Eva G.

6Han pasado ya unos cuantos años desde aquel día –creo que era del mes de mayo– en que Enrique M. entró por primera vez en el despacho de la EPA Vicent Ventura de Valencia para pedir información sobre cómo podía retomar sus estudios. Desde entonces hasta hoy le han pasado muchas cosas: el Graduado en Secundaria, el título de Técnico Superior de Electricidad, unas mayores expectativas laborales y la perspectiva de cursar una carrera universitaria. ¿Magia? No, trabajo y constancia. Pero no quería hoy hablar de Enrique –ya habrá tiempo en otra ocasión– sino de Eva, su compañera. Y es que la Educación de Personas Adultas tiene estas cosas: funciona muchas veces como una cadena humana, de manera que uno/a llega de la mano de alguien que le precedió. Así llegó Eva, después de Enrique, y por eso dice: “él fue el que me animó a sacarme el Graduado en Secundaria en la Escuela de Adultos Vicent Ventura”. Si la progresión de Enrique ha sido meteórica, la de Eva no le ha ido a la zaga: en unos años ha conseguido el Graduado en Secundaria, el título de Técnico Auxiliar de Enfermería de Grado Medio y ha aprobado las oposiciones para trabajar en un hospital público. ¡Ahí es nada! El día en que me comunicó que había aprobado la oposición me sentí muy muy orgulloso de ella. Ésta, entre otras, es una de las ventajas de trabajar en la Educación de Personas Adultas: a veces, en poco tiempo alcanzamos a ver la progresión tan extraordinaria que lleva a cabo nuestro alumnado.

Para mí Eva es una de esas personas en las que la humanidad se da en estado puro. Y derivada de esa humanidad, todo un caudal de cualidades entre las que destaco: la sencillez, la humildad, la sensibilidad, la empatía, la bondad… De ello pude empezar a darme cuenta el año en que Enrique cursaba el GES y ella lo acompañaba. En las fiestas nunca faltaba su extraordinaria tortilla de patatas. Eva es generosa y también agradecida: “soy una persona muy afortunada pues se me dio la oportunidad de conocer a unos profesores increíbles y a unos compañeros de estudios, de los que aún conservo su amistad”. Todo en ella es positividad: “no entiendo a las personas que están siempre de mal humor, o que discuten por cualquier tontería. Pienso que la vida es muy corta y dura en sí misma como para amargarse gratuitamente. Las desgracias vienen solas, no hay que buscarlas. Por ello, siempre busco lo bueno en las personas. Aunque a veces no me doy cuenta de que intentan hacerme daño. Esas personas me dan mucha pena”.

3Eva encarna para mí el esfuerzo, y también el potencial latente agazapado a la espera del momento oportuno para emerger plenamente. Con todo, sus primeros pasos por el sistema educativo no fueron fáciles: “me acuerdo que no tuve un buen inicio, pues era una niña muy despistada. Me distraía por cualquier cosa. Fui siempre a colegios públicos, pero no siempre al mismo, así que no pude echar raíces en ninguno”. A este desarraigo se sumó el provocado por su emigración a Suiza: “a los once años emigramos a Suiza. Allí los inicios fueron muy difíciles, no entendía la lengua y tuve que espabilarme para salir adelante. De 4º a 7º curso lo pasé fatal, pero en 7º cambié de colegio y tuve la suerte de tener una maestra muy entregada con sus alumnos y que consiguió que aprendiera el idioma”. Acostumbrados al alumnado de origen extranjero que llega a nuestras aulas, sobrecoge este relato tan vivo de una emigrante española explicando su paso por el sistema educativo suizo. Quizás así empecemos a valorar el esfuerzo titánico que realizan muchos de esos alumnos/as venidos de otros países en su intento por integrase en nuestro sistema educativo. Eva contó en ese empeño con una ayuda extra, la que le brindó la acción educativa española en el exterior de la mano de una profesora: “también iba 4 horas a la semana a la escuela española donde sobre todo dábamos lengua y geografía. Me saqué el graduado escolar también por el empeño de la maestra que se sacrificaba los fines de semana para darnos clases adicionales. La recuerdo con mucho cariño. Consiguió también dos subvenciones para llevarnos una semana a Barcelona y otra a Galicia de viaje cultural. Había niños, como yo, que no habían estado nunca fuera de la provincia de donde venían sus padres, y fue una experiencia muy gratificante”.

Aquí acaba la primera fase en la formación académica de Eva: “después de salir del colegio a los 16 años, por circunstancias, no pude estudiar más y me puse a trabajar”. Después de un largo paréntesis, la vuelta a las aulas: “cuando volví a España, me di cuenta de que necesitaba seguir estudiando y estoy muy agradecida de que se me diera la posibilidad de terminar mis estudios. Tenía mucho miedo de fracasar, dudé mucho, pero soy una persona afortunada y conocí a unos maestros estupendos, que me dieron la confianza en mí misma para poder lograrlo. También tengo que decir que mi marido fue el que me animó al principio, me apoyó en todo momento y me ayudó mucho”. El agradecimiento de Eva, me consta, es sentido: a sus profesores y a su compañero. ¿Y cómo se operó el cambio? Es lo que yo llamo el fuera miedos, ese proceso personal por el que empezamos a tomar conciencia de nuestras aptitudes y que nos hace encarar cualquier reto con confianza. En ese proceso, Eva no estuvo sola –he ahí otra de las claves-: “los profesores me animaron en todo momento a seguir estudiando, a ver la vida de otra manera, me abrieron los ojos a la cultura, al saber y que no importa la edad que tengas mientras lo hagas con ilusión”. Una vez producido el clic, todo lo demás vino rodado: “después del Graduado, me saqué el título de Técnico Auxiliar de Enfermería de Grado Medio. Lo curioso fue que en mi clase del instituto sólo había cinco o seis jovencitos, los demás éramos todos mayores de treinta e incluso más. Todos compartíamos los mismos miedos y nos ayudábamos mucho en los estudios. Éramos una clase ejemplar según los profesores. En el día de hoy he aprobado mi primera oposición y opto a un puesto de trabajo en un hospital”.

9¿Y qué queda de todo ello? En primer lugar, la confianza recuperada y la satisfacción individual (y la compartida): “estoy muy contenta con mis logros. Hace siete años ni yo misma daba un duro por mí. Durante ese tiempo mi compañero también se lo sacó todo y ahora es Técnico Superior de Electricidad. Nos ha costado nuestro sacrificio pero ha valido la pena conseguirlo. Estamos muy orgullosos”. Yo también estoy muy orgulloso de ellos. En segundo lugar, la realización personal: “creo que con todo esto, y con la ayuda de estos maestros que influenciaron mi vida, he podido realizarme como persona”. Y por último, el poder  leer el mundo desde diferentes puntos de vista: “ahora puedo ver y entender la vida de otra manera. Aunque aún siga estudiando, pues el saber no ocupa lugar”.

Si la experiencia migratoria marcó la vida escolar de Eva, la trayectoria laboral no iba a ser menos: “trabajé nueve años en diferentes fábricas en Suiza, y es otro mundo. Quiero decir, desde que entras hasta que sales no paras de trabajar. Todo cuenta: puntualidad, rapidez, exactitud, eficiencia… Tienen otras normas, aunque yo tuve suerte en mis trabajos. Conseguí respeto y confianza, que es muy bonito. Tuve diferentes trabajos y no me conformé con ser una autómata sino que aprendí cada día una cosa más hasta llegar a ser independiente en mi trabajo”. Ya de vuelta, el aprendizaje continuó: “aquí en España, los trabajos que hice como camarera o como auxiliar de enfermería en prácticas en el hospital me aportaron diferentes perspectivas. De camarera no paraba, pero en el hospital llegué a aburrirme porque no me dejaban hacer, no estaba bien visto. Desde luego noté que la gente no estaba contenta con el sueldo que recibía y no movían un dedo si no era necesario. Incluso, cuando estaba cuidando a un enfermo en el hospital, a los familiares de los otros pacientes les resultaba extraño que no parara de estar pendiente de él. No me pagaban mucho pero había aceptado cuidarlo con todas las consecuencias que eso conlleva. De todas formas, te tiene que gustar lo que haces para hacerlo con una sonrisa, sobre todo si trabajas de cara al público”. Yo diría que así es Eva en todo: entregada y comprometida.

A la pregunta de qué experiencia vital es la que más le ha influido, Eva lo tiene claro: la emigración: “la (experiencia) más grande fue sin duda irme a vivir a otro país”. De manera divertida explica cómo fue cambiando su percepción sobre los suizos: “antes de irme a vivir con mi madre a Suiza, incluso pensaba que los suizos tenían que ser muy diferentes a nosotros en aspecto, como si fueran marcianos. Después ya comprobé que no, lo único es que no les entendía cuando hablaban”. La experiencia migratoria de Eva no fue un camino de rosas: “nunca fui extrovertida y eso influyó negativamente a la hora de relacionarme con otros niños, y también que me costara tanto aprender el idioma. Los niños de mi clase me gritaban para que les entendiera, aunque no era sorda. Aprendí enseguida a defenderme en italiano gracias a la televisión, ya que no podía ver ningún canal español pero sí el del cantón del Tesino. También había muchas compañeras de clase italianas que lo hablaban. Pero no todas estaban dispuestas a ayudarme. Por aquel entonces no había muchas españolas y la mayoría de las italianas eran nacidas allí y no comprendían el problema de no poder comunicarse”. Leyendo el relato de Eva, como ya hemos comentado más arriba, quizás entendamos un poco más a esos miles de alumnos/as que, venidos de todo el mundo, han poblado en los últimos años nuestras aulas: “mis relaciones con suizos eran escasas. Me gastaban bromas, tales como decirme mañana no vengas a clase que no tenemos o tener que cambiar de colegio en alguna materia y no enterarme. Nadie estaba dispuesto a decirme nada. Al otro día la maestra me preguntaba que qué había pasado, porque allí si faltas a clase se preocupan mucho”.

2Después de un tiempo, afortunadamente, las cosas empezaron a cambiar: “al final poco a poco iba buscándome la vida para poder entenderme y empezar a hacer amigas, aunque no fue fácil que me aceptaran. Intercambiaba favores, por ejemplo: tú me ayudas en el alemán y yo te ayudo con el francés, pues se me daba muy bien”. ¡Supervivencia pura y dura! El hecho decisivo que marcó un punto de inflexión vino con la socialización en un entorno español y con la incorporación a la escuela española: “no salía de casa y, cuando lo hacía, estaba loca por encontrarme por la calle con alguna española o español para poder hablar mi idioma. Mi madre me apuntó en la Asociación de Padres de Familias Españolas, que era donde se reunían los fines de semana los españoles, y nos fue de mucha ayuda porque conocí a otras niñas y niños de mi edad. Me apuntó a la escuela española y las cosas me fueron mucho mejor”. Las cosas le fueron tan bien hasta el punto de que volver a España no entraba en sus planes. Sin embargo, y por circunstancias de la vida, regresó y ahí empezó su segunda nueva vida. Éste parece ser el sino de quienes viven entre fronteras: nacer y renacer para volver a nacer, y así sucesivamente. De la vuelta a España, ella dice lo siguiente: “la vida puede darte un vuelco cuando menos te los esperas. En Suiza, yo tenía un trabajo estable y una vida tranquila y bastante acomodada. Eso sí, echaba de menos la familia y mi país, porque hasta que no vives en el extranjero no te das cuenta de las diferencias de cultura y formas de pensar que tiene la gente…”.

A día de hoy, Eva se reconoce como una persona feliz, y ello gracias a las pequeñas grandes cosas de la vida, su actitud vital y, por supuesto, su pareja. Entre esas pequeñas grandes cosas de la vida cita las siguientes: “la familia, los amigos, mi gato, el buen tiempo, las flores, los pájaros, el amor a la vida… Hago muchas cosas que me llenan: trabajos manuales, leer un libro, estudiar, dar un paseo, cocinar una buena comida para los míos, cuidar a mi madre y a mi marido y darles todo el cariño que puedo, disfrutar de las personas que están a mi lado…”. Respecto a su actitud vital, nos podemos hacer una idea a partir de estas palabras: “soy una persona muy optimista, aprecio cualquier cosa por pequeña que sea, sólo me falta un buen trabajo, para realizarme, y lucho por conseguirlo… Creo que con una sonrisa y cariño se consiguen muchas más cosas, y es muy importante estar en paz consigo misma”. Y en cuanto a su compañero, aquí nos explica qué es lo que le aporta en su vida: “trabajando en el bar de mi hermana conocí a mi actual pareja, un hombre buenísimo que me animó a ser mejor persona y a quererme un poco más a mí misma. Por entonces yo era una persona bastante tímida y muy miedosa, no creía que sería capaz de conseguir nada en la vida”. Paradójicamente, yo diría que lo ha conseguido todo, y si no, ¿cuántas personas pueden decir como ella: “en resumen soy feliz”?

Sólo ya unas palabras de reconocimiento y de despedida: Eva, gracias por haber compartido tu historia conmigo, gracias por ser como eres y gracias por mostrarnos cómo los caminos esforzados de la vida -aunque no siempre ocurra- tienen su recompensa.

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