Deberes de la Educación de Personas Adultas (para después de esta crisis)

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Un día nos despertamos y comprobamos cómo el futuro nos había alcanzado. De eso hace solo unos días, los mismos que el estado de alarma provocado por la pandemia del COVID-19 nos mantiene confinados/as. De una manera cruda, hemos empezado a tomar conciencia de nuestra fragilidad individual y colectiva. Estamos, sin duda alguna, en uno de esos pliegues de la Historia en los que se divisa un nuevo tiempo. Cómo sea ese tiempo dependerá de las respuestas que seamos capaces de dar al desafío que ahora tenemos por delante.

Como no podía ser de otra manera, la escuela se ha visto sacudida fuertemente por esta crisis que ha vaciado los centros escolares. De manera abrupta la interrupción de las clases ha obligado a la comunidad educativa a buscar fórmulas para continuar por otras vías enseñando y aprendiendo. El esfuerzo al que todos/as estamos llamados es importante, pero eso no significa que debamos caer en el desánimo. Convertir todo lo que estamos viviendo en una oportunidad para crecer humana y profesionalmente es un reto suficientemente importante como para que nos volquemos en ello.

Nuestro sistema educativo está experimentando unas transformaciones desconocidas hasta la fecha: el cierre de los centros escolares nos ha arrojado a un nuevo tiempo educativo. En palabras de Fernando Trujillo: “todo lo que era sólido en educación se desvanece en el aire –esperemos que por un tiempo breve y limitado–“. En medio de todo ello, la EPA (Educación de Personas Adultas) afronta la crisis con una especial preocupación:

Preocupación por el estado de salud de su alumnado, especialmente del de más edad que, como sabemos, es el colectivo más afectado por la pandemia.

Preocupación por el futuro laboral de una parte importante del alumnado que ha perdido o puede perder (esperemos que solo temporalmente) su empleo. La EPA ya estuvo en primera fila en la atención a las personas damnificadas por la Gran Recesión de 2007 (de cuyos efectos aún no nos habíamos recuperado del todo) y ahora, cuando se reabran los centros, deberá posicionarse como siempre ha hecho del lado de las personas más vulnerables.

Preocupación por cómo afectará este parón, más allá de las iniciativas de educación a distancia que se han puesto en marcha, a las enseñanzas regladas (Enseñanzas Iniciales y ESPA), a las pruebas que debían realizarse (pruebas libres de Graduado en Educación Secundaria y Bachillerato, accesos a CFGM, acceso a CFGS, accesos a la universidad, Competencias N2 y N3, pruebas de Conocimientos Constitucionales y Socioculturales de España…) o a las prácticas de la FP Básica.

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Ahora bien, la preocupación no puede devenir en parálisis o inacción. La actual situación supone para la EPA un desafío importante que debería traducirse, a nuestro modo de ver, en una serie de deberes que debería acometer más pronto que tarde. Serían cinco los grandes retos que la EPA tiene por delante:

La atención al alumnado mayor de 55 años ampliando y diversificando la oferta formativa que recibe. Este grupo de población está históricamente muy presente en la mayoría de los centros de EPA. De lo que se trataría ahora es de diseñar de una manera todavía más ambiciosa itinerarios formativos que atendieran al desarrollo integral de estas personas (en sus dimensiones físicas, emocionales, culturales, cívicas, de alfabetizaciones múltiples…). De hacerlo así, estaríamos favoreciendo su salud, contribuiríamos a un envejecimiento activo y, por encima de todo, estaríamos manifestando nuestra gratitud –como se está recordando estos días– ante toda una generación que forjó el bienestar del que muchos hemos estado disfrutando hasta estos momentos.

La alfabetización digital (junto a otras alfabetizaciones) de amplios sectores de la sociedad. La conversión de un sistema educativo mayoritariamente presencial a otro a distancia operado en las últimas semanas ha dejado al descubierto una realidad que muchos ignoraban: la brecha digital es más profunda de lo que se creía. No todo el alumnado puede seguir las clases a distancia que el profesorado ha preparado. De no poner remedio, con ello estaremos poniendo en riesgo el derecho a la educación y a la igualdad de oportunidades de amplios sectores de la población. Esta brecha afecta negativamente a alumnado de cualquier edad; en unos casos, al carecer de las competencias necesarias; y en otros, al no disponer de los recursos económicos para acceder a ciertos servicios tecnológicos. Muchos centros de EPA hacen un gran esfuerzo en este sentido, pero a la vista está que se necesitan muchos más recursos.

La formación en competencias clave para un mercado laboral diezmado y que tendrá que reinverntarse en los próximos tiempos. La completa recuperación de los puestos de trabajo ahora perdidos a la vuelta de la esquina del estado de emergencia se nos antoja hoy un espejismo. La EPA deberá estar de nuevo atenta (como ya lo estuvo en la crisis económica de 2007) para dar respuesta a las necesidades que los trabajadores y trabajadoras presenten. Además de la actualización de la oferta formativa de la EPA, quizás sea este el momento para dar un impulso definitivo al reconocimiento de las competencias profesionales adquiridas en la práctica. También parece el momento idóneo para dar un vuelco al currículum de algunas enseñanzas (regladas especialmente) todavía muy ligadas a un academicismo fuera de este tiempo que nos ha tocado vivir.

La humanización como fin último de la Educación. No es que no lo hayamos tenido en cuenta, pero lo que parece demostrar esta crisis es que nuestra educación emocional era y es muy mejorable. Educar en la aceptación de la propia fragilidad y en su reverso, la resiliencia, no parece una empresa menor en los tiempos que corren. Después de la experiencia de confinamiento y de estrés a la que estamos sometidos, vamos a necesitar altas dosis de ternura para reconstruirnos personalmente. La EPA en esto tiene ventaja: sus aulas están plagadas de personas que han tenido que levantar sus vidas a partir de una situación difícil. Aprovechemos esta ventaja y ahondemos en prácticas humanizadoras que impregnen la vida de los centros.

La educación para una ciudadanía plena, con lo que ello comporta de participación y responsabilidad. Una ciudadanía global que sirva de antídoto contra el repliegue localista y las derivas autoritarias. Una ciudadanía crítica que combata los bulos y la desinformación, y que exija a los poderes públicos una rendición de cuentas. Una ciudadanía cívica (valga la redundancia) que mire por el bien común y que no deje a nadie atrás. La EPA en esto que comentamos siempre ha tenido un papel destacado, de hecho las primeras escuelas de personas adultas nacieron al calor de la lucha obrera en los barrios de las grandes ciudades para exigir educación y derechos para todos/as.

Hay quien dirá que todo esto no aporta nada nuevo. Toda la legislación en materia de EPA, en mayor o en menor medida, recoge estos desafíos aquí expuestos. Sin embargo, la situación que estamos atravesando exige que lo recordemos. En momentos como los actuales, todos/as estamos llamados a dar lo mejor de nosotros/as mismos/as. La Educación de Personas Adultas, también. Los claustros de los centros de EPA ahora están más que ocupados y preocupados por el desarrollo de la enseñanza a distancia, es normal que así sea. Sin embargo, cuando toda esa urgencia no sea tal, bien harán en comenzar a darle vueltas al regreso a lo que sea que llamemos “normalidad”. Estas ideas de aquí quizás sirvan de punto de partida. Los profesionales de la EPA que nos congregamos en las redes sociales también tenemos un deber: desde la “soledad” de nuestras casas experimentar la “comunidad” y empezar a vislumbrar el futuro que queremos construir. Esperemos que todos/as estemos a la altura del reto que tenemos por delante. ¡Mucho ánimo a todos/as y mucha suerte!

*Imágenes de Lucía Villarroya (¡muchas gracias!)

Un comentario

  1. renciso66yahooes · marzo 30, 2020

    Es una reflexión profunda, atinada y por lo tanto poética desde una posición filosófica como es la poesía.

    Me gusta

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