“Evolución de los alumnos”

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En “Evolución de los alumnos”, el escritor Fernando Aramburu –que también fue profesor– cuenta una experiencia en la que muchos docentes nos podemos reconocer: el reencuentro –aunque sea virtual– con un antiguo alumno/a. Eso es lo que le ocurrió al autor de Patria con el jugador de fútbol venezolano Christian Santos: “La cara del goleador en la pantalla me resultó al instante conocida por más que mi memoria se empeñase en transformarla en una versión de rasgos aniñados”. Entre esta imagen y las clases en la ciudad alemana de Lippstadt, en las que Aramburu coincidió con el joven Christian Santos, habían pasado veinte años.

Fernando Aramburu le pone palabras al que es el espíritu de este “Vislumbramos”. Coincidimos, además, con dicho autor en el papel facilitador de las redes sociales:

Aquellos alumnos que, por los días de mi estreno como profesor, tenían dieciséis años frisan hoy en los cincuenta. Otros no llegan aún a tanto; pero la mayoría ha ido ingresando en la edad adulta, y aunque durante un tiempo los perdí de vista, las redes sociales, además de devolverme en algunos casos el contacto personal, me han permitido averiguar qué fue de un buen número de ellos.

Me reconozco completamente en el apunte que Aramburu hace sobre las discontinuidades en el físico entre aquellos jóvenes de entonces y las personas maduras en las que se han convertido:

En fotografías de Facebook o de Instagram descubro la transformación física de aquellos niños y adolescentes que un día, con voz atiplada, cantaban villancicos navideños en el aula y hoy abrazan a sus propios hijos, lucen barbas y calvicies, se han convertido en señoras y señores en cuyo respetable aspecto cuesta entrever las formas infantiles de antaño. Tampoco es que el dudoso arte de hacerse mayor requiera una técnica especial. A uno le basta con mantener la respiración. El tiempo se encarga de todo lo demás.

Lejos de querer arrogarse méritos ajenos, Aramburu trata un sentimiento que muchos docentes hemos experimentado: el pinchazo de orgullo que se siente al constatar que un antiguo alumno ha salido adelante en la vida. Ese sentimiento solo puede emerger desde el reconocimiento y el más incondicional de los afectos:

Pienso en aquella niña de seis años que se preocupaba por la tardanza de su mamá en venir a recogerla y hoy ejerce la arquitectura. Pienso en el gamberrete que me reventaba las clases con sus chirigotas y ahora trabaja de profesor universitario. No son exactamente hijos propios; pero a uno, que no es de hielo, lo complace verlos como tales o, en todo caso, como sobrinos. Y cuando alguno, por mensaje privado en una red social, tiene la deferencia de mandarle a su antiguo profesor unas líneas de agradecimiento, la cosa corre el peligro de tomar un cariz lacrimoso.

Pero si estamos tentados de atribuirnos vanidosamente los triunfos, sería deshonesto descargarnos de los fracasos:

No olvido las historias adversas, los fallecimientos prematuros, la caída por el talud de las drogas, la entrada en laberintos psíquicos sin salida. El viejo maestro se siente entonces salpicado por un barro amargo y quizá, con buen corazón, se pregunte si no se pudo en su día prever aquella torcedura posterior de la vida de un ser humano a quien conoció de pequeño, con su inocencia intacta y su prometedora provisión de futuro.

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Todos los docentes tenemos o tendremos un Christian Santos –o más de uno– en nuestras vidas profesionales. En las aulas de hoy se encuentran los Christian Santos del futuro: los que tendrán una relevancia pública y los que no, los que triunfarán y los que no, a los que nos volveremos a encontrar o a los que no… Saberlo y recordárnoslo cada día creo que nos puede ayudar a redimensionar nuestra labor docente. En un mundo líquido, pensar que somos constructores del futuro de nuestro alumnado es probablemente presuntuoso, pero ¿puede haber Educación sin aspirar a un futuro mejor? Obviamente, no. En cualquier caso, entre un extremo y otro la Escuela se debate por encontrar su sentido.

Gracias a Fernando Aramburu por nombrar tan bien lo que algunos experimentamos y sentimos y, por supuesto, leámoslo.

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