#9 Querida Maite. MOOC Habilidades para la vida y alfabetización emocional en contextos educativos

lanzarote 453

Querida Maite:

¡Cuántos años han pasado! Y no diré que parece que fue ayer cuando me sentaba en los pupitres del instituto, mentiría: parece que haya pasado una eternidad. Lo que son las cosas, ahora soy yo el que se dedica a la docencia, mientras a ti te imagino disfrutando de una dorada jubilación. Cuando pienso en esto me parece estar viviendo una premonición autocumplida, pues desde muy pequeño eran muchas las personas que pensaban que tendría que hacerme maestro.

Pues ya ves, ya llevo 28 años de experiencia docente a mis espaldas, como quien no quiere la cosa. De nuevo mentiría si dijera que no me pesan, claro que pesan, aunque de momento puedo con ello. En todo este tiempo, he pasado por unos cuantos centros de unos cuantos lugares en etapas educativas diferentes. En este sentido, hace once cursos recalé en la Educación de Personas Adultas y en ella creo haber encontrado mi sitio.

Mi trabajo tiene muchas cosas geniales. Te contaré alguna de ellas. A nivel personal, el ser docente me permite estar aprendiendo constantemente y no estancarme (y no hablo únicamente de aprendizajes en relación con el hecho educativo o con mi disciplina, sino de aprendizajes derivados del trato con personas adultas, en mi caso). Además, entiendo la labor docente como un servicio público que busca la transformación personal, comunitaria y social. Poder contribuir modestamente a ello es la mejor de las recompensas posibles.

Esto es lo más gratificante con diferencia: el comprobar cómo la educación puede ayudar a cambiar relatos y expectativas de vida, y el poder acompañar en ese proceso. Me entusiasma planificar una actividad y que cumpla la finalidad de movilizar el pensamiento, la emoción y la acción (ocurre pocas veces, pero ocurre). Y por último, me entusiasma el encuentro sincero con las personas que encuentro en el desempeño de mi profesión (alumnado, compañeros…). Y, se me olvidaba, también me encanta compartir lo que hago y lo que aprendo.

Ahora bien, de sobra sé que esta es una profesión en la que no acabamos de aprender nunca, y por eso todavía siento que debo mejorar en muchas cosas, especialmente en lo metodológico y en lo emocional. En lo metodológico, me gustaría aprender y aplicar nuevas maneras de hacer que ayudaran a mi alumnado a aprender más y mejor, al tiempo que con ello transforman sus vidas y entornos. En lo emocional, me gustaría mejorar mis habilidades (escucha, empatía, comunicación, gestión de emociones…) como condición previa para acompañar a mi alumnado en ese mismo proceso.

Ese trabajo de mejora es ingente, pero ahora echando la vista atrás compruebo –casi asustado– todo lo que he avanzado en todos estos años de profesión. He ganado, como no podía ser de otra manera, en confianza. Ahora me siento más seguro en el dominio de los conocimientos propios de mi materia, en el empleo de diferentes técnicas y metodologías, en todo lo que tiene que ver con la gestión de la clase, en la manera que tengo de comunicar… Aunque, al mismo tiempo, siento que uno no acaba de aprender esto de manera definitiva: cada curso, cada grupo, cada clase siguen siendo un nuevo reto al que enfrentarse. Ahora también he entendido que las clases magistrales están muy bien, pero en su justa medida. Con el tiempo he descubierto que las clases más provechosas son aquellas en las que el alumnado participa de manera activa, hasta casi hacer desaparecer la figura del profesor. También he descubierto que un profesor no lo es solo de su aula, sino que lo es de todo el centro. ¡Qué importante es la complicidad con los compañeros (de tu centro y de ese otro claustro virtual que algunos tenemos)! Y además, ahora he tomado plena conciencia de que muchos de los aprendizajes valiosos no se realizan solo en el aula, sino fuera de ella.

Bueno, querida profesora, quizás todo esto ya te quede un poco lejano y temo estar aburriéndote. Pero han tenido que pasar todos estos años y que yo te escriba esta carta para darme cuenta de lo que me enseñaste –más allá de Matemáticas–: el compromiso en la construcción de una ciudadanía libre y la defensa a ultranza de la escuela pública. ¡Gracias por todo ello!

Un abrazo.

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