“De la certificación como medio a la certificación como objetivo…”

IMG-20141130-WA0024 (3)

El pasado 9 de abril, María Acaso publicaba en Educación disruptiva + educación artística “De la certificación como medio a la certificación como objetivo: Cifuentes, su TFM y la universidad como fraude”. En su texto, al hilo de la controversia suscitada por el máster de la conocida política madrileña, María Acaso sostiene que lo que este asunto demuestra es la sustitución del aprendizaje por la certificación y sus indeseables consecuencias: la anulación del deseo de aprender, la transformación del placer por la simulación narcótica y la desaparición de los afectos. No nos detendremos aquí en la polémica –tan penosa, por cierto– del máster, sino que pondremos el foco en ese tercer efecto indeseado del que habla Acaso:

La tácita separación entre afectos y conocimiento genera procesos individualistas que impiden la creación de comunidades, de piñas, de sororidad y de potencias compartidas.

Este blog nació al calor de los afectos y de cómo estos condicionan los aprendizajes y la experiencia vivida, dentro y fuera de la escuela. En todo este tiempo no nos ha resultado fácil encontrar referencias teóricas que abordaran esta cuestión, por eso las palabras de María Acaso son tan bienvenidas por aquí, puesto que vienen a evidenciar el nexo tan estrecho que existe entre el mundo del afecto y el del conocimiento. La autora concluye con una idea bien potente: en la separación sobrentendida entre ambos mundos crece el individualismo y se debilita la solidaridad.

Es un lugar común reconocer que somos más proclives a aprender aquello que amamos o, en su versión más superficial, aquello que suscita nuestro interés. Está más que demostrado cómo la educación que nace del afecto –¡como si fuera posible lo contrario!– condiciona las expectativas y orienta los resultados en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Pero María Acaso apunta más allá: los afectos nos obligan a salir de nosotros mismos y generan relaciones de complicidad, tejiendo redes y articulando colectividades. En definitiva, afecto ante el objeto (el conocimiento) y afecto entre los sujetos (para la construcción personal y colectiva).

Los afectos suponen una inclinación hacia algo o hacia alguien, puesto que son de naturaleza relacional. También implican una valoración positiva que admite diferentes grados: desde la mera simpatía hasta el mismísimo amor. Alrededor de los afectos nacen la seguridad, la confianza o la autoestima. Esto es evidente en cualquier etapa educativa. Yo lo veo a diario en la Educación de Personas Adultas: el cambio que experimentan algunos estudiantes adultos hunde sus raíces en los afectos. Afecto hacia el objeto de estudio (“ahora disfruto aprendiendo”), afecto hacia ellos mismos (“ahora me veo capaz de aprender”), afecto hacia el profesorado (“gracias por creer en mí”) y afecto hacia el grupo (“ahora he encontrado un grupo con el que me siento a gusto”). Para María Acaso, no podemos educar(nos) si no es desde el amor. El aprendizaje no arraiga si no media el afecto:

Desvincular el conocimiento del amor es como desvincular el crecimiento del agua, un proceso imposible.

Podrá contrargumentarse que el temor también puede generar conocimiento, haciendo buena la máxima de que “la letra con sangre entra”. Sin embargo, un conocimiento así adquirido compromete seriamente el horizonte liberador al que todo gesto educativo remite.

20180402_210901

Esta llamada al afecto solo puede hacerse desde quienes somos –desde lo biográfico, dirá Acaso– tal y como pretende mostrar este blog. Entramos al aula con todo lo que somos, por mucho que los sistemas educativos pretendan que dejemos en la puerta una buena parte de nuestra subjetividad. En este sentido, remito al artículo que publiqué en la revista enTERA2.0 “Mochilas para el aprendizaje adulto. ¿Cómo aprovechar la experiencia previa del alumnado en las escuelas de personas adultas?”, y que viene a decir que:

La Educación de Personas Adultas (EPA) debería caminar hacia el reconocimiento de la experiencia previa del alumnado y, además, debería permitir la entrada en sus aulas del gran caudal de saberes que atesoran sus participantes. Al hacerlo se mejoran: la autoestima, la motivación y la integración de nuevos aprendizajes por parte del alumnado. El aula y la institución escolar se aprovechan, al mismo tiempo, de una inteligencia construida colectivamente, porque ¿qué institución se puede permitir desperdiciar el talento de sus integrantes?

Entramos en el aula con una gran mochila de experiencias, pero también de emociones. Es tarea del docente saber encauzarlas para que se conviertan en afectos que posibiliten el aprendizaje y el conocimiento. En esta línea, María Acaso dirá:

Porque solo desde la piel, desde lo biográfico, desde las subjetividades y desde lo situado se puede ir más allá para educar y educarnos.

Por último, que todo esto suceda o no dependerá de nuestra capacidad para recuperar en el alumnado: el deseo de aprender, el placer por lo aprendido y, como hemos intentado demostrar aquí, los afectos, esos que nos vinculan con el objeto de conocimiento, con nosotros mismos y con los demás.

La experiencia de la contingencia aúna deseo, placer y afectos, precisamente los tres conceptos que han sido erradicados de los lugares que hemos construido para generar aprendizaje, como las escuelas, los museos o la universidad

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s