósito de este blog, y lo hace de manera doble. Por un lado, ejemplifica hasta qué punto ocurre a veces que somos lo que somos gracias a un maestro/a, como le ocurre a Paul Milliron con Morris Morgan. Y por otro, responde a la pregunta que nos hacíamos al principio de este texto: ¿puede la literatura que habla de la escuela arrojar alguna luz a los lectores docentes? A mí sí me lo parece. Gracias a esta novela podemos reflexionar acerca de asuntos tan nucleares al debate educativo como: a qué modelo docente aspiramos, cómo ganar para la curiosidad a nuestro alumnado a través de proyectos estimulantes y útiles, de qué manera conseguir sacar lo mejor de cada cual, cómo enseñar para aprender y no para aprobar, etc. Más allá del ruido mediático que todos estos asuntos levanta últimamente, una sencilla novela nos ilumina el camino. Os animo decididamente a recorrerlo.

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